**_ELENA_**
Malibú, California | Villa Kumo | 05:00 AM
Si Seattle era un susurro gris, California es un grito de colores incluso antes de que salga el sol. El trayecto desde el aeródromo privado hasta la costa de Malibú lo hice en un silencio sepulcral, observando a través de los cristales tintados del SUV cómo el paisaje se transformaba en acantilados salvajes y palmeras que se mecían contra un cielo que empezaba a teñirse de violeta y naranja.
Cuando las puertas automáticas de la propiedad se abrieron, contuve el aliento. La Villa Kumo —"Nube"— no era una casa, era una declaración de guerra contra la mediocridad. Situada justo en el borde de un acantilado, la construcción mezclaba el minimalismo japonés de líneas puras con pabellones de madera tradicional que parecían flotar sobre el Pacífico.
—Es... —empecé a decir, pero la palabra se me atascó en la garganta.
—Es tu nueva realidad —completó Kenji. Su voz a mi lado era tan firme como la piedra.
Bajamos del coche y el olor a salitre y jazmín me inundó. Antes de que pudiera procesar la magnitud del jardín zen que rodeaba la entrada, una figura joven y vibrante salió disparada por la puerta principal de madera tallada.
—¡Por fin habéis llegado! —gritó una chica que parecía un rayo de sol en medio de tanta solemnidad.
Se detuvo frente a nosotros. Era preciosa, con una energía que contrastaba violentamente con la frialdad de su hermano. Vestía unos pantalones de seda anchos y un top corto, y su sonrisa era genuina, algo que no esperaba encontrar en este nido de dragones.
—Tú debes de ser Elena —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, me tomó de las manos. Sus dedos estaban cálidos—. Soy Akemi. Mi hermano me dijo que vendrías, pero no me dijo que eras tan joven. ¡Y tienes un pelo increíble! Aunque pareces agotada, pobre.
Miré a Kenji por el rabillo del ojo. Su expresión era ilegible, pero noté una ligera relajación en su mandíbula.
—Akemi, no la agobies —dijo Kenji, aunque su tono era extrañamente suave comparado con el que usaba conmigo—. Elena no es una invitada a una fiesta de pijamas.
—Oh, cállate, Kenji. La tienes encerrada en ese avión horas y ahora pretendes que no la salude —Akemi me guiñó un ojo y me dio un apretoncito en las manos—. Estoy tan feliz de que estés aquí. Mi hermano no me deja salir casi nunca, dice que es "peligroso", así que básicamente vivo en una prisión de cinco estrellas. Tener a alguien de mi edad aquí... Dios, vamos a ser grandes amigas, lo presiento.
Me quedé desarmada. Había esperado guardias con fusiles y celdas de alta tecnología, no a una chica amable que me miraba como si yo fuera su salvación contra el aburrimiento.
—Hola, Akemi —logré decir, forzando una sonrisa—. Gracias por la bienvenida.
—¡Ven! Te enseñaré tu habitación —dijo ella, tirando de mi brazo.
_**KENJI**_
Observo cómo Akemi arrastra a Elena hacia el interior de la villa. Mi hermana siempre ha tenido esa capacidad de desarmar a cualquiera con su entusiasmo, y por una vez, me alegra que sea así. Elena necesita un anclaje, algo que no sea solo el miedo que me tiene a mí, si quiero que su mente siga siendo productiva.
Jax se coloca a mi lado mientras vemos a las dos mujeres desaparecer por el pasillo principal.
—Akemi parece encantada —comenta Jax con un tono neutro, pero noto cómo sus ojos siguen la estela de mi hermana durante un segundo de más.
—Akemi se siente sola —respondo, empezando a caminar hacia el interior—. Pero que no se confunda. Elena está aquí bajo supervisión.
Entramos en la zona privada de la casa. He tomado una decisión que sé que será un foco de tensión, pero es la única forma de garantizar el control absoluto.
—He mandado instalar a Elena en el pabellón este —digo mientras subimos las escaleras de madera de teca—. En la habitación contigua a la mía.
Jax se detiene un momento, sorprendido.
—Eso es muy cerca, Kenji. Normalmente los invitados, o los... empleados, se quedan en el ala de invitados, al otro lado del jardín.
—Elena no es una invitada ni una empleada común —replico, girándome para mirarlo—. Es un activo de seguridad nacional y personal. Quiero oír su respiración a través de la pared. Quiero saber si se levanta por la noche, si intenta encender un dispositivo o si simplemente llora. No voy a darle ni un centímetro de privacidad que no pueda monitorizar.
Llegamos a la planta superior. Akemi ya está abriendo la puerta de la habitación de Elena. Me quedo en el umbral, observando la reacción de la hacker.
El dormitorio es inmenso. Una cama de plataforma baja frente a un ventanal que ocupa toda la pared y que da directamente al océano. El suelo es de tatami suave y las paredes están decoradas con caligrafía japonesa antigua. Es una jaula de seda, pero sigue siendo una jaula.
Elena camina hacia el ventanal, hipnotizada por las olas que rompen contra las rocas cien metros más abajo. Se quita la capucha de su sudadera y, bajo la luz del amanecer, su perfil parece de porcelana. Es delgada, casi etérea frente a la inmensidad del mar.
—Es... precioso —susurra ella, sin girarse.
—Hay una puerta comunicante allí —digo, señalando la pared de madera deslizante a la derecha—. Conecta directamente con mi despacho y mi dormitorio. Estará cerrada por mi lado, pero recuerda, Elena: en esta casa, el silencio es un privilegio que yo concedo. Si intentas manipular cualquier sistema, si intentas contactar con el exterior... lo sabré antes de que pulses la tecla.
Ella se gira, y la calidez que Akemi le había dado se evapora, reemplazada por esa mirada analítica que tanto me irrita y me atrae. Mira mi cuerpo, luego la puerta comunicante, y finalmente mis ojos.
—¿Me quieres tan cerca porque no te fías de tus hombres, o porque tienes miedo de que desaparezca si dejas de mirarme un segundo? —pregunta con una audacia que hace que Jax contenga el aliento.
Me acerco a ella, ignorando a los demás, hasta que quedamos a solas en nuestro propio círculo de tensión. La diferencia de tamaño entre nosotros es ridícula; ella me llega apenas al pecho, pero su mirada no baja.
—Te quiero cerca porque ahora eres mi propiedad —le susurro al oído, dejando que mi aliento roce su piel pálida—. Y me gusta vigilar mis tesoros personalmente.
Me retiro sin esperar respuesta.
—Akemi, asegúrate de que se bañe y coma algo. Mañana empieza su nueva vida.
Salgo de la habitación sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Sé que tenerla en la habitación de al lado va a ser un tormento, no solo para ella, sino para el control que tanto me esfuerzo en mantener. Pero mientras cruzo el umbral de mi propio cuarto, me doy cuenta de que ya no puedo imaginarla en ningún otro lugar que no sea bajo mi mando.
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Editado: 25.01.2026