La belleza de la Tierra de San Martín comenzó a marchitarse ante los ojos de Julián. La mancha de escarcha negra que Elian había señalado no era hielo, sino una capa de plomo líquido que se solidificaba al contacto con la vida. Donde la mancha avanzaba, las flores de azurita se apagaban y los árboles de filamentos se volvían rígidos y quebradizos.
—¡Rápido! —gritó Elian, señalando un sendero que serpenteaba hacia una formación rocosa—. La infección se mueve a través de la sombra. Si nos alcanza, nuestras memorias se volverán plomo antes que nuestros cuerpos.
Julián sentía que el Manuscrito Voynich pesaba ahora como si estuviera hecho de hierro. La vibración dorada de las páginas luchaba contra un frío antinatural que subía por sus brazos. Vane, a su lado, mantenía la vista fija en el bosque que acababan de dejar atrás. Tres siluetas grises, las mismas que habían asaltado el taller en Praga, emergieron de la niebla esmeralda. Sus máscaras de plomo brillaban con un matiz aceitoso bajo el cielo verde.
Llegaron a la entrada de una gruta escondida tras una cascada de agua plateada. Al entrar, el sonido de la persecución se amortiguó, reemplazado por el eco rítmico de gotas cayendo en un estanque profundo.
—Es una de las fuentes de Balnearia —explicó Vane, jadeando—. Julián, abre el Códice. Necesitamos el ritual de purificación.
Julián buscó febrilmente entre las páginas hasta encontrar la sección de las ninfas en los baños circulares. Al abrirla, el agua del estanque empezó a girar, formando un remolino de plata líquida. Las figuras dibujadas en el pergamino comenzaron a emitir un canto sutil, una frecuencia que hacía vibrar las paredes de la gruta.
—Debes sumergir el Códice —dijo Elian con urgencia—. Es la única forma de limpiar el rastro que los Escribas están siguiendo.
Julián dudó. Como restaurador, la idea de sumergir un manuscrito del siglo XV en agua era un sacrilegio. Pero al mirar hacia la entrada de la gruta y ver la escarcha negra reptando por las rocas como una serpiente hambrienta, supo que no tenía opción.
Justo cuando sus dedos rozaban la superficie del agua plateada, una mano de metal frío se cerró sobre su hombro. El líder de los Escribas de Plomo había llegado.