Al día siguiente, decidieron ir al archivo municipal. Era un edificio antiguo, ubicado en el centro del pueblo, construido con piedra gris que el paso del tiempo había vuelto más oscura, como si hubiera absorbido la lluvia, el viento y las historias de tantos años. Las ventanas eran altas y estrechas, cubiertas de polvo y telarañas que se movían suavemente con cada ráfaga de viento, y en la entrada había una puerta grande y pesada, hecha de madera maciza que crujía como si estuviera quejándose al ser abierta.
Cuando entraron, el olor los envolvió de inmediato: era un olor especial, mezcla de papel viejo que llevaba décadas guardado, tinta seca que ya no brillaba y un toque de tierra húmeda, como si los documentos hubieran estado escondidos bajo tierra durante mucho tiempo. La luz era tenue, proveniente de unas lámparas antiguas que proyectaban sombras en las paredes, y el silencio era tan profundo que cada pequeño sonido —el roce de sus zapatos sobre el suelo de madera, el susurro del viento que se colaba por las rendijas de las ventanas, el crujido de las estanterías— parecía resonar por todo el lugar, como si el propio edificio estuviera escuchando lo que decían.
El encargado, don Ramón, era un hombre mayor con cabello blanco y ojos que guardaban muchos recuerdos. Vestía ropa sencilla y tenía las manos un poco arrugadas, pero cuando hablaba, su voz era clara y firme, como si cada palabra hubiera sido pensada con cuidado. Los recibió con una sonrisa amable, pero en sus ojos se notaba una mezcla de curiosidad y preocupación, como si supieran que lo que buscaban no era solo información, sino algo más profundo.
—Todo lo que está aquí es la memoria de este pueblo —les explicó mientras los guiaba por pasillos estrechos y oscuros—. Algunas hojas cuentan historias alegres, de bodas y fiestas; otras cuentan días tristes, de enfermedades y pérdidas. Pero hay documentos que nadie se atreve a tocar, que se han quedado olvidados en lo más profundo, porque guardan secretos que a todos nos da miedo recordar. Lo que buscan está allí, en la parte más alejada, donde casi nadie llega.
Caminaron durante varios minutos, pasando por salas llenas de estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de cajas de madera, libros gruesos y montones de papeles ordenados por fechas. A medida que avanzaban, la luz se hacía más tenue y el silencio se volvía más denso, como si se estuvieran acercando a un lugar donde el tiempo se había detenido por completo. Al final, llegaron a una sala que estaba en el sótano del edificio, con paredes de piedra fría y un techo bajo que hacía que todo se sintiera más íntimo y misterioso.
Don Ramón se detuvo frente a una estantería grande, hecha de madera oscura que estaba cubierta de polvo y telarañas. Con mucho cuidado, como si estuviera tocando algo muy valioso, sacó una caja de madera vieja, con las esquinas desgastadas por el paso de los años y una etiqueta que decía: "Expedientes de desapariciones: 1940 - 1960". La abrió con suavidad, y al hacerlo, se escuchó un sonido suave, como si algo se estuviera despertando después de mucho tiempo.
—Aquí están todos los casos que han ocurrido en este pueblo en esos años —dijo él, sacando una carpeta gruesa de color marrón—. El de Mariana está aquí, del año 1956. Es uno de los que menos se han mirado, porque desde el principio se decidió que era un caso cerrado, que no había nada más que investigar. Pero yo siempre he pensado que hay algo que no se cuenta en estas hojas.
Elara y Lucas se acercaron y tomaron la carpeta. Al abrirla, vieron hojas de papel amarillo, con escritura hecha a máquina que ya se veía un poco borrosa, y al margen, notas escritas a mano con tinta oscura, como si alguien hubiera querido agregar algo que no cabía en los informes oficiales. Al principio, lo que leyeron parecía claro: el informe decía que Mariana había desaparecido voluntariamente, que se había fugado con un hombre que había llegado al pueblo pocos días antes, que no había señales de violencia ni de que hubiera sufrido daño. Decían que había tomado esa decisión por amor, y que todo lo demás eran solo rumores que no tenían fundamento.
Pero cuando miraron con más atención, descubrieron que había algo más. En las notas al margen, escritas con letras rápidas y firmes, se leía: "Cuerpo no hallado. Ningún testigo la vio salir del pueblo. Todas las personas que dijeron haberla visto cambiaron su versión después. Alguien ha hablado con ellos. Hay amenazas, pero no se pueden probar. Familia Montalvo involucrada. No seguir investigando".
Elara sintió que el corazón se le aceleraba. Miró a Lucas, y él tenía la expresión seria, con el ceño fruncido, como si estuviera uniendo todas las piezas del rompecabezas en su mente.
—Esto no es solo un caso de fuga —susurró ella, con voz baja pero llena de emoción—. Algo malo le pasó, y lo están ocultando desde hace setenta años.
Lucas asintió, pasando las hojas con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo que era tan frágil como un recuerdo.
—Mi familia siempre ha sabido que hubo cosas que no se contaron —dijo él—. Mi abuelo me hablaba de ello cuando era pequeño, pero me dijo que no hablara con nadie, que era un secreto que debía quedar en silencio. Ahora entiendo por qué. Hay personas que tienen mucho que perder si la verdad sale a la luz.
Don Ramón se acercó un poco, hablando en voz baja, como si no quisiera que nadie más escuchara.
—Yo he visto muchos casos en estos años —dijo él—. Y cuando vi que tú llegabas, Elara, supe que había una conexión. Tu abuela venía aquí también, muchas veces, siempre preguntaba por Mariana, siempre miraba estos documentos. Nunca hablaba de lo que encontraba, pero se le notaba que estaba buscando algo más. Y ahora veo por qué.
Se quedó en silencio por un momento, mirando los papeles con tristeza.
—Hay cosas que pasan en este lugar que no se pueden explicar con palabras —continuó él—. El mar, el faro, las historias que se han contado de generación en generación. Todo está conectado, y parece que ahora es tu turno de descubrirlo.
Elara cerró la carpeta con cuidado, sintiendo que tenía en sus manos más que papeles viejos: tenía la verdad que alguien había querido esconder durante mucho tiempo. Sabía que cada palabra que leía era un paso más hacia lo que había pasado realmente, y que cada descubrimiento los acercaba más al peligro, pero también más a la verdad que ambos buscaban con tanta fuerza.
—Seguiremos investigando —dijo ella, con voz firme—. No dejaremos que siga siendo un secreto.
Lucas la miró, y en sus ojos vio la misma determinación que sentía ella.
—Juntos lo haremos —respondió él—. Pase lo que pase, no nos detendremos.