El secreto del dragón

1 El error del dragón

_**ELENA**_

​Seattle | 23:45 PM
​La lluvia de Seattle golpeaba los ventanales de mi ático con un ritmo hipnótico. En el interior, solo el suave zumbido de mis tres monitores de 32 pulgadas rompía el silencio. Me gustaba así: la oscuridad de mi apartamento contrastando con el resplandor de los datos que fluían ante mis ojos.
​—Casi está, L.V. —murmuré, tecleando la última línea de un script de limpieza.
​L.V. era mi mejor cliente, un fantasma que pagaba en criptomonedas y nunca se quejaba del precio. Llevaba tres años moviendo sus fondos por paraísos fiscales, y aunque jamás habíamos cruzado una palabra en persona, sentía que conocía su ritmo, su eficiencia gélida.
​Un sonido metálico de notificación me sacó de mi trance. Una ventana de chat encriptada parpadeó en la pantalla central.
​JAX: Buen trabajo con lo de las Caimán, El. Te mando el paquete para la auditoría de mañana. Hay archivos pesados, asegúrate de procesarlos antes del amanecer. Kenji tiene prisa.
​Sentí una punzada de curiosidad. Rara vez Jax mencionaba nombres reales, aunque yo sabía que trabajaban en el sector tecnológico de San Francisco... o eso quería creer.
​ELENA: Recibido. ¿Es el lío de siempre o algo especial?
​JAX: Algo especial. No te distraigas con el tamaño de los logs. Hablamos en unas horas.
​Apareció el icono de transferencia. Archivo: Kumo_Logs_Raw.zip. El nombre era inusual; normalmente los etiquetaba como "Auditoría". Hice clic en descargar y me levanté para ir a la cocina. Necesitaba otra taza de café si iba a pasarme la noche desmenuzando registros financieros. Mientras caminaba, la barra de progreso avanzaba rápidamente en el monitor. 10%... 40%... 85%...
​No tenía ni idea de que ese pequeño archivo de 2 gigas era en realidad el peso de mi propia tumba.

​_**KENJI**_

​San Francisco | Villa Kumo
​El comedor de la villa estaba sumido en una paz tensa. Jax estaba sentado a mi derecha, terminando su copa de vino con la mirada perdida en el jardín zen iluminado por focos tenues. A mi izquierda, Akemi jugaba con su teléfono bajo la mesa, rompiendo el protocolo como siempre hacía.
​—El envío de Seattle está asegurado —dijo Jax, rompiendo el silencio. Su tono era relajado, el de un hombre que acaba de quitarse un peso de encima—. Acabo de pasarle los logs a Elena. Se pasará la noche ocupada.
​Asentí, saboreando el regusto amargo del té verde.
—Ella es eficiente. Pero no bajes la guardia, Jax. Las Tríadas están buscando cualquier grieta en nuestro sistema de blanqueo.
​—Elena no es una grieta, es un muro —respondió Jax con una sonrisa de suficiencia—. Es la mejor inversión que hemos hecho.
​En ese momento, Akemi levantó la vista y sonrió a Jax de esa forma traviesa que siempre me ponía en alerta.
—¿Habláis de vuestra hacker invisible otra vez? Deberías invitarla a la villa un día, Jax. Me vendría bien una cara nueva que no sea la de mi hermano o la tuya.
​Jax se aclaró la garganta, esquivando la mirada de mi hermana. Se inclinó para coger su teléfono de la mesa, pero sus dedos rozaron la mano de Akemi por accidente. Vi cómo se tensaba, cómo su respiración se detenía por un segundo. Fue una distracción de apenas un par de pulsaciones, pero en nuestro mundo, un segundo es una eternidad.
​El teléfono de Jax emitió un pitido. Él miró la pantalla, esperando la confirmación de recepción de Elena. Pero su expresión cambió. La confianza se evaporó, reemplazada por una palidez que hizo que mi instinto de depredador se erizara.
​—Jax —dije, mi voz bajando una octava—. ¿Qué has hecho?
​Él no respondió. Sus dedos volaban sobre la pantalla, intentando revocar algo. Pero ya era tarde. El servidor registró la apertura del archivo a mil kilómetros de distancia.
​—Me he equivocado de carpeta, Kenji —susurró, y su voz sonó como un cristal rompiéndose—. Le he enviado la inteligencia del muelle. El vídeo de la ejecución. Los manifiestos de armas. Todo.
​Me levanté de la mesa con una lentitud aterradora. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de Akemi dejando caer sus palillos sobre la porcelana. Miré a Jax, mi hermano, mi mano derecha, y por un momento vi el rastro de la debilidad humana en sus ojos.
​—Elena sabe ahora quién soy —dije, más para mí mismo que para él.
​—Kenji, puedo solucionarlo —empezó Jax, pero lo corté con un gesto de la mano.
​—No. Ella ha visto la cara del dragón. Y ahora, el dragón tiene que ir a reclamar lo que es suyo antes de que el mundo entero se entere de lo que hay en esos archivos.
​Salí del comedor sin mirar atrás. La "normalidad" de la cena había muerto. El tiempo de las pantallas había terminado; ahora empezaba el tiempo de la sangre.




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