El secreto de Selena.

Capitulo 11: Niebla.

Ethan.

Lo primero que recuerdo de aquel despertar es el techo. Era blanco, con una mancha de humedad en forma de mapa en una esquina, y la luz de un fluorescente temblaba sobre él con un zumbido que me taladraba el cráneo. Lo segundo que recuerdo es el dolor. No tenía un lugar concreto. Estaba en todas partes, como si me hubieran desarmado pieza por pieza y vuelto a montar con prisa y con tornillos de menos.

Intenté incorporarme y una mano fría me detuvo por el hombro.

-Tranquilo, hijo. No te muevas.

Era mi madre. Estaba sentada junto a la cama, vestida de negro, con el rostro más pálido que las sábanas y los ojos enrojecidos. Me tomó la mano con las dos suyas, y yo sentí que temblaban.

-¿Dónde estoy?

-En el hospital Saint Gabriel. Has tenido un accidente, Ethan. Un camión se te cruzó en la autopista. Has estado muy mal.

Traté de recordarlo. Cerré los ojos y rebusqué en mi memoria como quien rebusca en un cajón oscuro. Había un auto. Había una carretera. Había... no. No había nada. Solo un vacío, un agujero con los bordes difusos.

-¿Qué día es hoy?

-Jueves.

-¿De qué mes?

Mi madre dudó un segundo, y ese segundo se me quedó grabado, aunque entonces no supe por qué.

-De octubre, cariño.

-Octubre. -Fruncí el ceño-. Eso no puede ser. Ayer era abril. Tenía que firmar los contratos de la fusión con los Hartmann. Teníamos la reunión del jueves.

-Ethan, escúchame con calma.

-Madre, tengo que llamar a Daniel. Tengo que...

-Escúchame. -Me apretó los dedos-. El doctor dice que es normal. Un golpe en la cabeza como el tuyo puede borrar parte de la memoria. Es lo que llaman amnesia retrógrada. Has olvidado algunos meses. No son muchos. Seis, más o menos.

Seis meses. La palabra me cayó encima como un peso de plomo. Seis meses. Un semestre entero de mi vida, evaporado. Intenté buscar sus bordes, pero era como tantear una pared en la oscuridad. Todo lo que había pasado hasta abril estaba nítido. Los contratos Hartmann. El almuerzo con el embajador. La cena de domingo con mi madre, aquella en que me habló de Victoria Sinclair y de lo conveniente que sería una alianza con el senador. Después, nada. Una niebla blanca y compacta.

-¿Qué he hecho en esos meses? -pregunté.

-Trabajar. Como siempre. Has comprado un edificio, la antigua torre Alden, en la capital. Has cerrado tres operaciones en Asia. Has cenado un par de veces con Victoria. -Sonrió, un poco forzada-. Estás a punto de comprometerte con ella, aunque eso no lo sabes. Es una muchacha encantadora. Ha venido todos los días a verte.

-¿Victoria?

-Sí. No se ha separado del hospital.

Cerré los ojos. Victoria. Recordaba su sonrisa de revista, sus conversaciones sobre yates. Recordaba haberme aburrido soberanamente. No me parecía el tipo de mujer por quien un hombre pierde la cabeza, pero mi madre tenía razón en que era una buena opción. Una opción sensata.

Y entonces, sin venir a cuento, hice la pregunta que llevaba cinco años haciéndome sin atreverme a pronunciarla en voz alta.

-¿Han encontrado a Selena?

Sentí cómo se tensaba la mano de mi madre. Fue un temblor mínimo, imperceptible para cualquiera que no la conociera. Pero yo la conocía.

-Ethan, no. No empieces.

-Solo pregunto.

-Hijo, esa mujer lleva cinco años desaparecida. Los investigadores han removido cielo y tierra. Si no la han encontrado es porque no quiere ser encontrada. O porque ya no está en este mundo. -Se llevó un pañuelo a los ojos-. No quiero que vuelvas a hundirte por ella. Estás vivo de milagro. Ya has sufrido bastante.

-Lo sé.

-Entonces prométeme que no volverás a pensar en esa víbora.

-No puedo prometerte eso.

-Ethan...

-Madre, estoy cansado.

Me dejó en paz. Se levantó con un suspiro y me acomodó la almohada con una ternura que me conmovió más de lo que debía. Cuando salió de la habitación, me quedé mirando la mancha de humedad del techo, con una desazón sorda que no sabía de dónde venía.

Había algo más. Algo debajo de la niebla. No era un recuerdo. Era una sensación, tenue como una mano en la nuca. La impresión de haber estado a punto de decir algo importante. De haber dejado una frase a medias. De haberme ido de un lugar con la certeza de que debía volver.

Pasaron tres semanas en esa cama. Los médicos entraban y salían con carpetas. Me hacían preguntas absurdas. ¿Cómo se llama el presidente? ¿Qué día nació usted? ¿Qué desayunó ayer? Me sometieron a escáneres, a pruebas de reflejos, a sesiones con un neurólogo de bata impecable que hablaba con la parsimonia de los hombres que creen saberlo todo.

-Señor Moore, su cerebro está sano -me dijo un día, mientras revisaba una radiografía-. El traumatismo afectó a ciertas áreas relacionadas con la memoria reciente, pero no hay daños estructurales permanentes. Es probable que recupere los recuerdos perdidos, de a poco o de golpe.

-¿Cuándo?

-Eso no puedo decírselo. Puede ser mañana. Puede ser dentro de un año. Pueden volver por un olor, por una imagen, por una conversación. O pueden no volver nunca.

-¿Hay algo que pueda hacer para acelerarlo?

-Con respeto, señor Moore, lo mejor es no forzar. La memoria no se fuerza. Si se pone a buscar con ansiedad, solo conseguirá bloquearla más. Es preferible que lleve una vida tranquila, rodeado de personas de confianza, y que deje que su mente se reconstruya sola. -Miró a mi madre, que escuchaba junto a la puerta-. La señora Moore me ha comentado que usted es un hombre de naturaleza obsesiva. Pues haga una excepción.

Mi madre sonrió, satisfecha. Yo me quedé callado.

Daniel venía a verme cada tarde, a las seis en punto, con una carpeta de documentos y esa expresión impenetrable que tantas veces me había exasperado y que ahora me parecía casi tranquilizadora. Se sentaba en la silla junto a la ventana y me ponía al día de los negocios con la meticulosidad de un contable. Pero yo notaba algo extraño en su comportamiento. Cuando mi madre estaba presente, hablaba de cifras. Cuando se iba, su mirada se detenía en mí un instante más de lo necesario, como quien quiere decir algo y se muerde la lengua.




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