De vuelta en la casa, con los documentos guardados con cuidado en una carpeta, se sentaron en la sala, cerca de la ventana, donde entraba la luz del atardecer y se veía el faro en la distancia, alto y solitario contra el cielo que se teñía de colores naranjas y morados. Sobre la mesa, tenían todos los papeles que habían sacado del archivo, y entre ellos había una fotografía, un poco desgastada por el tiempo, que habían encontrado al final de la carpeta.
Era una foto en blanco y negro, tomada hace muchos años. En ella se veía a Mariana, joven y hermosa, con una sonrisa suave en los labios, vestida con ropa de la época, con un vestido claro y un pañuelo en la cabeza. Estaba parada en la orilla de la playa, con el mar detrás de ella, y a su lado había un hombre, pero la foto estaba rota por la mitad: la parte donde estaba el hombre había sido arrancada, dejando solo el vacío y un borde irregular que mostraba que alguien había querido borrar su imagen para siempre.
Elara tomó la foto con cuidado, pasando los dedos por la superficie rugosa del papel. Se sentía como si estuviera tocando un recuerdo que pertenecía a otra persona, pero que al mismo tiempo estaba muy cerca de ella.
—¿Por qué la habrán roto? —preguntó ella, mirando a Lucas con tristeza—. ¿Por qué querían borrar la imagen de esa persona?
Lucas se acercó más, mirando la foto con atención, analizando cada detalle. Fijó la mirada en la ropa que llevaba el hombre en la parte que quedaba: una camisa oscura, un pantalón de tela fuerte y unos zapatos que se veían de trabajo, pero que a la vez tenían un corte elegante. También miró la postura de Mariana: estaba cerca de él, y su cuerpo estaba girado hacia su lado, como si estuvieran hablando, como si estuvieran compartiendo un momento que era solo para los dos.
—Por la forma en que está parada, por cómo la miraba él —dijo Lucas, con voz suave—, se nota que se querían. No era una relación cualquiera. Y quien hizo esto, quien rompió la foto, no quería que nadie supiera que existía, no quería que nadie supiera quién era esa persona. Porque si la gente sabía quién era, sabrían la verdad de lo que pasó.
Volteó la foto con cuidado, y en la parte de atrás, escrita con tinta oscura y con letras firmes, había una fecha: 12 de octubre. Al lado, había una pequeña nota que decía: Día de la Niebla Eterna.
—¿Qué es eso? —preguntó Elara, señalando la fecha y la nota.
—Es una fiesta antigua que se celebraba aquí hace muchos años —explicó Lucas, recordando lo que le había contado su abuelo—. Ocurre cada año, cuando la niebla es más espesa y no se ve nada alrededor, ni el sol, ni el mar, ni las montañas. La gente decía que en ese día, las cosas que estaban escondidas salían a la luz, o que los límites entre lo que es real y lo que no es se volvían más delgados. Era una fecha que se respetaba mucho, pero que con el tiempo se dejó de celebrar. Y según los documentos, es el día exacto en que Mariana desapareció.
Elara se quedó en silencio, mirando la fecha una y otra vez. Faltaba poco para ese día: solo dos semanas. Y en su mente comenzó a formar una idea: todo lo que estaba pasando, todo lo que habían descubierto, tenía que ver con esa fecha. Alguien tenía planeado algo para ese día, algo que quería que quedara oculto, y ellos estaban descubriendo la verdad justo cuando se acercaba el momento.
—Ese día —dijo ella, con voz baja pero llena de emoción—, pasó algo. Algo que nadie quiere que sepamos. Y ahora, con lo que hemos encontrado, creo que vamos a descubrirlo.
Lucas asintió, mirando hacia la ventana, donde la niebla comenzaba a cubrir poco a poco el paisaje, como si estuviera anunciando lo que vendría.
—Tenemos que estar preparados —dijo él—. Ese día, el pueblo se llenará de recuerdos, de miedos y de secretos. Y quien está detrás de todo esto, actuará. Sabemos que no están dispuestos a dejar que la verdad salga a la luz, así que tenemos que tener mucho cuidado.
Elara miró de nuevo la foto, y por un momento, le pareció ver a Mariana en ella, sonriendo, como si estuviera feliz, como si supiera que alguien, setenta años después, iba a descubrir lo que le había pasado. Sintió que se había hecho una promesa: iba a descubrir la verdad, iba a hacer que su historia se conociera, y nadie más podría ocultar lo que había sucedido.
—Vamos a estar listos —dijo ella, con determinación—. No nos sorprenderán. Y vamos a saber la verdad, cueste lo que cueste.