El secreto de Selena.

Capítulo 12: Sombras.

Selena.

Pasaron tres semanas sin que Ethan apareciera por la torre.

Las conté una por una, como cuentan los presos las marcas en una pared. Veintiún amaneceres en los que subí al piso veintidós con el carrito, fregué los mismos pasillos y evité mirar hacia el ascensor privado, ese que ya no se abría para nadie. El piso cuarenta y cinco estaba cerrado con llave. Las rosas blancas se habían marchitado en su jarrón y alguien, por fin, las había retirado.

Todo seguía igual y nada era lo mismo. En el edificio se hablaba de él en voz baja, con la reverencia que se reserva a los muertos o a los enfermos graves. Que estaba en la mansión. Que se recuperaba. Que había perdido la memoria y que la señora Moore no permitía visitas. Que se casaría en primavera con la hija del senador.

Yo escuchaba sin decir nada, y por las noches, en el apartamento de Rosa, me sentaba junto a la cama donde dormían los niños y me preguntaba qué clase de mujer era yo, que sentía alivio y desamparo con la misma intensidad.

La vida, con esa crueldad práctica que tiene, volvió a su cauce. Los niños empezaron a ir a una guardería comunitaria de la calle Pine, que Rosa había encontrado a través de la parroquia. Yo los llevaba cada mañana antes de ir al trabajo, de la mano, con las mochilas de segunda mano al hombro. Allí no había que fingir. La directora, una mujer de rostro bondadoso llamada Clara, me había preguntado si era la madre y yo, sin pensarlo, había dicho que sí. Nadie en aquel lugar conocía a Ethan Moore. Nadie buscaba ojos grises.

Por primera vez en semanas, volví a respirar.

Quizá por eso no vi venir lo que vino.

Fue un martes de noviembre, con un cielo bajo y una llovizna fina que empapaba todo sin llegar a ser lluvia. Terminé mi turno, tomé el autobús y bajé en la parada de siempre. Caminé las tres cuadras hasta la guardería para recoger a los niños, con el abrigo mal abrochado y la bolsa de la compra golpeándome la pierna.

Al llegar a la puerta, Clara me esperaba afuera, de pie bajo el alero, con las manos retorcidas contra el delantal y una expresión que no le había visto nunca.

—Selena. Gracias a Dios.

—¿Qué ocurre?

—Han venido a buscar a los niños.

Sentí que la sangre se me iba de la cara.

—¿Quién?

—Una señora. Muy elegante. Vestida de negro, con un abrigo de lana. Dijo que era su abuela.

El suelo desapareció debajo de mis pies.

—¿Y qué hizo usted?

—Le dije que no. Que solo entregamos a los niños a su madre o a las personas autorizadas. Se puso muy firme, casi amenazante. Dijo que tenía derecho, que era familia, que iba a llamar a las autoridades. —Clara me tomó las manos—. Tuve que cerrar con llave. Los niños están dentro, con las maestras. Están asustados.

—¿Se ha ido?

—Hace diez minutos. Pero dejó esto.

Me tendió una tarjeta de visita, de papel marfil, con un nombre grabado en relieve. Lo leí y los dedos me temblaron tanto que casi se me cayó al charco.

Eleanor Moore.

Tenía el mismo apellido que el hombre que había jurado destruirme. Y debajo, escrita a mano con pluma, una línea corta.

Sé quiénes son. Habla conmigo antes de que lo haga yo con un juez.

Entré corriendo. Los encontré a los tres sentados en la alfombra del aula, rodeados de maestras que intentaban distraerlos con cuentos. Ely lloraba bajito, abrazada a su muñeca. Evan miraba por la ventana con una seriedad antinatural. Elliot, de pie junto a la puerta, con los puños cerrados, vigilaba el pasillo como un pequeño centinela.

—¡Mamá! —gritó Ely, y se lanzó contra mis piernas. Esta vez nadie la corrigió.

Los abracé a los tres. Sentí sus corazones latir contra mi pecho como pajaritos asustados. Elliot no lloraba, pero temblaba de pies a cabeza.

—Había una señora —dijo en voz baja—. Era la del hospital. La que mira como si todos fuéramos de cristal.

—¿La conoces?

—La he visto en una foto. En la casa del señor del pasillo.

Me quedé helada.

—¿De qué foto hablas, cariño?

—No lo sé. —Se frotó los ojos con rabia—. La vi en un sueño. Es la que le hizo daño a mi papá.

Quise decirle algo. Ninguna palabra me salió. Lo besé en la frente, me levanté y le di las gracias a Clara con un hilo de voz. Salimos por la puerta trasera, con los niños apretados contra mí, y caminamos por callejones hasta casa. Cada coche que pasaba me parecía un vehículo del enemigo. Cada sombra tenía su sonrisa.

Rosa nos recibió con una taza de leche caliente y una mirada que no necesitó explicación.

—Ha ido a buscarlos —dije.

—Ya me imaginaba.

—Sabe quiénes son, Rosa. Lo sabe. Alguien se lo ha contado. O lo ha deducido.

—Eso no es difícil, hija. Ha mandado seguirte durante semanas. Un hombre sentado en un coche gris, junto a la panadería, desde hace diez días. Creí que eran cosas mías, pero no.

Cerré los ojos. Había sido tan idiota. Tan confiada. Había bajado la guardia justo cuando el enemigo avanzaba.

Esa noche, después de acostar a los niños, me senté a la mesa de la cocina con la tarjeta de Eleanor Moore. La leí diez veces. Habla conmigo antes de que lo haga yo con un juez. No era una invitación. Era una amenaza elegante, escrita con la crueldad de quien jamás ha dudado de su impunidad.

—Tienes que ir —dijo Rosa, sirviéndome una manzanilla.

—Lo sé.

—Si no vas, hará algo peor.

—Lo sé.

—Pero no vayas sola.

—¿Con quién voy a ir? ¿Con la policía? ¿Con un abogado que no puedo pagar? —Me froté la frente—. Me quitará a los niños, Rosa. Tiene dinero, apellido, poder. Yo soy una limpiadora con ochenta dólares en el banco.

—Tienes la verdad.

—La verdad no vale nada contra los Moore.

—La verdad lo vale todo, aunque tarde en demostrarse. —Rosa se sentó frente a mí y me tomó la mano—. Escúchame. Esa mujer te está tanteando. Si de verdad pudiera quitarte a los niños, ya lo habría hecho. No habría mandado una tarjeta. Habría mandado a los jueces. Quiere algo de ti. Quiere que huyas. O quiere comprarte.




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