El secreto de Voynich

Capítulo 7: La Tierra de San Martín

El aterrizaje no fue una caída, sino una transición lenta, como si el aire se hubiera vuelto líquido por un instante. Cuando Julián finalmente pudo abrir los ojos, el mundo de piedra y libros de Praga había desaparecido.

Se encontraba de pie sobre una hierba de un color verde tan vibrante que parecía emitir su propia luz. Sobre su cabeza, el cielo no tenía sol ni estrellas; era una bóveda infinita de un crepúsculo verde esmeralda que bañaba todo en una claridad suave y sin sombras. El aire era denso, cargado de ozono y del perfume dulce de las flores que Julián solo había visto en las páginas del manuscrito.

—Bienvenido a la Tierra de San Martín, Julián —susurró Vane, quien parecía haber recuperado diez años de vitalidad al cruzar el umbral—. Aquí es donde el tiempo no corre, sino que aguarda.

A lo lejos, Julián vio un río de agua plateada que fluía a través de acueductos de piedra que parecían crecer de la tierra misma. Pero lo que más le impactó fue la figura que surgió de entre los árboles de filamentos brillantes. Era un joven, apenas un adolescente, de piel oliva clara y ojos de un ámbar profundo. Vestía una túnica de una fibra vegetal desconocida, idéntica a los bocetos de la sección de Balnearia.

El joven no gritó ni huyó. Se acercó a Julián y, para su absoluta sorpresa, el Manuscrito Voynich en sus manos comenzó a emitir un sonido similar a un carillón de cristal.

—El Guardián ha vuelto —dijo el joven en un dialecto que, aunque desconocido, Julián pudo comprender perfectamente. Era como si el libro estuviera traduciendo las vibraciones del aire directamente en su mente.

—Soy Julián —respondió él, dando un paso al frente—. ¿Quién eres tú?

—Me llaman Elian —dijo el chico, pero su expresión de asombro se tornó rápidamente en terror al mirar hacia el portal que aún vibraba a sus espaldas—. Pero no has venido solo. El Plomo se está filtrando.

Julián se giró. En la linde del bosque esmeralda, una mancha de escarcha negra empezaba a devorar la hierba brillante. La Orden de los Escribas no se había quedado atrás; su oscuridad era una infección que ya estaba reclamando este nuevo mundo.




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