El secreto del farol de piedra

CAPÍTULO 12: VECINOS QUE OCULTAN

Durante los días siguientes, Elara y Lucas empezaron a hablar con las personas del pueblo, tratando de encontrar más información, de escuchar lo que sabían, de ver si alguien estaba dispuesto a contar la verdad. Pero lo que descubrieron fue que la mayoría de los vecinos se cerraban en banda, cambiaban de tema, se ponían nerviosos o decían que no sabían nada, que eran solo rumores viejos que no tenían sentido.
Cada vez que hacían una pregunta sobre Mariana, sobre el faro o sobre lo que había pasado en el pasado, las caras de la gente cambiaban: sus ojos se volvían serios, sus voces se hacían más bajas, y se alejaban despacio, como si tuvieran miedo de estar hablando de algo que estaba prohibido. Era como si hubiera un acuerdo silencioso entre todos: nadie hablaba de eso, nadie decía nada, y quien lo hiciera, tendría consecuencias.
Un día, fueron a ver a don Julián, el pescador más viejo del pueblo. Vivía en una casita pequeña cerca del puerto, con paredes de piedra y un tejado de tejas que estaban un poco desgastadas por el tiempo. Cuando llegaron, lo encontraron sentado en una silla de madera, frente a su casa, mirando el mar con una mirada triste y profunda, como si estuviera hablando con él. Tenía las manos arrugadas por el trabajo de toda la vida, la piel bronceada por el sol y el viento, y sus ojos eran claros, pero guardaban tantos recuerdos que parecían oscuros.
Cuando los vio llegar, se puso de pie despacio, con dificultad por la edad, y los recibió con una sonrisa amable, pero en su mirada se notaba que sabían por qué estaban allí.
—Buenos días, jóvenes —dijo él, con voz suave pero firme—. Sé por qué han venido. Todos lo saben. Preguntan por cosas que es mejor dejar en el pasado.
Elara y Lucas se sentaron frente a él, en unas sillas que él les ofreció, y por un momento hubo silencio. Solo se escuchaba el sonido de las olas chocando contra las rocas, y el viento que soplaba entre las casas.
—Buscamos la verdad —dijo Elara, con voz clara—. Queremos saber qué pasó realmente hace setenta años, con Mariana. Creemos que hubo cosas que se ocultaron, y que todos tenemos el derecho de saber la verdad.
Don Julián asintió, mirando hacia el mar, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. Pasó una mano por su cabello blanco, y suspiró, un suspiro que parecía llevar consigo todo el peso de los años.
—Este pueblo tiene sus secretos —dijo él, hablando despacio, como si cada palabra le costara trabajo decirla—. Y los hemos guardado durante generaciones, porque creemos que es lo mejor para todos. El mar es fuerte, el faro vigila, y algunas cosas es mejor que queden escondidas, para que no pasen cosas malas.
Se detuvo por un momento, mirándolos a los ojos, y en su mirada vio tristeza y preocupación.
—Cuando Mariana desapareció —continuó él—, yo era joven, trabajaba en el puerto como ahora trabajo. Vi muchas cosas, vi cómo la policía venía, vi cómo preguntaban a la gente. Pero nadie sabía nada, o al menos eso decían. Pero yo sabía que algo malo había pasado. Sabía que no se había ido por su propia voluntad. Pero nadie quería decir nada. Tenían miedo.
—¿De quién tenían miedo? —preguntó Lucas, acercándose un poco más.
Don Julián miró hacia un lado, como si tuviera miedo de ser escuchado, y habló en voz tan baja que tuvieron que acercarse.



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En el texto hay: misterio amor, suspenso amor

Editado: 09.05.2026

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