El eco metálico resonó contra las paredes de hielo del desfiladero, haciendo que Vane desenfundara su daga violeta de un solo tictac seco. Un grupo de Escribas de Plomo, recubiertos por armaduras congeladas que crujían a cada paso, emergió de las sombras del ventisquero. Sus rostros sin facciones reflejaban la luz estelar como espejos deformados.
—No nos darán tiempo para activar el telescopio —murmuró Elian, posicionándose frente al umbral del observatorio—. Julián, entra. Solo el Custodio puede alinear las lentes de cuarzo. Vane y yo mantendremos la puerta.
Julián dudó un segundo, mirando el cansancio dibujado en el rostro de sus compañeros, pero el pulso plateado de sus manos no le dejó opción. Empujó las pesadas puertas de bronce y cristal de la cúpula central.
El interior del Observatorio de las Estrellas Huérfanas era un santuario de engranajes flotantes y espejos astrales. En el centro, apuntando hacia una abertura en el techo helado, se alzaba el gran Telescopio de Cristal. No utilizaba lentes de vidrio común, sino discos de cuarzo tallados con la misma caligrafía indescifrable del Manuscrito Voynich.
Al acercar el Códice al pedestal principal, el manuscrito levitó. Las páginas de la sección astronómica comenzaron a girar a toda velocidad, proyectando en el aire una red de mapas estelares tridimensionales.
—Busca el polo de origen, Julián —resonó la voz de la historia en su mente, la presencia firme de Ines Darib manteniendo la cordura del relato en medio del caos.
Julián colocó sus palmas sobre los mandos del telescopio. La plata de sus venas se extendió por los engranajes de latón, activando la maquinaria antigua. Al mirar a través del ocular de cuarzo, la vista de Julián se proyectó miles de años luz más allá de San Martín. Vio la cuna de los Custodios, pero también vio algo inquietante: una gran sombra de plomo envolviendo el corazón de la galaxia, avanzando hacia cada portal abierto en el Códice.
Antes de que pudiera ajustar la última frecuencia para sellar el mapa, una explosión sacudió las puertas de bronce del observatorio. El plomo había logrado romper la línea de defensa.