El secreto del dragón

5 Latitudes prohibidas

_**ELENA**_

​A bordo del "Kumo Jet" | 35,000 pies de altura
​El interior del avión no se parece a nada que haya visto. No es un medio de transporte; es una extensión del poder de Kenji. Madera de nogal pulida, asientos de cuero que parecen abrazarte y un silencio absoluto que solo rompe el siseo del aire acondicionado. Me siento pequeña en el asiento de la cabina principal, todavía con mi sudadera barata, sintiéndome como un virus informático que ha logrado entrar en un sistema operativo de lujo.
​Kenji está sentado frente a mí. Se ha quitado la chaqueta del traje y ha desabrochado los dos primeros botones de su camisa de seda negra. Ahora que la iluminación es clara, no puedo evitar que mis ojos viajen por su anatomía. Siempre tuve el prejuicio —estúpido y basado en películas— de que los hombres con su herencia eran delgados o de constitución ligera. Kenji rompe ese esquema con una brutalidad física que me deja sin aliento.
​Sus hombros son anchos, poderosos, y la seda de la camisa se tensa contra sus pectorales con cada movimiento. Sus brazos, que ahora descansan sobre los reposabrazos, muestran unos antebrazos fibrosos, con venas que se dibujan bajo la piel como ríos de fuerza contenida. Es... imponente. Es una masa de músculo funcional, diseñada para la violencia pero envuelta en elegancia.
​—¿Has terminado de escanearme, Elena? —Su voz, profunda y vibrante, me saca de mis pensamientos.
​Siento que el calor me sube a las mejillas. Mi mecanismo de defensa siempre ha sido el sarcasmo, y aunque sé que es peligroso jugar con fuego frente a un lanzallamas, no puedo evitarlo.
​—Es solo que... —trago saliva, recorriendo con la mirada el ángulo perfecto de su mandíbula y sus labios carnosos pero firmes—. Nunca había visto a un asiático tan... tan cachas. En mi mundo, los hombres tienen la piel grisácea por la luz de las pantallas y el tono muscular de un malvavisco. Tú pareces esculpido en granito.
​Kenji arquea una ceja, y por un segundo, creo ver una chispa de diversión oscura en sus ojos.
​—En mi mundo, la debilidad física se paga con la vida —responde, inclinándose hacia delante—. Mi cuerpo es una herramienta de trabajo, igual que tu cerebro lo es para ti.
​No puedo dejar de mirarlo. Su rostro es una obra maestra de contrastes. Tiene rasgos afilados, casi aristocráticos, pero sus ojos son pozos negros de una frialdad absoluta. Me fijo en la pequeña cicatriz que tiene cerca de la ceja y en la forma en que su cabello oscuro, perfectamente peinado hacia atrás, brilla bajo las luces LED del jet. Es un monstruo, sí, pero es el monstruo más hermoso que he visto jamás.

​_**KENJI**_

​Espacio aéreo del Pacífico | 03:30 AM
​Observo a la mujer que tengo delante y me pregunto en qué momento exacto mi instinto decidió que era mejor conservarla que eliminarla. Elena es... diferente a las mujeres que suelen orbitar mi mundo. No tiene la sofisticación gélida de Hana ni la arrogancia heredada de las hijas de los clanes.
​Es morena, con una melena oscura que cae desordenada sobre sus hombros, dándole un aire salvaje y vulnerable a la vez. Su piel es pálida, casi translúcida, el resultado de años de reclusión voluntaria tras sus monitores, pero esa palidez hace que sus ojos resalten como dos faros en medio de la tormenta. Es delgada, con una constitución que parece frágil, pero hay una tensión en su postura, una forma de sostenerse a sí misma que me indica que tiene una espina dorsal de titanio.
​Me gusta cómo me mira. No es la mirada de terror puro que recibo de mis subordinados, ni la mirada depredadora de Hana. Elena me mira con una curiosidad analítica, como si estuviera intentando descifrar el código de mi existencia.
​—Me analizas como si fueras a escribir un programa sobre mí —le digo, disfrutando de cómo el rubor se extiende por su cuello blanco—. Pero ten cuidado. Algunos archivos están protegidos por algo más que contraseñas.
​—Ya me he dado cuenta —responde ella en un susurro.
​Sus labios son finos pero muy expresivos, y ahora mismo están ligeramente entreabiertos. Me fijo en sus manos; son manos de pianista o de cirujano, con dedos largos y ágiles que imagino volando sobre un teclado. O sobre mi piel.
​Ese pensamiento me golpea con una fuerza inesperada. Aparto la mirada y tomo un sorbo de mi whisky, dejando que el líquido me queme la garganta. No debería desearla. Es una prisionera, un activo, una amenaza potencial. Pero hay algo en la forma en que su cuerpo menudo ocupa el espacio de mi jet que me resulta irritante y adictivo al mismo tiempo.
​—Vas a necesitar ropa nueva —sentencio, cambiando de tema para recuperar el control de la conversación—. En la villa no vestimos como si estuviéramos escondidos en un sótano.
​—Me gusta mi sudadera —replica ella, recuperando un poco de su fuego—. Es mi armadura.
​—Tu armadura ahora soy yo, Elena —la corto, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco—. Y yo decido qué escudo vas a usar. A partir de ahora, cada centímetro de lo que eres, desde tu ropa hasta el aire que respiras, me pertenece. Acostúmbrate a esa idea antes de que aterricemos.
​Ella se queda en silencio, mirándome con esa mezcla de odio y fascinación que me indica que esta será la partida de ajedrez más interesante de mi vida. Jax entra en la cabina para avisar de que iniciamos el descenso hacia California, y por la forma en que Elena se tensa al verlo, sé que el miedo sigue ahí, pero la chispa que hemos encendido entre los dos es mucho más peligrosa que cualquier amenaza de muerte.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.