El secreto del dragón

7 El peso de las miradas

_**ELENA**_

​Villa Kumo | 19:30 PM
​Había pasado la mayor parte del día encerrada en la habitación, observando cómo el sol recorría el cielo de California hasta empezar a sumergirse en el Pacífico. Akemi había intentado entrar un par de veces con vestidos de seda y conjuntos que costaban más que mi servidor principal, pero me negué en redondo. No iba a permitir que me convirtieran en una muñeca de porcelana para su colección.
​Cuando la puerta volvió a sonar, me puse de pie, ajustándome los cordones de mis zapatillas.
​—Elena, es la hora de la cena. Kenji no es de los que esperan —dijo la voz de Akemi a través de la madera.
​Abrí la puerta. Akemi estaba espectacular con un vestido corto de diseño, pero se quedó boquiabierta al verme. Seguía con mis vaqueros desgastados, mi camiseta gris de una vieja conferencia de seguridad y mi sudadera negra de capucha. Era mi uniforme, mi piel de combate.
​—¿Vas a bajar... así? —preguntó Akemi, parpadeando—. Kenji te ha enviado tres cajas de ropa de boutique.
​—Si quiere que cene con él, tendrá que aceptar a la Elena que contrató, no a una versión de Barbie-Yakuza —respondí con una firmeza que ni yo sabía que tenía.
​Bajamos al comedor principal. La mesa era una pieza sólida de nogal que parecía un altar. Kenji ya estaba allí, sentado en la cabecera, con una camisa blanca impecable cuyas mangas había remangado, dejando a la vista los potentes músculos de sus antebrazos y el inicio de los tatuajes que trepaban por su muñeca. A su lado, Jax mantenía su habitual postura rígida, aunque su mirada se desvió un segundo hacia Akemi antes de volver a fijarse en el vacío.
​Al entrar, el silencio se volvió denso. Kenji levantó la vista y sus ojos oscuros recorrieron mi sudadera con una lentitud que me hizo sentir más desnuda que si llevara seda.
​—Te he proporcionado ropa adecuada, Elena —dijo Kenji. Su voz era un rugido bajo, peligroso—. En esta mesa hay un estándar que mantener.
​—Yo no he pedido estar en esta mesa, Kenji —repliqué, sentándome frente a Jax sin esperar a que me invitaran—. Me habéis traído aquí por mi cerebro. Mi cerebro funciona igual con algodón que con seda. Si no te gusta mi ropa, puedes dejarme cenar en mi habitación. Sola.
​Jax soltó una pequeña risa nasal, una mezcla de sorpresa y respeto, pero la cortó de inmediato cuando Kenji le lanzó una mirada fulminante. Kenji volvió a fijar su atención en mí. Me escrutó durante lo que parecieron siglos, y por un momento creí que me ordenaría subir a cambiarme a rastras.
​—Siéntate, Akemi —ordenó Kenji finalmente, sin apartar la vista de mí—. Parece que nuestra hacker tiene una voluntad que iguala su arrogancia. Cenaremos así. Por ahora.

​_**KENJI**_

​La audacia de esta mujer es un veneno que se me está filtrando en la sangre. Nadie, absolutamente nadie, se atrevería a presentarse en mi mesa vestida como si fuera a limpiar un sótano. Pero ahí está ella, envuelta en esa sudadera holgada que oculta su cuerpo delgado, mirándome como si yo fuera el que está fuera de lugar.
​Me irrita. Y me excita de una forma que me cuesta procesar.
​—Jax —dije, tratando de centrarme en los negocios mientras el servicio servía el sashimi—. ¿Cómo va la encriptación de las rutas de la semana que viene?
​—Estamos en ello, pero los servidores de Hong Kong están dando problemas de latencia —respondió Jax. Su voz era profesional, pero noté cómo evitaba mirar a Akemi, que estaba sentada justo a su lado.
​—Puedo arreglarlo —intervino Elena mientras pinchaba un trozo de atún con los palillos (sorprendentemente bien, para ser extranjera)—. El problema de latencia de Hong Kong no es por la distancia, es por el tipo de túnel VPN que estáis usando. Es obsoleto. Si me dais acceso mañana, puedo reducir la latencia a la mitad.
​Me detuve con la copa de sake a medio camino de los labios.
—Mañana tendrás tu equipo. Pero recuerda las condiciones, Elena. Un solo intento de enviar un paquete de datos fuera de mi red y Jax se encargará de que no vuelvas a ver una pantalla.
​—Lo sé, Kenji. Me lo has recordado unas veinte veces desde Seattle —respondió ella, y me miró fijamente.
​Sus ojos brillaban bajo la luz de la lámpara. Eran inteligentes, desafiantes. Me fijé en su cuello, que asomaba por el borde de la sudadera; era largo y pálido, una invitación silenciosa. Mis dedos picaron por la necesidad de rodearlo, de sentir su pulso acelerarse bajo mi mando.
​—Jax —llamó Akemi, tratando de romper la tensión entre Elena y yo—. Me habías dicho que hoy veríamos lo de la seguridad de mi sistema de navegación.
​Jax se aclaró la garganta, visiblemente incómodo.
—Lo siento, Akemi. Tengo que supervisar el despliegue del perímetro de la villa esta noche. Quizás en otro momento.
​La decepción en el rostro de mi hermana fue evidente. Elena también lo notó; vi cómo sus ojos viajaban de Akemi a Jax con una rapidez analítica. Ella ya estaba hackeando las relaciones de esta casa antes incluso de tocar un teclado.
​—Yo puedo ayudarte con eso, Akemi —dijo Elena con suavidad—. Si Kenji me permite un dispositivo sin conexión a red, claro.
​Miré a Elena. Estaba intentando crear una alianza. Estaba intentando encontrar una grieta en mi fortaleza a través de mi hermana.
​—Mañana será un día largo para todos —sentencié, dando por terminada la cena—. Elena, a tu habitación. Jax, conmigo al despacho.
​Elena se levantó, ajustándose la sudadera una vez más. Me di cuenta de que, a pesar de su ropa deportiva y su aspecto desaliñado, tenía una elegancia natural, una forma de moverse que gritaba que no pertenecía a nadie.
​—Buenas noches, Kenji —dijo ella al pasar por mi lado.
​Su aroma —una mezcla de vainilla y algo eléctrico, como el ozono antes de una tormenta— me golpeó los sentidos. Esperé hasta que oí sus pasos subir las escaleras antes de levantarme.
​—Esa chica va a ser un problema —murmuró Jax cuando nos quedamos solos.
​—Esa chica ya es un problema, Jax —respondí, mirando hacia la planta superior—. Pero es un problema que no pienso compartir con nadie.




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