El abismo de la mesa susurraba con el eco de mil voces sin nombre: pasajes borrados, escenas cortadas en la noche y héroes que jamás llegaron al primer capítulo. Vane mantenía la daga levantada, pero Julián le hizo una seña suave para que bajara el arma.
—No han venido a luchar —dijo Julián, dando un paso hacia la sombra sin rostro—. Han venido a ser escuchados.
La figura de trazos inacabados dio un paso adelante. Las cenizas a su alrededor flotaban como mariposas nocturnas.
—Nos dejaron en la penumbra del pergamino —murmuró la entidad—. Fuimos el primer intento, los cimientos sobre los que construisteis vuestra luz. ¿Por qué el final solo pertenece a los elegidos?
Julián miró la pluma de cristal en sus manos. Comprendió la lección más importante de un Custodio: una historia no es más fuerte por lo que destruye, sino por lo que abarca. No podía borrar el Reverso, pero sí podía darle un lugar en el gran tapiz de San Martín.
Se inclinó sobre la fisura y comenzó a escribir directamente en la niebla del abismo con la Tinta del Alma:
“Nada de lo soñado se pierde. Cada línea descartada forma el cielo nocturno sobre el que brillan nuestras estrellas.”
Al contacto con la luz azul cobalto, la figura de sombras empezó a transformarse. Sus bordes borroneados se definieron en destellos de plata y azul, y la niebla de ceniza se convirtió en un manto de constelaciones jamás vistas. La fisura no se cerró con fuerza, sino que se transformó en un espejo sereno de agua y tinta.
Elian sonrió con alivio.
—Has integrado la sombra en el relato, Julián. Ahora el Códice está completo.
Pero desde el fondo del espejo de tinta, una nueva vibración sacudió la biblioteca. El verdadero origen de San Martín estaba a punto de revelarse.