El secreto de Voynich

Capítulo 6: La barrera rota

El impacto hizo temblar hasta la última estantería del Salón Barroco. Las pesadas puertas de roble del Klementinum se agrietaron por el centro mientras una fina capa de escarcha negra se extendía por la madera. Los Escribas de Plomo estaban al otro lado, y no se detendrían hasta conseguir el manuscrito.

—¡Julián, no rompas el contacto con el globo! —gritó el señor Vane, intentando mantener el equilibrio mientras el suelo de parquet crujía como el casco de un barco en tormenta.

Julián apretó las manos contra el metal frío del globo astronómico. La luz azurita que emanaba de la sección Astronómica del Códice era tan intensa que atravesaba sus palmas, volviendo sus venas de un azul brillante. En su mente ya no veía la biblioteca: veía un cielo iluminado por dos lunas gemelas y vastos bosques de plantas traslúcidas que respiraban al mismo ritmo que su corazón.

El mundo de Voynich.

De repente, la puerta cediós con un estruendo ensordecedor. Las tres figuras con máscaras de plomo avanzaron entre la niebla helada. El líder de la orden levantó una mano pesada y de sus dedos brotaron zarcillos de metal líquido que se dirigieron directamente hacia el libro.

—¡Es hora! —exclamó Vane. Con un gesto rápido, sacó un pequeño frasco con polvo de azufre y lo arrojó al aire justo en la línea de luz celestial.

La reacción fue instantánea. La luz del globo y la tinta del manuscrito se fusionaron en una explosión de destellos dorados y turquesas. El espacio entre Julián y los Escribas se plegó sobre sí mismo como una hoja de papel arrugada.

El suelo bajo los pies de Julián desapareció. La gravedad dejó de existir por un segundo eterno, y lo último que escuchó antes de ser engullido por el destello fue el rugido de rabia de los seres de plomo quedando atrás.

Cuando abrió los ojos, el olor a papel viejo y cera había desaparecido. En su lugar, el aire olía a tierra húmeda, ozono y flores desconocidas. El cielo sobre su cabeza no tenía sol, solo un crepúsculo verde continuo.

Habían cruzado la barrera. Estaban en la Tierra de San Martín.




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