El secreto del dragón

8 El filo de la cortesía

_**ELENA**_

​Villa Kumo | 10:00 AM
​Me desperté con el sonido de las olas y una luz dorada que inundaba la habitación. No había terminado de desperezarme cuando la puerta se abrió de par en par. Akemi entró seguida por dos empleados que cargaban bolsas de papel de seda de marcas que yo solo conocía por haber hackeado sus bases de datos de clientes VIP.
​—¡Buenos días, dormilona! —exclamó Akemi, saltando sobre el borde de mi cama—. He pasado la mañana de compras virtuales. Si no quieres vestirte como una muñeca, no te obligaré, pero al menos deja de usar esa sudadera que parece que la has robado de un contenedor.
​Empezó a sacar ropa con un entusiasmo contagioso. No eran vestidos, sino ropa deportiva de altísima gama. Mallas de compresión en colores oscuros que se sentían como una segunda piel, sudaderas de algodón orgánico con cortes modernos que marcaban la figura sin ser vulgares, y cajas de zapatillas de deporte de edición limitada.
​—Pruébate esto —me ordenó, lanzándome un conjunto gris carbón.
​Me cambié en el baño. Las mallas se ajustaban a mis piernas de una forma que nunca me habría atrevido a usar, y la sudadera, aunque cómoda, dejaba claro que debajo había curvas que solía esconder. Al salir, Akemi dio una palmada de aprobación.
​—¡Mucho mejor! Ahora pareces una hacker de élite y no una estudiante en exámenes finales. Vamos, he pedido que nos sirvan el almuerzo en la terraza.
​Nos sentamos al aire libre, frente al azul infinito del Pacífico. Por un momento, entre ensaladas de quinoa y zumos naturales, olvidé que era una prisionera. Hablamos de música, de lo mucho que echaba de menos los conciertos en Seattle y de lo difícil que era para ella vivir bajo la sombra de un hermano tan sobreprotector.
​—Kenji es... intenso —dijo Akemi, jugueteando con su tenedor—. Cree que el mundo es un lugar oscuro porque él vive en la oscuridad. Pero tenerte aquí me hace sentir que hay algo de luz en esta casa.
​Estaba a punto de responderle cuando una voz gélida, como un cristal rompiéndose, nos interrumpió desde el umbral de la terraza.
​—Veo que la disciplina en esta casa se ha relajado considerablemente, Akemi.

​_**KENJI**_

​Hana ha llegado sin previo aviso, algo que en mi mundo suele interpretarse como un desafío. Camina por la villa con la seguridad de quien cree que todavía tiene un lugar en mi cama y en mis decisiones. Viste un traje sastre rojo que grita poder, pero su mirada se clava de inmediato en la terraza, donde Elena y Akemi ríen.
​—¿Quién es ella? —preguntó Hana, deteniéndose a mi lado. Sus ojos se entrecerraron al ver a Elena.
​—Una nueva incorporación a mi equipo tecnológico —respondí con voz plana, dándole un sorbo a mi café—. Es brillante.
​—Parece una niña que se ha perdido de camino al gimnasio —escupió Hana con desdén—. ¿Desde cuándo Tanaka recluta personal en las universidades de segunda?
​Caminamos hacia la terraza. Elena se puso de pie en cuanto nos vio. Con la nueva ropa que le había comprado Akemi, se veía diferente; las mallas acentuaban la longitud de sus piernas y la sudadera entallada revelaba la elegancia de su cuello. Se veía joven, fresca y peligrosamente atractiva.
​—Elena —dije, captando su atención—. Ella es Hana, una socia comercial.
​Hana dio un paso al frente, barriendo a Elena con una mirada cargada de veneno.
—Vaya, Kenji. No sabía que ahora dabas refugio a... esto. Dime, querida, ¿qué podrías ofrecerle tú a un hombre como él que no pueda ofrecerle una mujer de verdad? ¿Sabes siquiera distinguir un servidor de un juguete?
​Elena no se inmutó. Al contrario, vi cómo sus labios se curvaban en una sonrisa idéntica a la de Hana: perfecta, brillante y completamente falsa.
​—Es un placer, Hana —dijo Elena con una voz aterciopelada—. Supongo que Kenji me tiene aquí porque yo me encargo de lo que es invisible pero vital. A diferencia de otros activos que son puramente... decorativos, mi valor reside en que entiendo los sistemas que otros ni siquiera saben que existen. Pero gracias por tu preocupación, estoy segura de que tu opinión sobre estética es muy valorada en sectores menos... intelectuales.
​Hana se tensó tanto que creí que le saltarían las costuras del traje. Elena no había bajado la mirada ni un segundo; se mantenía firme, con una educación exquisita que escondía un insulto letal.
​—Es una chica valiente —dijo Hana, volviéndose hacia mí con una risa forzada—. Espero que su código sea mejor que sus modales, Kenji. Sería una lástima que tuviera que ser reemplazada tan pronto.
​—Ella no es reemplazable —sentencié, y el silencio que siguió fue absoluto—. Akemi, lleva a Elena adentro. Hana y yo tenemos negocios que tratar.
​Vi a Elena girarse con una elegancia que me dejó sin habla. Antes de entrar, me lanzó una última mirada, una mezcla de triunfo y complicidad que me revolvió las entrañas.
​Hana es una aliada necesaria, pero mientras la observaba quejarse de los nuevos protocolos, mi mente seguía en la terraza, pensando en la forma en que Elena había defendido su lugar en mi mundo. No solo era inteligente con los ordenadores; era una guerrera silenciosa. Y eso la hacía mil veces más peligrosa para mi autocontrol de lo que Hana jamás llegaría a ser.




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