El secreto de Selena.

Capítulo 17: Cenizas.

Ethan.

Hay un tipo de rodilla que no se dobla por humildad. Se dobla porque ya no hay nada más que sostener.

El asfalto de la calle Brook estaba helado y empapado, y el agua me traspasó el pantalón en un segundo. No me importó. Tenía los ojos fijos en una ventana del tercer piso, en una cortina apartada y en tres siluetas pequeñas que se asomaban detrás de una mujer de cabello castaño. Una de ellas, la del medio, me miraba con una fijeza que yo conocía. La había visto en espejos durante treinta años.

No había dormido. No había comido. Había recuperado cinco años de odio, seis meses de crueldad y una vida entera de mentiras en una sola madrugada, y todo me pesaba sobre los hombros como una montaña de cenizas.

Detrás de mí, Daniel cerró la puerta del coche con suavidad.

—Señor, está lloviendo. Se va a enfermar.

—Déjame.

—Ella no va a bajar.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué hace?

—No lo sé, Daniel. —Mi voz salió rota—. Es lo único que se me ocurre. No sé pedir perdón. Nunca he tenido que hacerlo.

La cortina se cerró. Las siluetas desaparecieron. Me quedé allí, de rodillas, con la lluvia resbalándome por la cara y mezclándose con algo más caliente que no quise nombrar.

Pasaron diez minutos. Veinte. Un vecino salió del portal con un paraguas, me miró como se mira a un loco y se alejó sin decir palabra. Un perro callejero se acercó a olisquearme y se fue. Yo no me moví.

Pensé en todo lo que le había hecho. Cada frase me volvía como un latigazo. Ochenta dólares en el banco. Un cuchitril con goteras. Una mujer que lo tuvo todo y lo tiró a la basura. Se lo había dicho a la cara, a ella, a la mujer que había sido drogada, expulsada, arruinada, que había parido tres hijos en un albergue y los había criado a base de suelos fregados y noches sin dormir. Y mientras ella sobrevivía, yo había construido un imperio sobre una venganza que apuntaba a la persona equivocada.

La puerta del edificio se abrió.

Alcé la cabeza con un sobresalto de esperanza que me avergonzó. Pero no era ella. Era la anciana, Rosa, con su bata de flores cubierta por un chubasquero amarillo y un paraguas negro enorme. Bajó los tres escalones del portal y caminó hasta mí con pasos cortos, firmes, hasta quedar de pie a un metro.

—Levántese —dijo.

—No.

—Levántese, joven. Ahí no ayuda a nadie.

—Necesito que me escuche.

—Ya lo escuché una vez. Me llamó loca en mi propio pasillo.

—Yo no la llamé...

—Con la mirada, sí.

Bajé la cabeza. Tenía razón.

—Señora Benítez, yo... —Me ahogué con las palabras—. Sé quién soy. Sé lo que hice. No vengo a pedir nada. Solo quiero que ella sepa que lo sé todo, que mi madre lo orquestó y que haré lo que sea para deshacerlo.

—¿Lo que sea?

—Lo que sea.

Rosa me observó largo rato con sus ojillos oscuros. La lluvia golpeaba el paraguas con un tamborileo monótono.

—Mañana tiene audiencia —dijo—. ¿Lo sabe?

—Lo sé.

—¿Sabe quién la ha provocado?

—Mi madre.

—¿Y qué piensa hacer?

—Detenerla.

—Con qué.

—Con todo lo que tengo.

—Eso no le servirá. —Negó despacio con la cabeza—. Usted cree que el dinero lo arregla todo, porque siempre lo ha arreglado. Pero esa muchacha lleva cinco años aprendiendo que lo que de verdad sostiene a una persona no se compra. Y ahora usted se arrodilla en el barro creyendo que el barro es una moneda.

Sentí el golpe. Fue justo y me dolió justo donde tenía que doler.

—Entonces dígame qué hago.

—Nada. —Me miró con una dureza que no cuadraba con su cuerpo menudo—. Absolutamente nada. Se va a su casa, se seca, y deja que ella decida si algún día quiere verlo. Los hombres como usted creen que el arrepentimiento es un derecho. No lo es. Es una deuda.

Se dio la vuelta. Antes de entrar al portal, se detuvo.

—Elliot lo ha reconocido. Dijo que es el hombre de sus sueños. —Su voz se quebró un instante—. No sé qué se hace con un niño que sueña con su padre. Pero sé que usted lo ha hecho esperar cuatro años.

Se metió en el edificio. La puerta se cerró.

Me quedé inmóvil. Elliot me había reconocido. Mi hijo, si lo era, si de verdad lo era, me había visto y había dicho lo que yo no me atrevía a decir.

Daniel me ayudó a levantarme. Tenía las piernas entumecidas y los labios morados. Subí al coche como un autómata y apoyé la cabeza contra el cristal.

—A la comisaría —murmuré—. Anselmo.

El interrogatorio se celebró en una sala sin ventanas, con una mesa de metal y un espejo que no engañaba a nadie. Anselmo estaba sentado con las manos esposadas sobre la mesa, el cuello de la camisa abierto por primera vez en treinta años y la cicatriz en forma de media luna brillando bajo la luz fluorescente. Cuando entré, levantó la mirada y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Señor Ethan.

—Habla.

—Yo no quería.

—Habla, Anselmo.

El hombre respiró hondo. Y habló durante una hora.

Me contó cómo mi madre lo llamó, hacía seis años, cuando Selena aún no era más que una prometida con un apellido en ruinas, y le dijo que esa muchacha jamás entraría en la familia. Me contó cómo mi madre ofreció una fortuna a Charles William y él la rechazó. Cómo, a partir de ahí, mi madre estudió a Selena como quien estudia un enemigo. Contrató a un médico de la clínica Alder, el doctor Weiss, que le dio una sustancia incolora para mezclar en la copa de vino de la víspera de la boda. Contrató a Marcus Hale, un amigo mío en apuros económicos, con deudas de juego, al que prometió doscientos mil dólares y un pasaje sin retorno. Esa noche, Anselmo recogió a Selena inconsciente en la ventana de la casa de sus padres. La llevó al motel. La desvistió una mujer que mi madre había contratado. Marcus se acostó a su lado, completamente vestido de cintura para abajo, y se quedó dormido con un somnífero para que la escena pareciera natural.

—Después fue por usted —dijo Anselmo, con la voz hecha trizas—. La señora le dijo que Selena lo engañaba. Le dijo que estaba en un motel. Y usted fue.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.