El aire en el pasaje secreto era denso, impregnado de un olor a moho, piedra mojada y el inconfundible aroma metálico del río Moldava, que debía de correr unos metros por encima de ellos. Julián avanzaba a trompicones, abrazando el manuscrito contra su pecho como si fuera un escudo. El libro, extrañamente, emitía un calor pulsante, un latido rítmico que Julián podía sentir contra sus costillas.
—No te detengas —susurró el señor Vane. Su voz, amortiguada por las paredes de piedra, sonaba ahora más joven, más vibrante—. Estamos en las venas de la ciudad, Julián. Caminos que los arquitectos de hoy han olvidado, pero que la magia recuerda perfectamente.
Vane sacó de su abrigo una pequeña lámpara de plata que no contenía aceite. Al rozar el cristal con el pulgar, una llama azulada y fría brotó del interior, iluminando los muros cubiertos de inscripciones alquímicas y marcas que databan de la época de Rodolfo II.
—¿A dónde vamos? —preguntó Julián, su respiración agitada resonando en el túnel—. ¿Quiénes eran esos hombres? ¿Por qué destruyeron mi taller?
Vane se detuvo en una intersección de tres túneles. Se giró hacia Julián, y bajo la luz azul de la lámpara, sus ojos parecieron brillar con un matiz ligeramente... verdoso.
—Esos hombres son la Orden de los Escribas de Plomo. Para ellos, el conocimiento no es algo que deba compartirse, sino algo que debe ser extraído y silenciado. Y buscan ese libro porque no es una copia, Julián. Es el original. El mapa que conecta nuestra Praga con la Tierra de San Martín.
Julián miró el manuscrito. Las runas doradas en la portada ahora formaban una flecha sutil que señalaba hacia el túnel de la izquierda.
—El libro... nos está guiando —murmuró Julián, asombrado.
—No nos está guiando —corrigió Vane con una sonrisa sombría—, está volviendo a casa. Y nosotros solo somos los polizontes.
Un goteo lejano se detuvo de golpe. Un silencio absoluto cayó sobre el túnel, roto solo por un sonido seco: el roce de una túnica de ceniza contra la piedra, justo detrás de ellos en la oscuridad.