El aire se volvió aún más pesado mientras avanzaban por la cripta. Cada paso levantaba polvo antiguo y un olor metálico que hacía difícil respirar.
De repente, Marvin apuntó con su linterna hacia el fondo: filas de figuras rígidas, envueltas en telas amarillentas y con miradas fijas, se alzaban como si esperaran algo.
—¿Qué… qué son? —preguntó Daniel, con la voz temblorosa.
Tony se acercó lentamente, observando cada detalle.
—Guardianes… los dejó Kanoche. No son simples momias. Son centinelas de su secreto.
Héctor, valiente como siempre, dio un paso adelante, pero su pie hizo ruido sobre la piedra. Una de las figuras giró lentamente la cabeza hacia ellos. Un escalofrío recorrió a todos.
Dima cerró los ojos y murmuró una oración silenciosa, mientras Leopoldo señalaba un ataúd que parecía diferente: más reciente, como si alguien hubiera sido colocado allí hace poco.
El silencio se rompió con un susurro frío que parecía provenir de todas partes:
—“No debieron entrar…”
El grupo comprendió que cada movimiento estaba siendo observado. La curiosidad los había llevado demasiado lejos, y ahora la cripta parecía viva.
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Editado: 31.08.2025