El secreto de Voynich

Capítulo 17: El ascenso al Velo de Escarcha

La calidez del Bosque Esmeralda se desvaneció con una rapidez inquietante. A medida que Julián, Vane y Elian seguían el haz de luz azul, el terreno se volvía empinado y la vegetación, antes vibrante, se tornaba achaparrada y cubierta de una escarcha plateada que no se derretía. El aire se volvió tan fino que cada respiración quemaba los pulmones de Julián, pero la plata en sus venas reaccionó de una forma inesperada: comenzó a emitir un calor suave, protegiéndolo del frío glacial de las alturas.

—Estamos entrando en el Velo de Escarcha —anunció Elian, envolviéndose en su túnica de fibras vegetales—. Es una barrera climática creada para ocultar los Observatorios Celestiales. Aquí, el tiempo no solo aguarda, se congela.

Frente a ellos, una cortina de niebla azulada pendía entre dos picos afilados como colmillos de gigante. El haz de luz del Códice Voynich golpeó la niebla, y esta comenzó a girar, formando un túnel de cristales de hielo que reflejaban las constelaciones del manuscrito.

—Julián, el libro no solo nos guía, está abriendo la cerradura atmosférica —observó Vane, cuyos ojos brillaban con la curiosidad de un científico ante un descubrimiento imposible.

Al cruzar el umbral de niebla, el grupo se detuvo en seco. Incrustado en la ladera vertical de la montaña, se alzaba el Observatorio de las Estrellas Huérfanas. Era una estructura de piedra blanca y cúpulas de cristal que parecía haber sido tallada por el viento mismo. Sobre el edificio, el cielo de San Martín se abría en un vacío negro salpicado de estrellas que Julián reconoció instantáneamente. Eran las mismas que había intentado descifrar durante años en el taller de Praga.

—No son estrellas muertas —susurró Julián, sintiendo cómo el Códice vibraba en sus manos con una alegría casi humana—. Son las coordenadas de los otros mundos. Y los Escribas de Plomo nunca podrán alcanzarlas si llegamos primero al Telescopio de Cristal.

Pero en el silencio de la nieve, un sonido agudo y metálico les recordó que no estaban solos. El plomo no temía al frío.




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