El espejo de tinta sobre la mesa de sándalo comenzó a aquietarse, volviéndose tan cristalino que reflejaba no solo el techo de la biblioteca infinita, sino también las estrellas doradas que ahora cruzaban el cielo de San Martín.
Del centro del estanque emergió un único objeto: un pliego de pergamino intacto, brillante y libre de cualquier mancha de plomo o sombra de olvido. No contenía frases largas ni códigos indescifrables. En el centro, en una elegante caligrafía trazada en oro y azul cobalto, resplandecía una sola palabra:
«INICIO»
Vane soltó una risa suave y guardó definitivamente su daga en el cinturón.
—Parece que los finales en este libro no existen, chaval —dijo, dándole un palmadita en el hombro a Julián—. Solo son portadas para el siguiente capítulo.
Elian se acercó y contempló la palabra con reverencia.
—El Códice ha encontrado su verdadero equilibrio —afirmó el sabio de fibras vegetales—. La luz y la sombra ya no luchan; ahora bailan juntas para contar la historia.
Julián sonrió, sintiendo la calidez de la plata en sus venas pacificarse por completo. Tomó la pluma de cristal por última vez y la colocó suavemente sobre el pedestal del escritorio. Sabía que su labor como Custodio apenas comenzaba, pero por primera vez, el futuro no se sentía como una amenaza de plomo, sino como una página en blanco esperando ser escrita.
Miró hacia arriba, atravesando con la mirada las columnas de luz y las infinitas estanterías, enviando un mudo agradecimiento a la mente que había imaginado su mundo desde el principio.
Y en algún rincón entre la realidad y la ficción, Ines colocó el punto final, sabiendo que las grandes historias nunca mueren: solo descansan hasta que un nuevo lector las vuelve a abrir.
Fin...