Julian no tocó el árbol; el árbol lo reclamó a él. En el instante en que sus dedos rozaron la corteza rugosa del Árbol Madre, el mundo físico se desvaneció. No hubo dolor, solo una expansión violenta de su conciencia. Sus venas de plata se encendieron como filamentos eléctricos, y por primera vez, Julian no vio con los ojos, sino con las raíces.
—Estás en el Primer Libro, Julian —la voz de Vane sonaba como un eco lejano, como si hablara desde el otro lado de una montaña de cristal.
Julian se encontró caminando por un pasillo infinito hecho de luz esmeralda y libros que no tenían hojas, sino recuerdos. Comprendió la verdad: el Manuscrito Voynich no era un libro original, era simplemente la traducción. El verdadero conocimiento era este árbol, una biblioteca viva que guardaba la historia de San Martín desde antes de que la tinta existiera.
Pero el silencio de la biblioteca estaba siendo profanado. En las profundidades de la visión, Julian vio las raíces del árbol retorciéndose. Trece niveles bajo tierra, la Orden de los Escribas de Plomo estaba vertiendo "Plomo Negro" en el acuífero sagrado. No querían el libro; querían borrar la fuente de la cual nació.
—Ines... —murmuró Julian al ver un nombre grabado en la raíz principal. No era solo un nombre de autora, era una palabra clave: el "Ancla del Relato".
Julian comprendió que su misión no era solo sanar, sino reescribir. Si el plomo borraba la memoria, él usaría la plata de su propia sangre para grabar una nueva historia. Pero mientras su mente navegaba por las raíces, en el mundo real, los Escribas habían rodeado el claro. El tiempo se había agotado.