Durante otra de las muchas noches que probablemente me esperaban en Vesperis, volví a despertarme en la habitación de la cafetería.
Ya no estaba tan aterrorizado como la primera noche. Eso era algo, supongo. Pero seguía sin poder conciliar el sueño: un constante rumor de pasos, susurros, puertas que se cerraban a lo lejos, y ese tintineo metálico que parecía venir de las cañerías. Imposible dormirse. Lo bueno es que esta vez logré pegar más de dos horas seguidas; mi cuerpo empezaba a acostumbrarse a los sonidos de la ciudad, y eso me inquietaba tanto como me aliviaba.
Porque lo cierto era que estaba empezando a sentirme cómodo en un sitio donde no debería estar. Pero, siendo realistas, mi obsesión por el arte en el mundo humano solo me había granjeado miradas de indiferencia y alguna que otra amistad perdida. «Otra vez con el gótico flamígero», me decían. «¿No te cansas de hablar de bóvedas de crucería?» Pues no, no me cansaba. Y aquí, en cambio, soltaba todo lo que se me ocurría -pinceladas, teoría del color, anécdotas de pintores malditos- y tanto Elara como Dorian me escuchaban con auténtica atención. Eso, en el mundo humano, no pasaba ni de lejos; solo ocurría con catedráticos e historiadores de sesenta años para arriba, y siempre en un tono académico, nunca con esa chispa de complicidad que notaba aquí.
Aunque, con los vampiros, nunca se sabe. Igual mis nuevos amigos tenían trescientos años, pero aparentaban mi edad. Y se reían de mis chistes malos. Eso ya era un triunfo.
Salí de la habitación y Elara estaba otra vez detrás de la barra, preparando café con esa parsimonia suya que tanto contrastaba con el bullicio de la calle. El vapor ascendía y ella, al verme, esbozó una sonrisa burlona.
-Al final vas a convertir el café en caramelo -dijo, señalando el tarro de azúcar que ya tenía en la mano.
-Es café -contesté, defendiendo mi dulce adicción.
-Creo que dejó de serlo hace dos cucharadas. -Y rió, una risa amable, sin mala intención.
Me senté en la barra y observé sus movimientos. Había algo que me llamaba la atención: Elara trabajaba aquí día y noche, pero nunca la veía tomar un café ni comer nada. Ni un bocado, ni un sorbo. Eso me llevó a preguntarme cómo funcionaba exactamente la alimentación de los vampiros. ¿No sentían hambre? ¿Sed? ¿O era algo más... metafórico? Recordé mi regla de oro: no preguntar demasiado. Así que me quedé con la duda, removiendo mi taza humeante.
En ese momento entró un cliente. Un vampiro alto, de rostro anguloso, que pidió varias cápsulas de sangre sintética. Ni siquiera sabía que Elara vendía eso; las tenía en una vitrina discreta, como si fueran pastillas de vitaminas. El tipo pagó sin mediar palabra y se fue. Yo me quedé mirando la vitrina, sin disimulo, y Elara se dio cuenta.
-¿No vas a preguntar? -dijo, con una ceja levantada.
Me quedé helado. ¿Tan evidente era que no entendía nada?
-¿Sobre qué? -respondí, fingiendo indiferencia.
-Sobre las cápsulas.
-Ya sé para qué sirven -farfullé, echando mano de mi peor recurso: la chulería.
-¿Ah, sí? -Sonrió, incrédula.
-Claro.
-¿Y para qué son, entonces?
Acababa de meter la pata hasta el fondo. ¿Qué demonios se me ocurría inventar?
-Para... mantener la energía -dije, dudoso, mientras mi mente buscaba un salvavidas.
Ella me sostuvo la mirada unos segundos, y luego asintió lentamente.
-Más o menos -concedió.
Exhalé sin que se notara demasiado. Elara no sospechaba que era humano, o al menos eso quería creer. Seguramente pensaba que era un vampiro raro, medio despistado, con poco conocimiento de las costumbres de Vesperis. Y mientras ese disfraz funcionara, yo seguiría con vida.
La puerta se abrió de nuevo, y esta vez entró Dorian. Pero algo en él había cambiado: su semblante habitual, ese aire despreocupado, había dado paso a una seriedad tensa. Se sentó en la barra y habló con Elara en voz baja. Se notaba que entre ellos había una amistad de años, hecha de miradas cómplices y frases inconclusas.
-¿Has dormido bien? -me preguntó Dorian, volviéndose hacia mí.
-Sí -contesté, con una sonrisa que esperaba que fuera neutral.
-¿Has salido?
-Un poco.
Recordé mi norma: menos palabras, menos riesgos.
-¿Solo? -insistió.
-Claro -dije, sonriendo con más seguridad de la que sentía.
-Qué valiente -murmuró Dorian, pero su mirada se endureció, y un destello de desconfianza cruzó sus ojos. Algo había dicho que no encajaba, alguna expresión que los vampiros usaban de otra forma, o quizá el tono era inadecuado. No tenía ni idea, pero noté que me analizaba.
Entonces empezó a hablar de cosas cotidianas de Vesperis: el mercado nocturno, las patrullas de la guardia, la calidad de la sangre sintética de la farmacia del barrio. Pero yo sabía que me estaba poniendo a prueba. Buscaba una reacción diferente, un desliz.
-¿Has probado la sangre sintética tú, Leo? -preguntó de repente, con una ligereza engañosa.
-Obviamente -respondí, tratando de sonar natural.
-¿Y cuál te gusta más? -insistió.
Me quedé en blanco. Elara estaba de espaldas, sirviendo una taza de algo humeante a otro cliente. No podía ayudarme.
-Pues... las rojas, claramente -solté, sudando frío.
Dorian se quedó mirándome un instante, y luego soltó una risita.
-Todas son rojas, Leo.
La había cagado pero bien. Sin embargo, Dorian no insistió; cambió de tema con una fluidez que me pareció calculada. Pero yo ya no estaba tranquilo. Tenía que encontrar alguna manera de entender esta ciudad, de aprender sus códigos, de poder contestar a preguntas así sin poner en peligro mi cuello. Y este tío, Dorian, estaba juntando piezas de un puzle que yo prefería que siguiera incompleto.
Más tarde, salimos de la cafetería. Iba a acompañar a Elara a comprar unos ingredientes para una tarta especial -algo que yo había propuesto como «contribución», mi excusa para seguir aprendiendo sobre Vesperis sin levantar sospechas-. Mientras atravesábamos una calle empedrada, escuché un fragmento de conversación entre dos vampiros apoyados en un farol.