Cuando Elara llegó al faro, ya era tarde. El sol empezaba a esconderse, tiñendo el cielo de colores naranjas, rojos y morados que se reflejaban en la superficie del mar, creando un paisaje de una belleza impresionante. El edificio de piedra se veía más grande y más antiguo que de lejos, con sus paredes desgastadas por el paso de los años y las marcas que dejaba el viento y la lluvia.
Estaba allí Lucas, de pie frente a la entrada, revisando unos planos que tenía en sus manos. Llevaba ropa sencilla, pero se le notaba que era una persona ordenada y trabajadora. Cuando la vio llegar, se giró hacia ella, y sus ojos oscuros la miraron con una expresión que no supo descifrar al principio: había curiosidad, pero también un poco de miedo, como si estuviera esperando algo que ya sabía que iba a pasar.
—Buenos días —dijo él, acercándose a ella con calma. Su voz era suave, pero tenía una fuerza que llamaba la atención.
—Buenos días —respondió Elara, devolviéndole la mirada—. Vine a preguntarle por este lugar. Por qué eligió venir aquí a trabajar.
Lucas se quedó en silencio por un momento, mirando el faro como si estuviera hablando con un amigo viejo. Luego, suspiró, como si tuviera que tomar una decisión importante.
—Yo sé quién era Mariana —dijo él de repente, y Elara sintió que el tiempo se detuvo por un segundo—. Ella es mi tía abuela. Mi familia ha vivido en este pueblo desde siempre, y su historia es algo que todos conocemos, pero que nadie habla. Es un tema prohibido.
Elara se quedó sorprendida, no sabiendo qué decir. Había esperado muchas cosas, pero nunca que su nuevo amigo estuviera conectado con ella de esa forma.
—¿Por qué nadie habla de ella? —preguntó ella, con voz baja.
—Porque hubo cosas que pasaron que es mejor que se queden en el pasado —respondió Lucas, acercándose a ella un poco más—. Pero yo he leído todo lo que hay sobre ella, y sé que no se fue por su propia voluntad. Algo malo le pasó, y todos lo saben, pero nadie se atreve a decirlo.
Se acercó a la puerta del faro, tocando la piedra con sus manos.
—Yo vine aquí para restaurarlo —continuó él—, pero también vine para encontrar la verdad. Al igual que tú.
Elara lo miró, sintiendo que había algo entre ellos, una conexión que iba más allá de lo que se podían ver con los ojos. Ambos tenían un secreto, una historia que cargaban en su interior, y ahora se habían encontrado en el mismo camino.
—¿Cree que podemos descubrir lo que pasó? —preguntó ella, con esperanza.
Lucas la miró a los ojos, y en su mirada vio determinación y amor, algo que no había esperado encontrar en un lugar tan oscuro y misterioso.
—Sí —respondió él, con seguridad—. Juntos podemos descubrirlo. Y aunque sea peligroso, no me iré hasta que sepamos la verdad.
En ese momento, el viento sopló con fuerza, haciendo que las hojas de los árboles se movieran y que el sonido del mar se escuchara más fuerte. Pero ninguno de los dos se movió, porque sabían que habían tomado una decisión que cambiaría sus vidas para siempre.