Ethan.
No dormí. Llevaba dos noches sin hacerlo y mi cuerpo había dejado de pedírmelo, como si el insomnio fuera ya una forma de combustible.
Pasé la madrugada en el ático con el dibujo desplegado sobre la mesa de cristal, bajo la lámpara. Lo estudié como un perito estudia una prueba. El trazo firme de un niño de cuatro o cinco años. Las letras torcidas de alguien a quien ayudaron a escribir. El sol amarillo, la casa roja, la mujer de pelo castaño. Los tres niños de manos entrelazadas. Y el lobo, a un lado, dibujado con un lápiz más oscuro, como si el pequeño autor hubiera dudado antes de incluirlo y después hubiera insistido.
Los ojos de los tres eran de un gris perfecto, aplicado con cuidado, remarcado varias veces. Un niño no se esfuerza tanto en pintar los ojos de sus primos de una manera que no tiene nada que ver con la realidad. Se esfuerza cuando pinta lo que ve.
Pensé en mi padre. Pensé en la fotografía de su retrato en el vestíbulo de la mansión, en sus ojos grises, en los míos reflejados cada mañana en el espejo, en los de mi abuelo antes que él. La herencia de los Moore. Una marca que no se disimulaba ni con gafas oscuras. Un rasgo del que habíamos hecho una leyenda.
Pensé en la frase de Selena, pronunciada sin una gota de teatralidad. El lobo que perdió a su manada por un malentendido y no sabe que sus cachorros lo esperan.
Me puse de pie con un movimiento brusco y me serví agua en lugar de whisky. Después marqué el número de Daniel.
—Señor —respondió al segundo tono, con la voz limpia de quien jamás duerme—. ¿Qué necesita?
—El auto. En veinte minutos. Y despierta a Vargas. Que me espere frente a la calle Brook.
—¿Va a ir en persona?
—Voy a ir en persona.
Cuando bajé del auto, el cielo estaba empezando a clarear y el edificio de ladrillo se recortaba sucio contra una luz grisácea. La farola parpadeaba todavía. Vargas me esperaba apoyado en un poste, con la gabardina arrugada y una taza de café de cartón entre las manos.
—Buenos días, señor Moore.
—Dime lo que sabes.
—La vecina, Rosa Benítez, vive en el 3A. La señorita William, en el 3B. Los niños, tres, duermen en el 3A desde hace dos noches. Antes dormían en el 3B, según los porteros. Después de la tarde en que usted la citó en su oficina, la señorita sacó prácticamente todas sus cosas y las llevó al apartamento de la vecina. Fotografías, ropa, un colchón pequeño.
—¿Un colchón?
—Es lo que dicen. Ropa de niños también. Nadie los ve salir. Ella entra por la lavandería. No quiere que la sigan.
—Está escondiendo algo.
—Eso creo yo también.
Apreté la mandíbula.
—Sube conmigo.
Vargas me siguió, y dos de mis guardias también, aunque les hice un gesto para que se quedaran en el rellano de la escalera. Subimos hasta el tercer piso. El pasillo olía a humedad y a fritura de la noche anterior. Los números de las puertas estaban descoloridos. Junto a la 3A había un par de zapatillas diminutas con suelas de goma, una azul y otra roja, y una bota de lluvia amarilla con forma de pato.
Me detuve a mirarlas más de lo que debía.
Una punzada se me instaló en el centro del pecho. No supe darle nombre. Sentía algo parecido al vértigo, como cuando uno se asoma a una barandilla y percibe de pronto la altura. Era absurdo. Eran zapatos de niño. En ese edificio había una docena de pares iguales.
Al otro lado del pasillo, la puerta del 3B se movió con un crujido leve. Algo se agitó dentro del apartamento de Selena. Un roce de pasos descalzos, el chasquido de una cerradura. No miré. Sabía que estaba allí, detrás de la madera, espiándome por la mirilla con el corazón desbocado, y una parte cruel de mí disfrutó pensando en ella aterrada.
Levanté la mano y llamé a la puerta de Rosa.
Tres golpes secos. Esperé.
Oí pasos lentos, el rumor de unas zapatillas arrastrándose, el roce de una cadena. La puerta se entreabrió y apareció un rostro de anciana, arrugado como una manzana vieja, con unas gafas de cristales gruesos colgando de una cadenita y una bata de flores desteñidas. Me miró de arriba abajo con una expresión que no era de miedo. Era de furia contenida.
—Buenos días —dije.
—¿Sabe qué hora es, joven?
—Son las seis y diez de la mañana, señora Benítez.
—Ya veo que sabe mi apellido. Qué amable.
—Necesito entrar.
—No.
La respuesta fue tan rápida, tan firme, que casi me hizo sonreír. Ni titubeó. Ni preguntó quién era. Abrió la puerta lo justo para plantarse en el hueco con el cuerpo entero, como un perro pequeño que defiende un hueso del tamaño de un continente.
—Soy Ethan Moore.
—Ya sé quién es.
—Entonces sabrá que no estoy acostumbrado a que me digan que no.
—Pues será un buen día para que aprenda.
Vargas, a mis espaldas, se removió incómodo. Yo la estudié con atención. Setenta y dos años, había dicho el informe. Un metro cincuenta de estatura, quizás. Manos nudosas que apretaban el borde de la puerta con una fuerza insospechada. Y unos ojos pequeños y oscuros, muy abiertos, que me miraban sin pestañear.
—Señora —dije, en un tono más suave del que pretendía—, no vengo a hacerle daño. Solo quiero ver a los niños.
—¿Qué niños?
—Los tres que viven aquí.
—Son mis nietos. Están de visita.
—Quiero verlos.
—Están durmiendo. Es la madrugada. Los niños necesitan descansar.
—Un minuto.
—No.
Me acerqué un paso. Rosa no retrocedió. Alzó la barbilla, y noté que le temblaba un poco el labio, pero su voz fue clara como una campana.
—Usted no tiene derecho a entrar en mi casa. No tiene una orden, no tiene un motivo. Es solo un hombre rico acostumbrado a que todo el mundo le abra las puertas. Pero esto no es una de sus torres, joven. Esto es mi hogar. Y detrás de esa puerta duermen tres criaturas que no le han hecho nada.
—No pretendo hacerles nada.
—Eso dicen todos los lobos antes de comer.
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Editado: 15.10.2026