El secreto de Voynich

Capítulo 15: La frecuencia del origen

La grieta en la cúpula de azurita crujió con el sonido de un hueso al romperse. El Líder de los Escribas de Plomo avanzó un paso más, y el peso de su presencia hizo que la vegetación luminosa a su alrededor se apagara instantáneamente, dejando solo ceniza y un frío metálico.

—Es inútil, Custodio —retumbó la voz del Escriba, amortiguada tras su máscara pulida—. El plomo es el destino final de toda materia. La historia que intentas proteger ya ha sido olvidada.

Julián sintió que la sangre le ardía en los brazos. Las venas plateadas no solo brillaban; pulsaban al ritmo desbocado de su corazón. Miró a Vane, quien mantenía la daga de cristal en alto, sosteniendo una línea defensiva con Elian. Ambos estaban al límite de sus fuerzas.

—No es solo una historia... —dijo Julián con la voz rasgada, poniéndose en pie a pesar del temblor de sus piernas—. Es la memoria de San Martín, y no te pertenece.

Con un movimiento desesperado, Julián no buscó un hechizo ni una receta del Manuscrito Voynich. Hizo algo que ningún Custodio había intentado jamás: unió la página de la Astronomía con la página de la Balnearia. Las estrellas de tinta dorada se fundieron con las ninfas de luz líquida en un dibujo único sobre la piel de sus palmas.

—¡Ines! —exclamó Julián al aire, aferrándose al ancla del relato con toda su voluntad.

Una onda de choque de frecuencia purísima brotó de sus manos. La luz no era esmeralda ni plata; era un blanco dorado, tan intenso que la máscara del Líder de los Escribas empezó a derretirse como cera bajo el sol. La lluvia de plomo se congeló en el aire antes de convertirse en un polvo fino y brillante que cayó sobre el suelo como nieve dorada.

El Líder de la Orden retrocedió, emitiendo un rugido que hizo temblar la tierra, mientras su figura se disolvía en la nada. La cúpula no solo se reparó; se expandió hasta cubrir todo el horizonte de San Martín.

El claro volvió a respirar. Las hojas del Árbol Madre entonaron una nota limpia y cristalina, y en el centro del tronco, las venas de plomo desaparecieron por completo, sustituidas por un relieve dorado que leía el nombre de la autora.

Julián cayó de rodillas, exhausto pero sonriente, mientras la paz regresaba finalmente al reino.




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