El secreto de Vesperis

CAPÍTULO 1

Me encuentro sentado en un vehículo que me conduce hacia un destino que pocos humanos han pisado jamás: Vesperis. Nuestro mundo es un ecosistema perfecto de tecnología y progreso. Tenemos móviles que nos conectan al instante, carreteras que cruzan continentes, trenes de alta velocidad, universidades que expanden el conocimiento, redes sociales que nos mantienen en permanente comunicación y ciudades modernas que nunca duermen. Todo fluye con la precisión de un engranaje bien aceitado.

Pero existe una gran excepción, una mancha en el mapa que desafía toda lógica: Vesperis. Una ciudad que es una completa incógnita para los humanos del siglo XXI. No es un mito, ni una leyenda urbana, sino un lugar real, tangible, habitado por vampiros que permanecen aislados del resto de la humanidad. Sabemos de su existencia, por supuesto, no es ningún secreto. Hace cientos de años, tras grandes conflictos que tiñeron de sangre la historia compartida entre ambas especies, los vampiros fueron confinados allí para neutralizar su amenaza. Desde entonces, las barreras se alzaron y el mundo siguió su curso sin ellos. Pero para nosotros, los que vivimos en la Tierra moderna, los vampiros son un fantasma. No sabemos ni qué aspecto tienen realmente. Las imágenes que nos llegan son antiguas, distorsionadas, más propias de un grabado medieval que de una fotografía contemporánea.

Vesperis es una ciudad anclada en el pasado, completamente histórica, y para algunos no es más que una fantasía, un cuento para asustar a niños en noches de tormenta. Pero yo sé que es real. Y por eso estoy aquí.

Mi nombre es Leo. Tengo veinte años y soy historiador del arte, especializado en la Grecia clásica y, sobre todo, en la corriente artística del gótico. He dedicado mi corta pero intensa carrera a desentrañar los secretos de las catedrales, los vitrales y las esculturas que parecen susurrar plegarias desde la piedra. Mis investigaciones han llamado la atención de los círculos académicos más exigentes, y eso me ha valido el privilegio de ser el visitante más joven de la historia en recibir permiso para poner un pie en Vesperis. El resto de la expedición está formado por profesores eméritos, historiadores consagrados e investigadores de larga trayectoria, todos ellos con el doble o el triple de mi edad. Destaco entre ellos como una nota discordante. Algunos creen que soy demasiado inexperto para estar aquí; otros susurran que mis logros no son para tanto y que mi presencia obedece más a un golpe de suerte que a méritos propios. Pero a mí no me importa. Yo sé que he llegado hasta aquí gracias a mi pasión, mi esfuerzo y mi obsesión por el arte. Y nada ni nadie me va a arrebatar este momento.

Mi aspecto tampoco ayuda. Soy extremadamente pálido, de una palidez que a veces parece enfermiza, y mis compañeros no pierden ocasión de hacer bromas a mi costa.

-Cuidado, Leo, que te van a confundir con uno de ellos y te van a clavar una estaca en el corazón -dijo uno de ellos riendo.

Estupideces. Inocentadas que acepto con una sonrisa forzada mientras mi mente ya está en otra parte.

El vehículo se detuvo. Hemos llegado. Miré por la ventanilla y el mundo se detuvo. La ciudad se alzaba ante mí con una belleza tan abrumadora que por un instante olvidé respirar. Allí, en Vesperis, el día es apenas un rumor, un leve claroscuro que se cuela entre las nubes perpetuas. Todo lo que los libros y los planos antiguos decían era cierto: la ciudad parece suspendida en el tiempo, congelada en un instante eterno. Pero lo más impactante no era solo la magnificencia del lugar, sino las barreras, las inmensas murallas que nos separan de sus habitantes. Detrás de ellas se alzaban torres imposibles, agujas que perforaban el cielo plomizo, tejados de pizarra que se perdían en la bruma y, finalmente, la ciudad misma, desplegándose como un abanico de siglos superpuestos.

En cuestión de segundos mis ojos recorrieron un museo viviente de corrientes artísticas. En el núcleo, lo más antiguo, el gótico se alzaba soberbio: arcos apuntados que se elevaban hacia el infinito, bóvedas de crucería que parecían sostener el firmamento, contrafuertes monumentales, pináculos como dedos de piedra, rosetones de vidrieras que destellaban con colores imposibles incluso bajo la penumbra. Más allá, el Renacimiento se hacía presente con fachadas simétricas, frontones clásicos y una armonía que invitaba a la contemplación. Y aún más lejos, el Barroco se desbordaba en iglesias monumentales, columnas salomónicas que se retorcían como serpientes, volutas y esculturas que parecían cobrar vida en las sombras. Vesperis no pertenecía a una época concreta; era todas las épocas a la vez, un palimpsesto de piedra donde cada generación había dejado su huella.

Me di cuenta, con un escalofrío de emoción, de que estaba contemplando algo que ningún historiador del arte vivo había visto con sus propios ojos. Yo estaba allí. Yo, Leo, el chico pálido de veinte años, estaba tocando la historia viva.

Antes de cruzar la frontera, atravesamos una serie de controles estrictos. Las normas fueron grabadas a fuego en nuestra memoria: no se puede abandonar el recorrido, no se puede acceder a determinados edificios, no se puede entrar en zonas residenciales, no se puede interactuar con los vampiros. Pero había una regla que resonó con especial gravedad: no se puede permanecer en la ciudad después del horario establecido. Y, sobre todo, no se puede pasar la noche en Vesperis.

Pregunté al guía:

-¿Por qué no se puede pasar la noche aquí?

Su respuesta fue tan fría como las piedras que nos rodeaban:

-Es una condición de entrada.

Nada más. Su silencio era un muro más. También nos advirtieron que existen zonas prohibidas, lugares que ni siquiera las visitas autorizadas pueden explorar. La ciudad guardaba secretos que no estaban dispuestos a compartir.

Atravesamos el control. Por primera vez en mi vida, pisé Vesperis.

Había estudiado durante años sus pinturas, sus planos, sus documentos. Había memorizado cada línea, cada sombra. Pero ahora caminaba sobre sus adoquines, respiraba su aire denso y frío. Toqué la piedra de un edificio, sintiendo su textura rugosa bajo mis dedos, y contemplé una escultura que no aparecía en ningún catálogo, una obra única que ningún ojo humano había descrito jamás. Todo lo que había visto en fotos era real, pero también era insuficiente. La realidad lo envolvía todo, lo desbordaba.



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En el texto hay: vampiros

Editado: 30.08.2026

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