El taller de restauración en el centro de Praga olía a papel viejo, cera de abejas y siglos de historia acumulada. Para Julián, ese aroma era lo más cercano al hogar.
Sostenía entre sus manos con guantes de algodón un volumen encuadernado en cuero agrietado. No tenía título en la cubierta ni firma de autor. Sin embargo, al abrir la primera página, sus dedos temblaron. Los trazos de la tinta eran inconfundibles: caracteres elegantes pero indescifrables, acompañados de dibujos de plantas que jamás habían crecido en la Tierra y diagramas astronómicos con constelaciones desconocidas.
Era una copia casi perfecta del Manuscrito Voynich. O eso pensaba.
—Nadie lo ha podido traducir en seiscientos años, muchacho —dijo el anciano señor Vane, dueño de la tienda, mientras ajustaba sus gafas sobre la nariz—. Te sugiero que no pierdas el tiempo intentándolo.
—Hay algo raro en este ejemplar —murmuró Julián, acercando una lupa a la esquina inferior derecha—. Las líneas de la tinta no están secas.
En el preciso instante en que la luz de la lámpara de escritorio dio de lleno sobre la ilustración de una extraña flor de pétalos azules, la tinta comenzó a brillar. No era un reflejo. Las líneas oscuras se tornaron de un dorado fulgurante y, ante los ojos atónitos de Julián, las letras flotaron un milímetro por encima de la página.
Un susurro en un idioma inexistente resonó en el aire, helando la habitación.
En la calle, las luces de los faroles parpadearon hasta apagarse por completo. Algo o alguien acababa de notar que el manuscrito se había despertado.