El secreto de Voynich

Capítulo 4: El herbario de las profundidades

El pasadizo detrás de la estantería no descendía hacia un sótano común, sino hacia la verdadera historia de Praga. Julián y el señor Vane bajaron por una escalera de piedra carcomida por el salitre hasta llegar a un túnel donde el aire era denso y frío, con un persistente aroma a tierra mojada y algo dulce, casi empalagoso.

—Estamos cuatro metros bajo el nivel de la calle —susurró Vane, su voz resonando en las bóvedas de piedra—. Estas eran las calles originales en el siglo XIV. La ciudad creció sobre sus propios cimientos, enterrando sus secretos.

Julián llevaba el Manuscrito Voynich apretado contra el pecho. A pesar de estar cerrado, sentía una vibración rítmica, como un corazón pequeño latiendo contra sus costillas. Al doblar una esquina, la linterna de Vane iluminó algo imposible.

De las grietas de los muros de piedra no brotaba musgo, sino filamentos de un azul eléctrico que palpitaban en la penumbra. Eran raíces delgadas, pero fuertes, que se entrelazaban formando un patrón geométrico perfecto. En el centro del túnel, una flor de pétalos traslúcidos y forma de campana se abría lentamente, emitiendo una luz tenue que bañaba las paredes de un tono zafiro.

—Es la Thunbergia Coelestis —dijo Vane con una mezcla de temor y reverencia—. La Flor del Cielo. No debería estar aquí. Solo crece en la Tierra de San Martín.

—Está naciendo del libro, ¿verdad? —preguntó Julián, acercando su mano a los pétalos vibrantes.

—El libro no es solo un registro, Julián. Es una semilla. Cada ilustración de planta en la sección de Herbaria es un ancla biológica. Si la tinta despierta, la planta se manifiesta. Y si suficientes de estas flores brotan, la barrera entre nuestros mundos se volverá tan delgada como un papel de fumar.

Un goteo rítmico llamó su atención. No era agua. De la Flor del Cielo caía un líquido plateado que se filtraba entre los adoquines, dibujando símbolos que Julián reconoció del manuscrito.

—Tenemos que llegar al Klementinum —urgió Vane—. Hay una bóveda allí que puede contener esta energía. Pero date prisa, los Escribas de Plomo pueden rastrear el polen mágico.

Justo en ese momento, un eco de pasos pesados y metálicos resonó desde el túnel por el que acababan de venir. La caza no había terminado; apenas se estaba adentrando en las sombras.




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