El estruendo de las puertas de bronce al ceder fue como un trueno en el silencio sagrado del observatorio. Elian fue lanzado hacia atrás, su túnica de fibras vegetales quemada por el frío extremo de los Escribas de Escarcha. Vane, con la daga violeta temblando en su mano, se interpuso entre los invasores y el pedestal donde Julián permanecía conectado.
—¡No te sueltes, Julián! —gritó Vane, mientras su daga chocaba contra una espada de plomo sólido. El sonido no fue un metal contra metal, sino un gemido de la realidad misma.
Julián sentía que su mente se fragmentaba. A través del ocular de cuarzo, veía galaxias girando, pero a través de sus oídos, escuchaba los pasos pesados de los Escribas acercándose. El marcador de calibración en el aire parpadeaba: 89%... 92%...
El líder de los Escribas de Escarcha, una entidad cuya máscara parecía hecha de hielo negro, ignoró a Vane y Elian. Levantó una mano y un rayo de plomo líquido, enfriado al punto de la inercia absoluta, salió disparado hacia el Telescopio de Cristal.
—¡Ines, ahora! —rugió Julián, cerrando los ojos y buscando el centro mismo de la narración.
En ese instante, el Manuscrito Voynich no emitió una luz esmeralda ni plata, sino un azul cobalto tan profundo que pareció absorber toda la luz de la sala. El rayo de plomo se detuvo en el aire, congelado por una fuerza narrativa superior. Julián sintió el pulso de la historia de Ines fluyendo a través de sus venas, dándole la autoridad para decidir qué era real y qué no.
El Telescopio de Cristal emitió un zumbido armónico que hizo vibrar los huesos de todos los presentes. 98%... 99%... ¡100%!
Una columna de luz pura descendió del cielo, atravesando la apertura del techo y cargando el telescopio con una energía estelar inabarcable. La lente de cuarzo proyectó un mapa final en el centro de la estancia: no era un mapa de San Martín, sino un puente hecho de luz lunar que conectaba las montañas con el corazón mismo del Manuscrito.
—El Puente Lunar... —susurró Elian, levantándose del suelo—. Julián, el telescopio no era para ver el origen, era para construir el camino hacia él.
Pero el observatorio empezó a derrumbarse. El uso de tanta energía había desestabilizado la montaña.