El secreto del dragón

10 El precio de la jaula

_**ELENA**_

​Villa Kumo | 23:45 PM

​"Nunca dejaré que te vayas".
​Las palabras de Kenji se repetían en mi cabeza como un virus informático en bucle, infectando cada uno de mis pensamientos. No era una promesa romántica; era una sentencia. Él no me veía como a una mujer, sino como a un algoritmo de seguridad perfecto que no estaba dispuesto a perder.
​El pánico, que había logrado mantener a raya durante el día trabajando, regresó con una fuerza devastadora en cuanto me quedé sola en mi habitación. Miré la puerta comunicante que me separaba de su dormitorio. Era una barrera física, pero psicológicamente era inexistente. Podía sentir su presencia al otro lado, reclamando mi aire, mi libertad, mi futuro.
​—No voy a ser tu mascota, Kenji —susurré hacia la oscuridad.
​Me quité las zapatillas que me había dado Akemi y me puse unos calcetines gruesos para no hacer ruido. Me mantuve con las mallas oscuras y la sudadera entallada; era la ropa perfecta para moverme en las sombras. No podía llevarme mi portátil, sería como llevar un rastreador GPS encendido, así que solo cogí el fajo de billetes que aún conservaba en el bolsillo oculto de mi sudadera.
​Abrí la puerta del balcón con una lentitud agónica. El viento del Pacífico entró frío y cargado de salitre, despejándome la mente. No podía salir por la puerta principal, pero había observado que el jardín zen de la planta baja tenía un muro de piedra que conectaba con el acantilado, y de ahí salía un sendero de mantenimiento que bajaba hacia la playa privada.
​Si lograba llegar a la carretera de la costa, quizás podría interceptar a algún conductor o caminar hasta un área con cobertura suficiente para hackear un sistema de transporte compartido desde un teléfono que pensaba robar en la cocina.
​Salí al balcón y, agarrándome a la barandilla de madera, salté hacia la cornisa del piso inferior. Mis dedos se clavaron en la piedra, el corazón martilleando contra mis costillas. Un resbalón y el océano se tragaría mis restos. Con un esfuerzo que hizo que mis músculos gritaran, logré descolgarme hasta el jardín.
​Pies en la arena. Silencio absoluto.
​Empecé a correr agachada, ocultándome tras los arbustos de bambú, en dirección al muro perimetral. Estaba a solo diez metros de la libertad cuando una luz potente se encendió de golpe, bañando el jardín en una claridad artificial y cegadora.

​_**KENJI**_

​Estaba sentado en mi despacho, a oscuras, con la puerta comunicante entreabierta. No necesitaba dormir; necesitaba procesar la traición de Hana y la extraña lealtad de Elena. Pero entonces, escuché el clic metálico del cierre del balcón contiguo.
​No me moví. Esperé a que mis sensores térmicos en el jardín me confirmaran lo que mi instinto ya sabía: Elena estaba intentando huir.
​La vi a través de la ventana. Se movía con una agilidad sorprendente, su silueta delgada y vestida de oscuro fundiéndose con las sombras. Por un momento, admiré su valor. Estaba dispuesta a arriesgarse a una caída mortal por el acantilado antes que aceptar mi protección. Pero la admiración se convirtió rápidamente en una furia gélida. Le había dado confianza, le había dado las gracias, y ella me respondía con una huida nocturna.
​Bajé al jardín antes de que llegara al muro. Jax ya estaba allí, con la mano en la linterna táctica, pero le hice una señal para que se detuviera. Quería ser yo quien la detuviera.
​Encendí los focos del perímetro con mi teléfono.
​—Es un camino muy largo hasta la carretera principal, Elena —dije, saliendo de entre las sombras del pabellón de té.
​Ella se detuvo en seco, dándose la vuelta con la respiración entrecortada. El pelo le caía sobre la cara, desordenado por el viento, y sus ojos estaban dilatados por el terror y la adrenalina. Se veía hermosa y desesperada, como un pájaro que acaba de chocar contra el cristal.
​—¡Déjame ir! —gritó, su voz compitiendo con el rugido de las olas—. Dijiste que no me dejarías ir nunca. ¡Eso no es protección, es un secuestro!
​Me acerqué a ella con pasos lentos y pesados. Cada uno de mis músculos estaba en tensión, mi cuerpo proyectando una sombra inmensa sobre ella. Cuando llegué a su altura, no retrocedió, aunque temblaba de pies a cabeza.
​—Te dije que el mundo exterior es peligroso para ti ahora —dije, mi voz apenas un susurro por encima del viento—. ¿Qué crees que pasará si Hana te encuentra antes que yo? ¿O si las Tríadas rastrean el origen de la purga que hiciste hoy? No durarías una hora ahí fuera.
​—¡Prefiero arriesgarme a eso que ser tuya! —escupió ella.
​Esa frase rompió el último hilo de mi paciencia. La agarré por los brazos, no con fuerza suficiente para herirla, pero sí para dejarle claro que no tenía escapatoria. La pegué a mi pecho, obligándola a sentir la dureza de mis músculos y el calor que emanaba de mi cuerpo.
​—Mírame —le ordené, obligándola a levantar la barbilla—. No me importa lo que prefieras. Te salvé la vida en Seattle y hoy has salvado mi imperio. Ahora estamos vinculados, Elena. Por la sangre y por el código.
​La acerqué más, sintiendo cómo sus mallas se pegaban a mis piernas y cómo su respiración golpeaba mi cuello. El deseo y la furia eran una mezcla explosiva en mi pecho.
​—Si vuelves a intentar escapar —susurré contra sus labios, tan cerca que podía sentir su temblor—, te encerraré en esa sala de operaciones y yo mismo seré quien te lleve la comida a la boca. No juegues conmigo. No soy un hombre que acepte un "no" por respuesta.
​La solté de golpe, y ella cayó de rodillas sobre la arena fina del jardín zen, derrotada por la realidad de su situación. Me giré hacia Jax, que observaba desde la distancia.
​—Llévala arriba. Y Jax... clava esa puerta comunicante por fuera. Si quiere estar cerca de mí, lo estará, pero en mis términos.




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