Selena.
Esperé la policía toda la noche.
Me senté en el borde del sofá, vestida, con los zapatos puestos y el bolso sobre las rodillas, escuchando cada ruido de la escalera. Si Ethan volvía con una orden, no quería que me encontraran en camisón. Si volvía con sus abogados, no quería que me vieran temblar. Si volvía con una pregunta más, no sabía qué iba a responderle.
Había sostenido su mirada en el pasillo y le había dicho que estaba loco. Se lo había dicho con Elliot en brazos, con el corazón desgarrado, usando la rabia como una máscara. Y él se había quedado con la mano extendida hacia la puerta de Rosa, pálido como un muerto, mirándome con unos ojos que ya no eran los del lobo. Eran los de un hombre que acababa de ver el fondo de un pozo.
Lo sabía. No lo había confirmado, pero lo sabía. Nadie mira así a un niño sin reconocerse en él.
Amaneció sin que nadie tocara mi puerta. A las seis y media, con los ojos arenosos, crucé el pasillo y entré en casa de Rosa. Los niños desayunaban en la mesa pequeña de la cocina, ajenos a todo. Elliot masticaba su tostada con el ceño fruncido. Evan dibujaba migajas con el dedo. Ely me recibió con los brazos abiertos y un grito de alegría que me partió el pecho.
—¡Tía! ¡Tía Selena!
—Ven aquí, princesa.
Rosa me observó desde la cocina, con las gafas torcidas y la bata mal abrochada. No había dormido tampoco. Se secó las manos en el delantal y me hizo una seña con la cabeza para que la siguiera al pasillo.
—No ha vuelto —susurró.
—No.
—No me fío.
—Yo tampoco.
—Esa clase de hombres no se rinden cuando se les cierra una puerta. Esperan a tener un martillo.
—Lo sé, Rosa.
—Elliot me ha preguntado esta madrugada si el señor de ayer era el lobo del dibujo. Le he dicho que no, que era un vecino. Pero no me ha creído.
—Es demasiado listo.
—Es demasiado parecido a ese hombre —dijo ella, sin crueldad, con una tristeza cansada—. Selena, esto no puede seguir así.
—Lo sé.
—Tienes que decidir qué vas a hacer. Si vas a huir, si vas a hablar o si vas a esperar el golpe. Pero no puedes quedarte quieta.
—Hoy voy a trabajar —dije—. Quiero ver qué hace. Quiero ver cómo me mira. Y después decidiré.
—Hija...
—Tengo que ir, Rosa. Si desaparezco, será peor.
Rosa me miró un largo momento y asintió. Besé a los tres en la frente y salí con el estómago convertido en una piedra.
El autobús iba lleno. Un hombre a mi lado leía el periódico sin mirarme y una mujer dormía con la cabeza contra el cristal. Yo repasaba mentalmente lo que haría si Ethan me llamaba a su despacho. Negar. Insistir. Mirar a los ojos y negar de nuevo. Era un plan frágil, hecho de aire. Pero era el único que tenía.
Llegué a la torre a las siete menos diez. Algo estaba mal.
Lo noté en el vestíbulo, antes de bajar al sótano. El mármol seguía brillando y los ascensores funcionaban, pero había una quietud inusual en el aire, una tensión sorda, como cuando la gente baja la voz porque alguien ha muerto. Los empleados se agrupaban en corrillos junto a los mostradores. Una recepcionista lloraba con un pañuelo apretado contra la boca. El jefe de seguridad, normalmente tan altivo, iba de un lado a otro hablando por el auricular con la cara descompuesta.
En el vestuario del sótano encontré a Marta sentada en el banco, con el uniforme a medio abotonar y la mirada perdida. Levantó la cabeza cuando me vio entrar.
—Selena. Cariño. ¿No te has enterado?
—¿De qué?
—Del señor Moore.
Se me heló la sangre. Dejé caer el bolso.
—¿Qué le ha pasado?
—Ha tenido un accidente. Esta madrugada, en la autopista norte. Volvía de no sé dónde, a las siete menos algo, y un camión de reparto se le cruzó en una curva. Dicen que el coche quedó destrozado. Lo sacaron los bomberos. Está en el hospital Saint Gabriel, en cuidados intensivos.
No supe qué responder. Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, y me senté despacio en el banco, junto a Marta, con las manos entre las rodillas.
—¿Está vivo?
—Sí. Lo operaron de urgencia. Un golpe fuerte en la cabeza, costillas rotas, un pulmón perforado, no sé qué más. Dicen los de seguridad que está grave. Que no saben si despertará.
Las palabras no tenían sentido. Hacía menos de veinticuatro horas lo había visto de pie en un pasillo, con la mano extendida hacia una puerta, vivo y furioso y roto. El hombre que había jurado destruirme. El hombre que me había obligado a arrodillarme. El hombre que había mirado a mi hijo y había visto sus propios ojos.
Y ahora estaba en una cama de hospital, entre tubos y máquinas.
—Selena —dijo Marta con cautela—. Estás llorando.
Me llevé la mano a la cara. Tenía las mejillas mojadas. No me había dado cuenta.
—Es que... da impresión —murmuré.
—Ya lo sé, pero no hace falta fingir. Todo el mundo sabe que te trataba mal. Todos lo vimos. Nadie te va a juzgar por no llorar.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
No pude contestarle. ¿Cómo se explica que uno llore por el hombre que más ha odiado? ¿Cómo se explica que la primera reacción, antes que el alivio, antes que el miedo, antes que cualquier cálculo, sea un dolor sordo y enorme? Me tapé la cara con las manos y dejé que los sollozos salieran en silencio, con los hombros temblando.
Marta me abrazó sin decir nada. Pasó un buen rato hasta que logré recomponerme.
A las ocho, una voz seca resonó por el intercomunicador. Todos los empleados de limpieza debían presentarse en el piso veintidós. Allí nos esperaba Daniel Rhodes, el asistente de Ethan, impecable en su traje oscuro pero con unas ojeras que le llegaban a la barbilla y la corbata torcida. Hablaba con voz baja y mecánica, como quien recita una lección.
—El señor Moore está hospitalizado. Hasta nueva orden, la dirección de la empresa queda en manos de la junta de accionistas y de la señora Moore. Se mantienen todos los contratos del personal. Las instrucciones especiales dadas por el señor Moore sobre servicios en el piso cuarenta y cinco quedan suspendidas.
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Editado: 15.10.2026