El frío que emanaba de la mano del Escriba de Plomo era absoluto. Julián sintió que su hombro se entumecía, no solo por la presión, sino porque la vitalidad misma de su cuerpo estaba siendo succionada. La máscara de plomo del líder de la orden se inclinó hacia él, y por primera vez, Julián escuchó su voz: un sonido metálico, como el roce de dos láminas de hierro.
—El Códice no pertenece a los vivos, pequeño restaurador —siseó el Escriba—. Devuélvelo al Silencio.
—¡Ahora, Julián! —rugió Vane. El anciano se lanzó contra el Escriba con una agilidad imposible, golpeando la máscara de metal con un bastón de madera de fresno que brillaba con una tenue luz verde.
El impacto le dio a Julián el segundo que necesitaba. Con un grito de pura desesperación, soltó el Manuscrito Voynich. El libro no cayó al suelo, sino que fue atraído por la superficie del estanque como si fuera un imán. Al tocar el agua plateada, no hubo salpicadura. El líquido se abrió en un remolino perfecto, tragándose el volumen por completo.
Un silencio sepulcral inundó la gruta por un instante. Luego, el estanque explotó en una columna de luz argéntea.
Las figuras de las ninfas grabadas en las paredes de la gruta empezaron a brillar con una intensidad cegadora. Julián vio, asombrado, cómo el agua plateada trepaba por el cuerpo del Escriba de Plomo, filtrándose por las comisuras de su máscara. El ser de metal retrocedió, emitiendo un sonido agudo, mientras su armadura empezaba a disolverse, convirtiéndose en vapor grisáceo.
—El ritual de Balnearia ha comenzado —susurró Elian desde las sombras, observando cómo el remolino se calmaba.
Julián se acercó al borde del estanque. En el fondo, el Manuscrito Voynich descansaba sobre un pedestal de cristal que acababa de emerger. Las páginas estaban abiertas, pero ya no eran de pergamino: eran de pura luz líquida. La tinta dorada se había fundido con el agua, y Julián comprendió que el libro no se había mojado; se había purificado.
Pero la victoria tenía un precio. Al mirar su propia mano, Julián vio que sus venas ahora brillaban con el mismo tono plateado que el agua. El libro y él eran ahora una sola cosa.