El trazo de luz azul cobalto que Julián había dibuja sobre la grieta del pergamino no duró mucho. La fisura no se cerró; en su lugar, comenzó a abrirse lentamente, como una boca hambrienta que devoraba la propia luz de la biblioteca.
—No se está rompiendo el papel, Julián —advirtió Elian, dando un paso atrás mientras sostenía el cuerno de azurita—. Se está desvelando la capa inferior. El Códice no tiene solo páginas... tiene capas de realidad.
Un viento frío y con olor a tinta seca emergió del abismo que se abría en el centro de la mesa de sándalo. A través de la abertura, Julián vio un reflejo distorsionado del Polo de Origen: las mismas columnas y estantes infinitos, pero en lugar de brillar con luz estelar, estaban envueltos en una niebla de ceniza y sombras.
—El Reverso del Manuscrito —susurró Vane, ajustando el agarre de su daga—. Donde van a parar los borradores tachados, las ideas olvidadas y los personajes que el autor decidió no incluir en la versión final.
Una figura emergió de la bruma del abismo. No vestía la armadura de plomo de los Escribas, sino una túnica hecha de trazos inacabados y líneas de tinta borroneadas. Su cara era un lienzo en blanco con dos puntos brillantes como brasas.
—Habéis traído la luz al reino de arriba —dijo la sombra, con una voz que sonaba como el susurro de hojas al pasar rápidas—, pero ¿quién cuidará de la historia que nunca llegó a escribirse?
Julián apretó la pluma de cristal. Las venas de plata en sus brazos reaccionaron no con miedo, sino con un pulso cálido de empatía. Comprendió que este nuevo enemigo no buscaba destruir San Martín, sino reclamar su derecho a existir en la historia de Ines.