Seguí caminando por las calles de Vesperis, completamente perdido. No importaba cuánto girara en las esquinas ni cuántas calles recorriera: todo seguía siendo igual de ajeno, igual de laberíntico. Me repetía una y otra vez que debía mantener la calma, pero era casi imposible. El corazón se me aceleraba con cada sombra alargada, con cada crujido que venía de algún edificio antiguo. Y cuanto más avanzaba, más comprendía que lo que los humanos ven durante las visitas guiadas es apenas un espejismo de lo que Vesperis es en realidad.
En la zona turística, todo parece meticulosamente preparado -no sé si por los humanos o por los vampiros- como un escenario de teatro donde cada fachada está pulida, cada calle limpia y cada esquina fotografiada. Pero aquí, en este laberinto de callejuelas olvidadas, la ciudad respira de otra forma. Se ven prendas tendidas en las ventanas, balanceándose con la brisa húmeda; niños correteando descalzos entre adoquines rotos; tiendas pequeñas con letreros desgastados; ancianos sentados en sillas de mimbre. Era tan parecido a cualquier barrio del mundo humano que, por un instante, casi olvidé que estaba rodeado de vampiros. Y entonces pensé: quizá no somos tan distintos. Quizá la única diferencia es la eternidad que llevan arrastrando.
Después de deambular sin rumbo más tiempo del que me gustaría admitir, un detalle detuvo mi mirada. Había llegado a una plaza enorme, desierta, flanqueada por cipreses retorcidos y farolas de hierro forjado que apenas parpadeaban. En el centro se alzaba una estatua de tamaño descomunal, un vampiro vestido con una armadura antigua, con la espada rota y el rostro parcialmente demolido. Pero no era el paso del tiempo lo que la había dañado: los golpes eran intencionados, furiosos. El pedestal tenía una placa arrancada a propósito, y solo se conservaban unas letras sueltas, arañadas en la piedra. Me acerqué, entrecerrando los ojos, y logré leer apenas: "... Valerian".
Ese apellido me sonaba. Lo había oído antes, en algún lugar...
Antes de que pudiera examinar más, una mujer mayor se acercó silenciosamente a mi espalda. Vestía un chal negro y arrastraba los pies con un ruido seco contra el suelo.
-No deberías mirar eso -dijo, con una voz grave que parecía salir de un pozo.
Me giré sobresaltado.
-¿Por qué?
-Hace demasiado tiempo que nadie quiere recordar a quien representa -respondió, y sin añadir una palabra más, se dio la vuelta y se perdió entre las sombras de los soportales.
Me quedé allí, en medio de la plaza, con un escalofrío recorriéndome la nuca. De repente lo recordé: Valerian. Silas Valerian. El rey vampiro de la antigüedad. Pero, ¿tan odiado era por su propio pueblo como para destrozar su estatua y borrar su nombre? El guía turístico había mencionado algo sobre él, algo terrible, pero mi memoria se negaba a cooperar. Solo recordaba el tono sombrío de sus palabras y la forma en que los vampiros del grupo habían desviado la mirada.
Entonces la ciudad cambió.
Los habitantes comenzaron a encender las luces, una a una, como si despertaran de una siesta eterna. Faroles de gas, bombillas tenues, velas en los alféizares... Y comprendí algo que nunca había considerado: Vesperis sí tiene día y noche, pero su ubicación convierte la luz solar en un mero rumor. Rodeada de montañas, cubierta la mayor parte del tiempo por nubes y niebla, y con edificios tan altos que se tocan entre sí, la ciudad siempre parece sumida en un crepúsculo perpetuo. Durante el día, hay actividad: gente que va y viene, mercados discretos, niños en los colegios. Pero cuando la noche cae de verdad...
Vesperis despierta.
Las cafeterías se llenan de murmullos, las calles cobran una vida mucho más intensa que durante el día, los comercios abren sus persianas metálicas y los vampiros salen a la calle con pasos seguros. La ciudad que parecía dormida se transformó por completo al caer la noche. Las risas, el tintineo de copas, el aroma a café y a algo más dulce y metálico que no supe identificar. Quizá los humanos habíamos cometido un error al pensar que la oscuridad significa ausencia de vida.
Mientras caminaba fascinado, escuché una conversación entre dos vampiros que fumaban junto a una fuente seca. Llevaban gabardinas oscuras y sus voces eran apenas un susurro.
-La barrera se ha vuelto a activar -dijo el más alto, exhalando una nube de humo blanco.
-¿Otra vez? Lleva tres noches así -respondió el otro, con un tono de inquietud mal disimulada.
-Entonces alguien está intentando salir.
Me detuve en seco. Sin querer, había inclinado la cabeza hacia ellos, y uno de los dos giró la mirada hacia mí con una lentitud deliberada.
-¿Qué miras? -preguntó, con una voz que no admitía réplica.
Inspiré hondo y sonreí con la mayor naturalidad que pude fingir.
-Nada, solo el alrededor. Es mi primera vez aquí.
Los dos se miraron, y entonces el que me había hablado soltó una risa corta, sin humor.
-Disfruta del paisaje, entonces. Pero no te detengas demasiado.
Se alejaron, y yo me quedé con un nudo en el estómago. Por poco se me detiene el corazón. Pero mi mente ya estaba dando vueltas: ¿quién está intentando salir de Vesperis? Y, lo más importante, ¿por qué? ¿Acaso hay algo dentro de esta ciudad que merezca ser abandonado con tanta urgencia?
Entré en una tienda pequeña para comprar algo de beber, una botella de agua o lo que fuera. Mientras esperaba en la cola, el dependiente, un vampiro de aspecto cansado con gafas de montura metálica, conversaba en voz baja con un cliente.
-¿Has visto al de categoría III? -preguntó el dependiente.
-No -respondió el cliente, encogiendo los hombros.
-Dicen que lo trasladaron.
-¿A dónde?
El dependiente bajó aún más la voz, tanto que tuve que aguzar el oído.
-Al distrito interior.
Me quedé helado. Categoría III. ¿Qué significaba eso? ¿Los vampiros se clasifican? ¿Como castas, como rangos militares, como niveles de peligrosidad? Mi curiosidad pudo más que mi instinto de supervivencia, y sin pensarlo demasiado, me acerqué a la barra.