El secreto de Selena.

Capítulo 14: Trampa.

Selena.

No dormí. Pasé la noche sentada en la cocina de Rosa, con la tarjeta de Eleanor Moore sobre la mesa y la taza de manzanilla enfriándose entre mis manos. Cada vez que cerraba los ojos veía a mi madre diciendo que Eleanor había ido a ofrecerle dinero a mi padre para que yo rompiera el compromiso. Veía el coche negro y al chofer con la cicatriz en forma de media luna. Veía los pedazos de aquella noche acomodándose uno por uno, con una exactitud que daba náuseas.

Rosa se sentó frente a mí a las cinco de la mañana, en bata y con el pelo suelto, y no preguntó nada. Puso una mano sobre la mía.

—No vas a llevarlos —dijo.

—Claro que no.

—Entonces se desatará la tormenta.

—Que se desate. Prefiero enfrentar a un juez con la verdad en la boca que entregarle a mis hijos a esa mujer en bandeja.

—¿Y si el juez le hace caso a ella?

—Por eso voy a verla. Necesito saber qué sabe, qué tiene y hasta dónde piensa llegar. Esta noche me he dado cuenta de algo, Rosa. Ella me tiene miedo. Si de verdad pudiera quitármelos, no habría perdido tiempo con tarjetas.

Rosa asintió despacio y se levantó a preparar el desayuno. Yo la miré moverse por la cocina con su espalda encorvada y su bata de flores, y pensé que si algo salía mal esa tarde, mis hijos tendrían al menos a alguien que los defendería hasta con una escoba.

Los niños despertaron con la luz. Les di el desayuno, les peiné el cabello, les até los zapatos. Ely quiso que le hiciera dos trenzas y me costó un mundo sostener el peine sin que me temblara la mano. Elliot me observaba desde su silla con esa mirada que parecía desnudarme el pensamiento.

—Hoy vas a ver a la señora de la foto —dijo.

—¿Qué foto?

—La del sueño. La que mira como si fuéramos de cristal.

—Elliot, cariño, no hables de eso.

—Quiero ir contigo.

—No.

—Puedo cuidarte.

Se me hizo un nudo en la garganta. Me arrodillé frente a él y le tomé las manos.

—Tú ya me cuidas, mi vida. Todos los días. Pero hoy necesito que te quedes con tus hermanos y con la señora Rosa. Es la misión más importante que te he dado. ¿Puedes hacerlo?

Frunció el ceño. Tardó un largo rato en responder.

—Si no vuelves antes de la cena, voy a buscarte.

—Volveré antes de la cena.

—Júralo.

—Lo juro.

Salí de aquel apartamento con el corazón hecho trizas. Tomé un autobús a las tres y media, en dirección a la mansión Moore. El abrigo me quedaba pequeño en los hombros y los zapatos estaban gastados de tanto fregar suelos, pero me había lavado la cara y recogido el cabello con firmeza. No pensaba presentarme como una mendiga. Eleanor Moore ya me había visto descalza una vez. No volvería a verme así.

La mansión apareció al final de una avenida de cipreses, igual que la recordaba, con sus muros de piedra clara y sus ventanales altos. Hacía cinco años que no pisaba aquel camino de grava. Cada piedra me devolvía un recuerdo. La tarde de lluvia. Las flores en la almohada. La mañana de la boda que nunca llegó. Me detuve ante el portón de hierro y respiré hondo.

Un guardia salió de la garita, me examinó de arriba abajo y habló por un intercomunicador. Después me franqueó el paso sin una sola palabra. Caminé por el sendero con las piernas tiesas. En la puerta principal me esperaba un hombre mayor, de librea oscura, con el cuello de la camisa abotonado hasta arriba.

Lo reconocí antes de ver la cicatriz. Fue el modo de caminar, ligeramente inclinado hacia un lado, lo que me sacudió la memoria. Después él giró la cabeza para abrirme la puerta y vi, bajo la mandíbula izquierda, una marca blanca en forma de media luna.

Se me secó la boca.

—La señora la espera en el salón —dijo con voz neutra.

—¿Cómo se llama usted?

—Anselmo, señorita.

—Anselmo —repetí, mirándolo a los ojos—. Hace cinco años fue a casa de mis padres, a las siete de la mañana, a buscarme en un coche negro.

Ni un solo músculo de su cara se movió. Pero sus ojos, por un instante, huyeron hacia un costado.

—No sé de qué me habla, señorita.

—Claro que lo sabe.

—Por aquí, por favor.

Me condujo por el vestíbulo, bajo los techos altos y las lámparas de cristal. Todo olía a rosas viejas y cera de abejas. En las paredes colgaban retratos de los Moore, hombres de ojos grises y mirada firme que parecían juzgarme desde sus marcos dorados. Al fondo, sobre la chimenea, había una fotografía enorme del padre de Ethan, con el mismo ceño y los mismos ojos que ahora llevaban mis tres hijos.

Me detuve ante ella sin darme cuenta. Anselmo se paró a mi lado, esperando.

—Se parecen mucho —murmuré.

—¿Quiénes?

—Todos ellos.

Anselmo no respondió. Abrió una doble puerta de roble y se hizo a un lado.

El salón era una pieza enorme, con sofás de terciopelo, una mesa baja de mármol y un ventanal que daba al jardín. Eleanor Moore estaba sentada en un sillón junto a la chimenea, con una taza de porcelana en las manos y la espalda tan recta como una lanza. Llevaba un vestido gris perla y un collar de perlas de tres vueltas. A su lado, sobre una mesita, había un sobre de papel manila.

—Puntual —dijo, sin levantarse—. Me gusta eso en las personas. Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras. —Dejó la taza sobre el platillo con un tintineo suave—. Veo que no has traído a los niños.

—No iba a hacerlo.

—Qué lástima. Tenía curiosidad por conocerlos.

—Tiene curiosidad por saber si se parecen a su hijo —dije, con una voz que me sorprendió por lo firme—. Pues se lo aseguro, señora Moore. Se parecen.

Eleanor sonrió. Fue una sonrisa de gato que ve a un ratón tropezar.

—Qué interesante que lo digas con tanta seguridad.

—¿Por qué no iba a decirlo?

—Porque no lo son.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—¿Qué ha dicho?

—Que esos niños no son hijos de Ethan. —Tomó el sobre de manila y lo agitó con suavidad—. Lo sé porque yo misma tengo el resultado. Mi hijo lo recogió anoche en un laboratorio, tras forzar a sus empleados con su arrogancia habitual. Cero por ciento. Paternidad excluida.




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