Estaba sentado en el borde de la cama, en esa pequeña habitación que Elara había tenido la gentileza de ofrecerme. La luz mortecina de un farol callejero se filtraba a través de la cortina raída, dibujando sombras danzantes en el techo empapelado. Pero el sueño se negaba a llegar. Desde la calle ascendía un rumor constante, una sinfonía nocturna que jamás cesaba en Vesperis: el tintineo de los tranvías antiguos, el rumor de conversaciones que se apagaban y encendían como llamas, el ocasional relincho de un caballo, el golpeteo de los cascos sobre el adoquín.
La vida nocturna de Vesperis era impresionante, sí, pero no estaba pensada para un humilde humano que solo ansiaba un poco de descanso. En mi mundo, la noche era para dormir; aquí, era el comienzo del día.
Logré conciliar el sueño por un breve lapso, pero cuando abrí los ojos, una oleada de desorientación me golpeó. No reconocía el techo, ni las paredes, ni el olor a café y velas de cera que impregnaba el aire. Durante un instante aterrador, mi mente fue un lienzo en blanco.
Luego, todo regresó como un torrente: Vesperis, la barrera, las mentiras que estaba tejiendo para ocultar mi verdadera naturaleza, las trolas que se me ocurrían sobre la marcha para no ser descubierto... y Elara. Esa mujer de mirada profunda que me había acogido sin hacer demasiadas preguntas, aunque sus ojos decían que las tenía todas.
Me levanté con lentitud y me asomé a la ventana. La ciudad seguía palpitando con una vitalidad que me resultaba casi agotadora solo de contemplarla. Faroles de hierro forjado iluminaban las calles con una luz ambarina que se reflejaba en el charco de una lluvia reciente. Carruajes de diseño impecable circulaban junto a tranvías de época, y las siluetas de los vampiros se movían con esa elegancia sobrenatural que los caracterizaba. Todo era hermoso, sí, pero también era una jaula de oro, y yo era el pájaro que había volado demasiado lejos de su nido.
Mientras me vestía, tratando de no hacer ruido, establecí en mi mente un decálogo de supervivencia. La regla número uno, la más importante, la que debía grabar a fuego en mi memoria: no preguntar demasiado. Mi papel debía ser el del observador, el del espía que se mimetiza entre las sombras. Observar, escuchar, imitar sus comportamientos. Hasta ahora, mi apariencia física me había salvado; con mi tez pálida y mis rasgos angulosos, podía pasar por uno de ellos si no abría la boca. Pero si seguía haciendo preguntas obvias, si mi ignorancia sobre lo más básico se hacía evidente, mi vida colgaría de un hilo tan delgado como una telaraña.
Salí de la habitación con sigilo. Elara estaba en la cocina, de espaldas a mí, preparando café. Llevaba una camisa oscura, holgada, y el pelo recogido en un moño desordenado del que escapaban algunos mechones rebeldes. El aroma del café recién hecho llenaba el local, mezclándose con el olor a madera vieja y libros. El ambiente era tranquilo, casi íntimo. Solo estábamos ella y yo.
-Has dormido mucho -dijo sin volverse, pero su voz tenía un dejo de ironía.
-¿Mucho? Si solo he dormido dos horas -respondí, frotándome los ojos.
-Pues eso, mucho -repuso, y esta vez sí se giró, una leve sonrisa asomando en sus labios. Sus ojos, de un tono imposible entre el ámbar y el verde, me escudriñaron con curiosidad.
Recordé mi propia norma. Debía imitarlos. ¿Qué haría un vampiro en mi lugar? Probablemente, reírse con suficiencia.
-Era broma -dije, esbozando una sonrisa que esperaba resultara convincente.
Elara dejó sobre la barra una taza humeante. El café era oscuro, casi negro, y desprendía un aroma intenso que me hizo la boca agua a pesar de todo.
-Muchas gracias -dije, y mi mano buscó instintivamente el azucarero.
-Otra vez -dijo ella, observando con atención mientras yo vertía una cucharada generosa.
-¿Qué?
-Azúcar. Ya lo hiciste antes.
-Bueno, me gusta -respondí con falsa inocencia, y añadí otra cucharada por si acaso.
Elara arqueó una ceja. Su sonrisa se hizo un poco más amplia, pero también más enigmática.
-Qué raro eres -dijo, y en su voz no había desprecio, solo una curiosidad genuina.
-Me lo dicen mucho -respondí, y esta vez mi sonrisa fue sincera. No sabía por qué, pero su presencia me hacía sentir menos solo en aquella ciudad hostil.
-Bueno, Leo... -dijo, pronunciando mi nombre falso con una lentitud deliberada, saboreándolo- ... ¿y qué haces aquí?
La pregunta me tomó desprevenido. No podía decir la verdad, evidentemente: "Soy un humano que se ha perdido, que cruzó una barrera mágica sin saber cómo y ahora está atrapado en una ciudad de vampiros donde lo matarían si descubren lo que soy". No. Tenía que ser más astuto.
-Necesitaba cambiar de aires -dije finalmente, encogiendo los hombros con estudiada indiferencia-. Llevaba demasiado tiempo en el mismo sitio. Sentía que me ahogaba.
Elara asintió lentamente, como si comprendiera perfectamente esa sensación. En sus ojos brilló algo, un destello de reconocimiento que me hizo preguntarme qué demonios habría vivido ella para entender tan bien el deseo de huir.
-A veces pasa -dijo en voz baja, y yo percibí un matiz de tristeza en sus palabras, algo que no quiso explicar y que yo, siguiendo mi propia norma, no me atreví a preguntar.
El tintineo de una campanilla nos sobresaltó. La puerta de la cafetería se abrió, y un hombre joven entró con paso seguro. Tendría unos veinticuatro años, aunque con los vampiros nunca se sabía: podía tener siglos de antigüedad y aparentar la mitad. Pelo oscuro como la noche, un abrigo largo que le llegaba hasta las rodillas, y una mirada demasiado tranquila, demasiado serena para ser natural. Era el tipo de calma que solo se consigue después de haber visto demasiado.
Dorian.
-Hola, Elara -dijo, y su voz era suave, casi un susurro, pero llenaba todo el local.
-¿Qué tal, Dorian? -respondió ella, y noté que su tono cambiaba ligeramente, volviéndose más profesional.