El secreto de Vesperis

CAPÍTULO 5

La cafetería estaba en calma. El tintineo de las tazas apiladas y el leve zumbido de la nevera eran los únicos acompañantes de la penumbra que envolvía el local. Yo estaba sentado en la barra, con la barbilla apoyada en una mano, observando a Elara mientras se movía con la precisión de quien ha hecho el mismo gesto un millón de veces.

Llevaba días dándole vueltas a algo, una pequeña incongruencia que se había instalado en mi mente como una astilla. Y aquella tarde, la curiosidad pudo más que mi promesa de no preguntar.

-Elara... nunca te veo beber nada.

Ella dejó el paño que estaba doblando y me miró con una sonrisa divertida que iluminó sus ojos grises.

-¿Esa es una de tus preguntas? -dijo, con un tono que mezclaba burla y complicidad.

-No... bueno, sí -admití, riéndome con timidez.

La sonrisa de ella se ensanchó. Fue entonces cuando me vino una ocurrencia. Me levanté de un salto, decidido.

-Déjame hacerte un café.

Arqueó una ceja, y esa expresión de escepticismo elegante era casi una obra de arte en sí misma.

-¿Tú? -preguntó, dejando que la palabra flotara en el aire.

-Nunca te veo beber nada, y tienes cara de tener sed. Déjame ser tu camarero por una vez -insistí, ya colocándome detrás de la barra con una torpeza que delataba mi nula experiencia.

-No sabes ni cuánto azúcar echarle al tuyo -replicó, cruzando los brazos.

-Por eso será divertido.

Ella soltó una risa sincera, y el sonido recorrió la cafetería vacía como una caricia.

-Venga, pues sorpréndeme.

Elara se sentó al otro lado, adoptando la pose de una clienta exigente. Yo, por mi parte, me enfrenté a la máquina de café como quien se enfrenta a un artefacto alienígena.

-Bueno... ¿pero qué cafetera es esta? -mascullé, girándola en todos los sentidos.

-¿Le pasa algo? -preguntó ella, con una inocencia fingida.

-Sí, que es muy rara. No tiene cápsulas, solo hay que echarle agua... -dije señalando el depósito con el dedo, como si eso lo explicara todo.

-Mmm, no -respondió, y su risita detrás de mí me hizo sentir el mayor de los necios.

Durante los siguientes diez minutos, mi intento de preparar un café fue una sucesión de pequeños desastres: derramé agua, pulse el botón equivocado, miré el manual de instrucciones al revés... y en cada tropiezo escuchaba su risa, que en lugar de humillarme, me hacía querer seguir intentándolo.

Finalmente, con la torpeza de un aprendiz de brujo, logré servir una taza humeante. Se la entregué con orgullo. Ella la probó, y su rostro se contrajo en una mueca que recordaba a alguien mordiendo un limón.

-Está horrible -dijo, pero se bebió el contenido de un solo trago.

-¡Pero si te lo has bebido entero! -protesté, fingiendo indignación.

-Porque me das pena -respondió, y esa sonrisa suya, amplia y genuina, me hizo olvidar cualquier orgullo herido.

Me di cuenta entonces de que verla sonreír era mi nuevo vicio.

Cuando la risa se apagó, mis ojos se desviaron hacia la vitrina donde guardaba las cápsulas de sangre. Unas gotas rojas envasadas al vacío, que ella consumía con la misma naturalidad que yo un refresco.

Elara me observó, y su voz se volvió más baja, más seria.

-Sé que hay algo que tienes muchas ganas de preguntar.

-¿El qué? -dije, haciendo un esfuerzo por parecer despreocupado.

-Las categorías.

Intenté disimular, pero mi silencio fue más elocuente que cualquier mentira.

-Un poco -admití, encogiendo los hombros.

Ella se quedó pensativa, y entonces, como si hubiera tomado una decisión, empezó a hablar. No lo hacía por desconfianza, sino porque, según ella, yo era solo un vampiro joven que aún no entendía las complejidades de Vesperis.

-Verás, Leo -dijo, apoyando los codos en la barra-, las categorías no son castas ni rangos sociales. Son una clasificación de peligrosidad y capacidad.

-¿Y cómo funcionan? -pregunté, inclinándome hacia ella.

-Los de categoría V tienen una capacidad relativamente baja; un humano con buena forma física podría vencerlos. Los de categoría IV son superiores físicamente, pero aún controlables. Los de categoría III son peligrosos de verdad: fuertes, impredecibles, y como no han sido entrenados, les cuesta controlarse. -Hizo una pausa, como si midiera sus siguientes palabras-. Los de categoría II son extremadamente peligrosos y conscientes de su poder. Y los de categoría I son casos excepcionales, transformaciones distintas, capaces de enfrentarse a varios inferiores.

-¿El rey sería categoría I? -pregunté, sintiendo que el mundo se hacía más grande y aterrador.

-No. El rey tiene una categoría especial: Regia -respondió, y su tono era casi reverente-. Está por encima de todas, pero recuerda: categoría no es autoridad. Un vampiro de categoría alta puede no tener poder político.

-¿Y tú qué categoría eres? -solte la pregunta sin pensar.

Ella me miró, y sus ojos se volvieron dos láminas de acero.

-¿Por qué quieres saberlo? -preguntó, seria.

-Curiosidad -mentí, aunque en realidad necesitaba saber hasta dónde llegaba su poder, hasta dónde podía llegar yo.

Sonrió, pero no respondió.

-Entonces tendrás que esperar.

El momento se rompió con la llegada de un vampiro que entró alterado, discutiendo a gritos con otro en la calle. Elara se levantó con una lentitud calculada, se acercó a la puerta y no hizo falta nada más: el vampiro la vio y salió espantado, como un animal que huele al depredador.

Cuando ella volvió, yo ya sabía la respuesta.

-Eso significa que eres de categoría alta.

-Te dije que tendrías que esperar -replicó, pero había un destello de orgullo en su mirada.

Se sentó a mi lado, y el aire se volvió más denso. Empecé a hablar de cosas personales, quizá para alejarme de aquella tensión.

-¿Por qué decidiste estudiar Historia del Arte? -preguntó ella, cambiando el rumbo.

-Ahora eres tú la que hace preguntas -dije, riendo.



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En el texto hay: vampiros

Editado: 30.08.2026

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