_**ELENA**_
Seattle | 00:30 AM
Mis pulmones arden. Bajar cuarenta y dos pisos por la escalera de incendios no es lo mismo que ver un video de gimnasia en YouTube. El metal bajo mis pies resuena en el hueco de la escalera como disparos, y cada vez que oigo un ruido en los pisos superiores, mi corazón da un vuelco.
Finalmente, llego a la planta baja. Me pego a la puerta de salida que da al callejón trasero. Respiro hondo, trato de calmar mi ritmo cardíaco y me subo la capucha de la sudadera. Al abrir la puerta, el aire frío y húmedo de Seattle me golpea la cara.
El callejón está oscuro, iluminado solo por el resplandor de un cartel de neón parpadeante a la vuelta de la esquina. Camino rápido, evitando los charcos. Mi plan es sencillo pero desesperado: llegar a la estación de King Street, pagar un billete en efectivo hacia cualquier lugar y desaparecer. Sin tarjetas de crédito, sin teléfonos inteligentes, sin rastro digital.
Cruzo la primera avenida. El silencio de la ciudad a esta hora es inquietante. De repente, el motor de un coche negro sube de revoluciones a mis espaldas. No miro atrás. Doblo la esquina hacia una calle más concurrida, esperando perderme entre los pocos noctámbulos que quedan.
Pero entonces, un SUV blindado frena en seco justo delante de mí, bloqueando el paso. Las puertas se abren al unísono. No son policías. Los hombres que bajan visten trajes oscuros y se mueven con una precisión militar que me hiela la sangre.
—Señorita Elena —dice uno de ellos, con un tono tan plano que asusta—. Por favor, no lo haga más difícil. Él ya está aquí.
_**KENJI**_
Aeropuerto Privado de Seattle | 01:15 AM
El aire de Seattle huele a lluvia y a combustible de avión. Bajo por la escalerilla del jet y el frío no me inmuta; tengo un fuego interno que solo se apagará cuando tenga a mi hacker frente a mí.
Jax camina a mi lado, hablando por un auricular inalámbrico. Su rostro recupera algo de color cuando escucha el informe de sus hombres en el terreno.
—La tienen, Kenji —dice, cortando la comunicación—. Intentó salir por el callejón trasero del edificio. La interceptaron a dos manzanas. Está en el coche de camino a su apartamento.
—Buen trabajo —respondo, entrando en el sedán negro que nos espera a pie de pista—. Pero no quiero que la interroguen. Quiero que la suban de nuevo a su ático.
—¿Al ático? ¿Por qué no llevarla directamente al aeropuerto? —pregunta Jax, confundido.
Miro por la ventanilla las luces borrosas de la autopista.
—Porque Elena cree que su mundo es seguro detrás de sus pantallas. Quiero que entienda que ya no hay ningún lugar en este planeta donde esté a salvo de mí. Quiero que me vea en su propio terreno, rodeada de sus máquinas muertas, y que comprenda que ahora yo soy el único que puede volver a encender la luz.
Llegamos al edificio "The Spire" en tiempo récord. El vestíbulo ha sido despejado; mis hombres controlan los ascensores. Subo en silencio, sintiendo la presión en los oídos mientras el elevador asciende al piso 42.
Cuando las puertas se abren, el pasillo está iluminado por las luces de emergencia. Jax abre la puerta del apartamento y entro. Elena está allí, sentada en su silla ergonómica, rodeada por dos de mis hombres. Tiene la mochila aún a la espalda y los ojos muy abiertos, fijos en la puerta.
Me quito los guantes de piel y los dejo sobre su escritorio, justo al lado de sus monitores apagados. Me acerco lentamente, invadiendo su espacio hasta que nuestras rodillas casi se tocan. Ella se encoge, pero no aparta la mirada. Hay una inteligencia feroz en sus ojos, una que ni siquiera el terror ha podido apagar.
—Has corrido mucho para alguien que vive detrás de un teclado, Elena —digo, inclinándome hasta que mi rostro está a centímetros del suyo—. Pero en mi mundo, no hay donde esconderse.
Extiendo la mano y, con un solo dedo, bajo la capucha de su sudadera, dejando al descubierto su rostro pálido y sus labios temblorosos.
—Ahora —susurro—, vamos a hablar de lo que has visto. Y de lo que vas a hacer para pagar por ese privilegio.
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Editado: 25.01.2026