**_ELENA_**
Villa Kumo | Sala de Operaciones | 11:30 AM
Kenji había cumplido su palabra. Tras el almuerzo con Akemi, me escoltó hasta una sala acristalada en el ala oeste. No era un despacho común; era un búnker de cristal con servidores refrigerados por nitrógeno y una conexión por satélite dedicada que haría llorar de envidia a cualquier ingeniero de la NASA.
—Tu nuevo santuario —dijo él, apoyado contra el marco de la puerta—. No hay cámaras dentro, pero cada bit que entre o salga será analizado por mi cortafuegos personal. Si intentas enviar un mensaje de auxilio, la habitación se sellará automáticamente.
—Me conoces poco si crees que usaría un canal tan obvio para escapar —respondí, sentándome en la silla ergonómica de cuero negro. El tacto del teclado mecánico bajo mis dedos me devolvió una seguridad que no sentía desde Seattle.
Pasé las siguientes cinco horas sumergida en el código de las Tríadas de Hong Kong. La ropa nueva de Akemi —las mallas oscuras y la sudadera de algodón fino— me permitía moverme con libertad, cruzando las piernas en el asiento mientras rastreaba la fuga de datos que tanto preocupaba a Kenji. No era una simple latencia; era un leeching inteligente. Alguien estaba drenando micro-transacciones de sus cuentas de blanqueo.
De repente, la puerta se deslizó. No era Kenji. Era Hana.
Caminaba con el paso lento de un depredador que marca su territorio, haciendo resonar sus tacones de aguja contra el suelo de mármol. Se detuvo justo detrás de mí, observando las cascadas de código verde en mis monitores.
—Sigues aquí —dijo con voz gélida—. Pensé que alguien con tu... "talento" ya se habría aburrido de jugar a las oficinas.
—El trabajo de verdad nunca es aburrido, Hana —respondí sin apartar la vista de la pantalla—. Aunque entiendo que para alguien acostumbrada a que otros hagan el trabajo sucio por ella, esto parezca confuso.
Hana se inclinó, apoyando una mano sobre mi escritorio. El olor de su perfume, caro y sofocante, invadió mi espacio.
—No te confundas, niñita. Kenji te tiene aquí como quien tiene un juguete nuevo. Pero los juguetes se rompen, o se pierden. Y en esta casa, las cosas que dejan de ser útiles terminan en el fondo del acantilado.
En ese momento, Kenji entró en la sala. Su mirada viajó de la mano de Hana sobre mi mesa a mis ojos. La tensión en la habitación subió de golpe.
—Hana, ¿qué haces aquí? —La voz de Kenji era un trueno contenido.
—Solo le explicaba a tu empleada las jerarquías de esta organización —respondió ella, enderezándose con una sonrisa perfecta—. No queremos que se olvide de quién es quién.
Ignoré a Hana y giré mi silla para mirar a Kenji de frente.
—Kenji, olvida las jerarquías. He encontrado el problema. No es un error de los servidores de Hong Kong. Es un caballo de Troya instalado desde dentro. Alguien en tu círculo cercano está desviando el 2% de cada transacción a una cuenta puente en Singapur.
Kenji se tensó. Vi cómo sus músculos se marcaban bajo la camisa, sus hombros ensanchándose mientras se acercaba al monitor.
—¿Puedes probarlo?
—Dame diez segundos.
Mis dedos volaron sobre el teclado. Ejecuté un trace-back agresivo que había estado preparando en secreto. En la pantalla principal apareció una dirección IP. No era de Hong Kong. El origen de la última modificación del código estaba dentro de la propia Villa Kumo.
—La señal viene de la terminal de invitados —dije, mirando fijamente a Hana—. La que se usó anoche, a las tres de la mañana.
_**KENJI**_
El silencio en la sala de operaciones era tan afilado que podía cortarse. Miré la pantalla y luego a Hana. La palidez que cubrió el rostro de la mujer confirmó lo que Elena acababa de exponer.
Elena acababa de hacer algo que nadie en mi organización había logrado: encontrar una grieta en la lealtad de Hana. No era solo inteligencia; era una declaración de utilidad. Elena me estaba entregando la cabeza de una de mis socias más poderosas en una bandeja de plata digital.
—Sal de aquí, Hana —dije con una calma que hizo que incluso Jax, que esperaba en el pasillo, se pusiera en guardia.
—Kenji, ella miente, ha manipulado los datos para...
—¡He dicho que salgas! —rugí.
Hana retrocedió, sus ojos chispeando de odio hacia Elena antes de salir de la sala casi a la carrera. Me quedé a solas con la hacker. El zumbido de los servidores era lo único que nos rodeaba.
Me acerqué a Elena. Estaba sentada, pequeña pero imponente entre sus monitores, con su ropa sport gris que la hacía parecer una sombra moderna. Puse mis manos sobre la mesa, rodeándola. La cercanía era embriagadora. Podía ver cómo su pecho subía y bajaba rápidamente bajo la sudadera entallada.
—¿Sabes lo que acabas de hacer? —le pregunté, bajando la voz hasta que fue solo para ella.
—He hecho mi trabajo —respondió, aunque sus ojos buscaban los míos con una mezcla de desafío y miedo—. Me pediste que encontrara el error. Ahí lo tienes.
—Has hecho más que eso. Me has demostrado que eres más leal a un hombre que te tiene prisionera que mis propios aliados de sangre —deslicé mi mano por la mesa hasta que mis dedos rozaron los suyos—. Me has dado una razón para confiar en ti, Elena. Y eso es lo más peligroso que podías haberme entregado.
Ella no apartó la mano. Sus dedos eran largos y pálidos contra la madera oscura, y por un momento, la tensión profesional se transformó en algo mucho más carnal, más denso. El deseo de reclamar su boca, de marcarla como mía delante de todo el mundo, era casi insoportable.
—¿Por qué es peligroso? —susurró ella, casi sin aliento.
—Porque ahora —dije, inclinándome hasta que mi aliento rozó su mejilla—, nunca dejaré que te vayas. No después de saber que eres la única capaz de ver lo que yo no veo.
Me alejé antes de perder el control.
—Jax te llevará la cena aquí mismo. No quiero que salgas de esta sala hasta que hayamos purgado el sistema. Y Elena... —me detuve en la puerta—. Gracias.
Vi cómo se quedaba allí, procesando mis palabras, mientras yo salía para lidiar con la traición de Hana. Pero por primera vez, mi mente no estaba en el negocio, sino en la mujer morena y delgada que acababa de salvar mi imperio desde una silla de cuero.
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Editado: 25.01.2026