El secreto del dragón

13 El código del silencio

​_**ELENA**_

​Villa Kumo | Sala de Operaciones | 11:45 AM

​La cocina había sido un refugio breve. Akemi intentó hablarme de música, de series, de cualquier cosa que no fuera el elefante de un metro noventa que dominaba la casa, pero yo apenas podía tragar el zumo de naranja.
​Ahora, de vuelta en la sala de cristal, los monitores me devuelven líneas de código que parecen burlarse de mí. Kenji me ha hecho traer aquí bajo escolta de Jax en cuanto Naomi se ha marchado.
​—Tienes tres bases de datos que encriptar antes del anochecer —había dicho Jax antes de salir y cerrar la puerta.
​Me recuesto en la silla. Mis dedos rozan el teclado, pero no pulso ninguna tecla. No voy a darle ni un bit de información. Si me quiere como una esclava, tendrá que lidiar con una huelga de brazos caídos. Siento una presión en el pecho, una mezcla de rabia y algo que se parece peligrosamente a la decepción, aunque me niego a admitirlo.
​De repente, la puerta se desliza. El aire de la habitación cambia instantáneamente. No necesito mirar atrás para saber que es él. El aroma a madera y poder lo precede.
​Kenji camina hasta situarse justo detrás de mi silla. No dice nada. Siento su calor irradiando hacia mi espalda, una presencia física que parece magnetizar el espacio.
​—El sistema indica que no has tecleado ni una sola línea en dos horas —dice finalmente. Su voz es baja, calmada, pero con ese filo que indica que su paciencia está en las últimas.
​Mantengo la vista fija en la pantalla en blanco. No respondo. No parpadeo. Soy una estatua de mallas negras y sudadera gris.
​—Elena. Te estoy hablando.
​Sigo en silencio. Mi única rebelión es el vacío.

​_**KENJI**_

​La indiferencia de Elena es más irritante que sus gritos. Puedo manejar la ira, puedo manejar el miedo, pero este silencio sepulcral me está desolando los nervios. Me he pasado la mañana intentando sacarme de la cabeza la mirada de desprecio que me lanzó en el pasillo, y verla ahora, ignorándome como si yo fuera invisible en mi propia casa, hace que algo se rompa dentro de mí.
​—Mírame cuando te hablo —le ordeno, pero ella sigue estática, con las manos apoyadas en los muslos, ignorando el teclado.
​La furia estalla. Agarro su silla y la giro con un movimiento brusco, obligándola a quedar frente a mí. Ella ni siquiera se inmuta por el movimiento repentino; se limita a mirarme con esos ojos oscuros, vacíos de toda emoción, como si estuviera observando un error de sistema que no vale la pena arreglar.
​—¿Crees que este silencio va a cambiar algo? —me inclino sobre ella, apoyando una mano en cada reposabrazos, atrapándola—. ¿Crees que me importa que estés enfadada por lo de anoche?
​Ella parpadea lentamente. Sus labios, esos labios que anoche imaginé mientras estaba con otra, se mantienen sellados.
​—Naomi es una socia. Lo que haga en mi dormitorio no es de tu incumbencia —mi voz sube de volumen, perdiendo la compostura—. Estás aquí para trabajar. Estás aquí porque yo lo decidí. ¡Responde!
​Elena me sostiene la mirada. No hay rastro de las lágrimas que esperaba. Solo una frialdad que rivaliza con la mía.
​—¿Quieres que hable, Kenji? —su voz es un susurro gélido que me corta la respiración—. Bien. Hablemos de eficiencia, ya que es lo único que te importa. Anoche fuiste muy eficiente. Usaste a una mujer para intentar borrar el rastro de otra que no puedes controlar. Pero las matemáticas no mienten: sigues aquí, en esta sala, gritándole a una pantalla en blanco porque no soportas que no pueda hackear lo que siento por ti.
​Me quedo lívido. La audacia de sus palabras me golpea como un puñetazo.
​—¿Qué has dicho? —la agarro por las solapas de su sudadera, atrayéndola hacia arriba hasta que sus pies casi no tocan el suelo.
​—Digo que me das asco —suelta ella, y esta vez veo una chispa de fuego en sus ojos—. Me das asco porque me encierras para que escuche cómo intentas olvidarme con otra. Me das asco porque eres un cobarde que necesita muros y guardaespaldas para sentirse dueño de algo. Úsame para tus códigos, Kenji. Úsame para tu dinero. Pero no esperes que te regale ni una sola palabra más que no sea profesional.
​La tensión entre nosotros es eléctrica, casi insoportable. Estamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclan. Mi mirada baja a sus labios, y luego vuelve a sus ojos. La rabia se transforma en algo mucho más oscuro y hambriento.
​—¿Eso crees? —le digo, mi voz volviéndose peligrosamente suave mientras mis dedos se enredan en el tejido de su sudadera, sintiendo el calor de su piel debajo—. ¿Crees que necesito escucharte hablar para saber lo que estás pensando?
​La suelto con la misma brusquedad con la que la agarré, pero no me alejo. Me quedo ahí, invadiendo su aire, viendo cómo su pecho sube y baja con fuerza bajo la mallas ajustadas.
​—Tienes hasta el anochecer para terminar el trabajo —sentencio, recuperando mi máscara de frialdad—. Y Elena... si vuelves a guardar silencio cuando te pregunto algo, te aseguro que encontraré formas mucho más... físicas de hacerte gritar. Y no serán precisamente de rabia.
​Salgo de la sala de operaciones sin mirar atrás, con el corazón martilleando contra mis costillas. He ganado la batalla del silencio, pero al verla allí, tan rota y tan entera a la vez, me he dado cuenta de que la verdadera guerra acaba de empezar.




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