El aire se saturó de un olor a ozono y miel silvestre. Julián no retrocedió ante la embestida del ciervo de plomo. Sus dedos, entrelazados con las venas de plata, se hundieron en el papel de luz de la sección de Farmacia. Al tocar la ilustración de la Radix Aurum, la Raíz de Oro, el libro emitió un pulso que hizo que la propia realidad vibrara.
—¡Ahora, Julián! ¡No busques destruir, busca restaurar! —gritó Vane, protegiéndose los ojos con el brazo.
De las páginas abiertas brotó una nube de polen dorado. No era polvo orgánico; eran partículas de luz sólida que flotaban en el aire desafiando la gravedad. Cuando el ciervo corrupto entró en contacto con la nube, el chirrido metálico se volvió ensordecedor. Las placas de plomo que recubrían su piel empezaron a agrietarse y a desprenderse en escamas de ceniza gris.
Bajo el metal, la carne volvió a ser vida. El animal cayó de rodillas, jadeando, mientras el último rastro de oscuridad se evaporaba de sus ojos. El ciervo, ahora libre de la infección, miró a Julián con una gratitud ancestral antes de desaparecer entre los helechos luminosos.
—Lo has logrado... —susurró Elian, acercándose al rastro de ceniza que quedaba en el suelo—. Has usado la alquimia de restauración. Has sanado una parte del tejido del mundo.
Pero el esfuerzo dejó a Julián exhausto. La plata en sus brazos palpitaba con un dolor frío. Había entregado parte de su propia vitalidad para alimentar el remedio.
—Mira —dijo Vane, señalando hacia el horizonte.
Frente a ellos, al final del sendero de ceniza, el bosque se abría. Allí se alzaba el Árbol Madre. Su tronco era tan ancho como una catedral y sus ramas se extendían tanto que parecían sostener el cielo crepuscular. Pero el espectáculo era agridulce: una enorme red de venas de plomo trepaba por el tronco, asfixiando el brillo esmeralda del árbol más antiguo del universo.
—Llegamos a tiempo —murmuró Julián, apretando el Códice contra su pecho—. Pero la verdadera batalla por el alma de San Martín comienza en esas raíces.