_**ELENA**_
Villa Kumo | 08:30 AM
No había pegado ojo. Las paredes de la villa, que antes me parecían un refugio de diseño, se habían convertido en cajas de resonancia. A través de la puerta sellada, los sonidos de la noche me habían golpeado con más fuerza que cualquier amenaza física de Kenji. Escuché las risas bajas, el movimiento de las sábanas y los gemidos de una mujer que no era yo.
Sentí una náusea amarga en el estómago. No eran celos —me repetía a mí misma mientras me abrazaba las rodillas en la oscuridad—, era el asco de saber que el hombre que me retenía como a un animal herido podía pasar de la furia a la pasión con otra mujer en cuestión de minutos.
A las ocho y media, el clic de la cerradura principal de mi habitación me hizo saltar. No era un empleado. Era Akemi. Tenía el rostro serio, pero sus ojos brillaban con una determinación rebelde.
—Vístete. Vas a desayunar conmigo en la cocina —dijo en un susurro, entrando y cerrando la puerta tras de ella.
—¿Kenji te ha dado permiso? —pregunté, poniéndome las zapatillas a toda prisa. Seguía con las mallas negras y la sudadera gris de ayer; no me importaba mi aspecto.
—Kenji está ocupado con su "invitada" —respondió Akemi con una mueca de desagrado—. He distraído a Jax con una supuesta avería en mi coche. Vamos, antes de que cambie de opinión.
Salimos al pasillo. Mis piernas se sentían pesadas, y la luz del sol que entraba por los ventanales me cegaba. Estábamos a mitad de camino hacia la cocina cuando la puerta del dormitorio principal se abrió.
_**KENJI**_
Me había despertado temprano, pero me quedé en la cama observando a Naomi dormir. Es una mujer perfecta en el papel, pero tenerla allí solo servía para recordarme el vacío que dejaba la ausencia de resistencia. Naomi era agua estancada; Elena era un torrente que amenazaba con destruirlo todo.
Escuché pasos en el pasillo. Pasos ligeros, rápidos. Reconocí el ritmo de Akemi y, tras ella, el roce casi inaudible de unos calcetines sobre la madera. Elena estaba fuera.
Me puse una bata de seda negra y salí al pasillo justo cuando ellas pasaban. Naomi salió detrás de mí, envuelta en una de mis camisas blancas, con el pelo revuelto y esa mirada satisfecha de quien ha pasado una noche de placer.
—Vaya, Akemi —dije, apoyándome en el marco de la puerta. Mi voz era un trueno bajo que detuvo a ambas en seco—. No sabía que habías sido nombrada jefa de seguridad.
Akemi se tensó, pero no soltó el brazo de Elena.
—Solo vamos a desayunar, Kenji. No puedes tenerla bajo llave para siempre. Es una persona, no un servidor de datos.
Mis ojos no se apartaron de Elena. Estaba pálida, con unas ojeras marcadas que hablaban de su noche en vela. Su mirada viajó desde mi rostro hasta Naomi, que se acercó a mi lado y pasó un brazo por mi cintura, apoyando la cabeza en mi hombro con una familiaridad posesiva.
—¿Es ella la trabajadora de la que me hablaste, Kenji? —preguntó Naomi, recorriendo a Elena con una mirada de superioridad técnica—. Parece que no ha dormido muy bien. Pobre... trabajar tanto debe ser agotador.
Vi cómo Elena apretaba los puños dentro de los bolsillos de su sudadera. Su mandíbula se tensó tanto que creí que se rompería. Esperé un estallido, un insulto, una lágrima. Pero Elena hizo algo que me sorprendió.
Enderezó la espalda y clavó sus ojos en los de Naomi con una frialdad gélida. Luego, movió la vista hacia mí. No había rastro de la vulnerabilidad de la noche anterior en el jardín. Solo un desprecio absoluto.
—Tienes razón, Naomi —dijo Elena, y su voz era tan cortante como el cristal—. Hay ruidos que impiden concentrarse en el trabajo. Especialmente cuando son tan... poco originales.
Naomi borró su sonrisa de golpe. Akemi soltó una risita ahogada. Yo sentí cómo una descarga de adrenalina me recorría la columna. Elena me estaba retando, marcando territorio a pesar de estar en desventaja.
—Elena... —advertí, dando un paso hacia delante.
—Tranquilo, Kenji —me cortó ella, dando media vuelta para seguir caminando hacia la cocina sin esperar a Akemi—. No te voy a interrumpir más. Al fin y al cabo, cada uno busca el consuelo que puede permitirse. Algunos buscan inteligencia, otros... solo buscan ruido.
La vi alejarse, con su sudadera gris y su paso firme. Naomi se puso tensa a mi lado, soltando mi cintura.
—Esa chica es una insolente, Kenji. Deberías disciplinarla de inmediato.
No le respondí. Seguí mirando el pasillo vacío por donde Elena acababa de desaparecer. Naomi había sido el cuerpo que usé anoche, pero Elena acababa de demostrar que ella era la que seguía poseyendo mi mente. El "castigo" de haberla dejado encerrada escuchando todo no la había doblegado; la había convertido en una versión más afilada y peligrosa de sí misma.
—Jax —llamé al vacío, sabiendo que él estaba cerca.
—¿Sí, jefe? —apareció Jax desde la esquina.
—Deja que desayune con Akemi. Pero asegúrate de que Naomi se marche en una hora. El "ruido" en esta casa se ha acabado por hoy.
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Editado: 25.01.2026