El secreto del dragón

11 El sabor de la sustitución

​_**ELENA**_

​Villa Kumo | 09:00 AM

​Me desperté con el sonido de un martillo golpeando metal. El recuerdo de la noche anterior me golpeó con la misma fuerza: el frío del jardín, la presión de las manos de Kenji sobre mis brazos y la humillación de ser arrastrada de vuelta a mi habitación.
​Me levanté de la cama y caminé hacia la puerta comunicante que daba al dormitorio de Kenji. Intenté girar el pomo, pero no cedió ni un milímetro. Había sido sellada, tal como él ordenó. Estaba atrapada en un espacio de lujo, rodeada de las mallas y sudaderas que Akemi me había comprado, pero que ahora sentía como un uniforme de prisionera.
​—¡Kenji! —grité, golpeando la madera con el puño—. ¡No puedes dejarme aquí encerrada!
​Silencio. Ni siquiera el ruido de sus pasos al otro lado. Me dejé caer al suelo, apoyando la espalda contra la puerta fría. Mi mente, mi mejor herramienta, estaba empezando a traicionarme, llenándose de imágenes de su rostro a escasos centímetros del mío y del calor de su cuerpo contra el mío en medio de la noche. Lo odiaba. Odiaba que, incluso en mi terror, una parte de mí hubiera reaccionado a su cercanía.
​Un pequeño clic en la puerta del pasillo me puso en alerta. Un empleado deslizó una bandeja con desayuno por una trampilla en la base de la puerta que no había notado antes. Fruta fresca, yogur y café humeante.
​—No voy a comer —susurré, aunque sabía que nadie me escuchaba—. No soy tu animal de compañía, Kenji.
​Me abracé las rodillas, hundiendo la cara en la sudadera gris. La soledad de Seattle era un paraíso comparada con esta cautividad dorada.

​_**KENJI**_

​El gimnasio de la villa estaba empapado en el olor de mi propio esfuerzo. Llevaba dos horas golpeando el saco de boxeo, dejando que mis nudillos se resintieran bajo las vendas. Cada golpe era para Elena. Por su huida. Por su insolencia. Por la forma en que su cuerpo se había amoldado al mío antes de que la soltara en la arena.
​—Tienes una visita, Kenji —la voz de Jax me sacó de mi trance.
​Me quité las vendas con los dientes, respirando agitadamente.
—No estoy de humor para Hana.
​—No es Hana. Es Naomi. Acaba de aterrizar de Tokio.
​Me detuve. Naomi. Habíamos crecido juntos en los círculos de la Yakuza; era la hija de uno de los consejeros de mi padre. Una mujer que entendía las reglas, que no hacía preguntas y que sabía exactamente cuál era su lugar. Exactamente lo opuesto a la tormenta de rebeldía que tenía encerrada en la planta de arriba.
​—Dile que se prepare. Cenaremos en el pabellón privado a las ocho —dije, secándome el sudor con una toalla—. Solo nosotros dos.
​El día pasó con una lentitud irritante. Revisé informes, hablé con mis contactos en Osaka y evité pasar por el pasillo del ala este. No quería oír a Elena gritar, ni quería la tentación de abrir esa puerta. Necesitaba orden. Necesitaba volver a lo que conocía.
​A las ocho, Naomi me esperaba en el pabellón. Vestía un kimono de seda moderna, oscuro y elegante, que resaltaba su belleza clásica asiática. La cena fue impecable: sake premium, conversación sobre política de clanes y una calma que debería haberme relajado.
​Pero mientras Naomi hablaba, mi mente volvía a la hacker. Imaginaba a Elena en sus mallas ajustadas, con su pelo desordenado y su lengua afilada. Naomi era predecible; Elena era un caos de datos y emociones.
​—Pareces distraído, Kenji —dijo Naomi, acercándose a mí una vez terminada la cena. Su mano, suave y perfectamente manicurada, se posó en mi hombro—. ¿Es por el negocio en Seattle?
​—Es solo cansancio —mentí, girándome hacia ella.
​La tomé por la cintura y la besé. Fue un beso técnico, familiar. Naomi respondió con la maestría de quien sabe cómo complacer a un hombre como yo. La llevé hacia mi dormitorio principal, el que estaba justo al lado de la celda de Elena.
​Mientras mis manos recorrían el cuerpo de Naomi y la ropa caía al suelo, me aseguré de que no hubiera silencio. Quería que, si Elena estaba escuchando a través de la pared, supiera que ella no era indispensable. Que su resistencia no significaba nada para mí.
​Mantuve relaciones con Naomi con una intensidad casi violenta, una descarga de la frustración que Elena había sembrado en mí. Pero incluso cuando Naomi gritaba mi nombre y sus uñas se clavaban en mi espalda tatuada, mis ojos permanecían fijos en la puerta comunicante sellada.
​En mi mente, no era el cuerpo de Naomi el que estaba bajo el mío. Eran los ojos oscuros y desafiantes de Elena los que buscaba en la oscuridad. Había tenido a la mujer que quería estar conmigo, pero mi cuerpo solo ansiaba a la que quería huir.




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