Al día siguiente, decidieron ir a la playa para caminar y pensar. La arena estaba húmeda por la marea baja, y las olas llegaban y se retiraban con suave ritmo, creando un sonido constante que parecía una canción antigua. El aire era fresco y limpio, lleno del olor a sal y a hierba marina, y el sol brillaba con fuerza, aunque la niebla seguía presente en el horizonte.
Caminaban uno al lado del otro, sin hablar, disfrutando de la tranquilidad del lugar y de la compañía del otro. De vez en cuando, Lucas señalaba algo en la arena, o Elara le contaba algo que había encontrado en el diario, y entre ellos se iba creando una conexión cada vez más fuerte, como si sus almas se conocieran desde hacía mucho tiempo.
De repente, Elara se detuvo. Se agachó y señaló la arena con el dedo.
—Miren —dijo ella, con voz sorprendida.
En la arena se veían unas huellas grandes, que no eran de ellos. Eran huellas que iban desde el borde de la playa, cerca de las rocas, hasta el agua, y que luego desaparecían por completo, como si quien las había dejado se hubiera hundido en el mar. No eran huellas de animal, ni de alguien que caminara con zapatos normales. Eran extrañas, grandes, y dejaban una marca profunda en la arena.
Lucas se acercó, mirando las huellas con atención. Su expresión se volvió seria y preocupada.
—Estas huellas no son de nadie que conozca en el pueblo —dijo él, mirando a su alrededor como si esperara ver a alguien escondido detrás de las rocas—. Nadie camina por aquí con ese tipo de pisadas. Y lo más extraño es que terminan en el agua, como si quien las hizo se hubiera ido a nadar, pero no hay nadie aquí.
Elara se agachó más, mirando con cuidado. Cerca de las huellas, había un trozo de tela, viejo y desgastado, de color oscuro. Lo tomó con cuidado, y sintió que algo le recordaba a lo que describía Mariana en su diario: "Llevo una tela oscura, que me protege del viento y del frío. Es la misma que usaban las personas de hace mucho tiempo".
—Es igual —susurró ella, mostrándole el trozo a Lucas.
Él lo miró, y sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Sí —dijo él—. Es exactamente igual.
Se quedaron en silencio, mirando las huellas y la tela, sintiendo que estaban más cerca que nunca de la verdad. Pero al mismo tiempo, sentían que alguien o algo los estaba vigilando, oculto en la niebla, esperando que dieran un paso en falso.
El mar seguía haciendo su sonido constante, y el viento soplaba entre las rocas, creando un sonido extraño, como si alguien estuviera susurrando palabras que no se podían entender. Elara se acercó un poco más a Lucas, sintiéndose segura a su lado, sabiendo que juntos podrían enfrentar cualquier cosa que viniera.
—Lo que sea que esté pasando aquí —dijo ella, mirándolo a los ojos—, no lo haremos solos.
Lucas la miró, y una sonrisa suave apareció en sus labios. Tomó su mano con suavidad, y el contacto de sus manos hizo que Elara sintiera una calma que no había sentido desde que había llegado al pueblo.
—Así es —respondió él—. Juntos.