El secreto del príncipe Heredero

Desconocido

El alba comenzaba a insinuarse entre los altos ventanales del palacio cuando Leonel abrió los ojos.

Permaneció inmóvil unos instantes, observando las sombras que se desvanecían lentamente en el techo tallado de su alcoba. Había mañanas en las que el silencio resultaba insoportable… y otras, como aquella, en las que parecía necesario.

Su nombre acudió a su mente sin motivo aparente.

Leonel Augustus.

Nunca había comprendido del todo por qué su madre había decidido llamarlo así. Más de una vez había querido preguntárselo… pero la oportunidad se había desvanecido demasiado pronto.

Había muerto cuando él apenas tenía cinco años.

Desde entonces, el recuerdo de su voz se volvía cada vez más difuso.

Desvió la mirada, apartando aquel pensamiento antes de que echara raíces.

Ese día tenía otras obligaciones.

—Su Majestad, su baño está listo —anunció una voz suave desde la entrada.

Leonel dejó escapar un leve suspiro.

—Miriam… ya te he dicho que no es necesario que me llames así.

La joven inclinó la cabeza con una sonrisa discreta.

—Lo sé, pero son órdenes estrictas. No me corresponde a mí ignorarlas.

Leonel no insistió.

—Como prefieras.

El agua caliente disipó el frío de la mañana, pero no la sensación de inquietud que lo acompañaba desde hacía días. Las pruebas para seleccionar a los nuevos caballeros se llevarían a cabo aquella jornada, y su presencia era obligatoria.

Su padre se había encargado de recordárselo con suficiente antelación.

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Cuando terminó de prepararse, fue conducido hasta la sala del trono.

El rey ya lo esperaba.

Leonel hizo una leve reverencia.

—Padre.

—Eres el príncipe —respondió el monarca con voz firme—. No es necesario que te inclines ante mí.

Aun así, Leonel no se enderezó de inmediato.

Algunas cosas no se hacían por obligación… sino por costumbre.

—Te he mandado llamar por un asunto importante —continuó el rey—. Hoy llegará el general Óscar, acompañado de su hijo menor. Tiene tu misma edad.

Leonel alzó ligeramente la mirada.

—¿Y qué se espera de mí?

—Lo recibirás —dijo el rey sin rodeos—. Le mostrarás el palacio y velarás por su estancia.

El príncipe frunció apenas el ceño.

—¿No podría encargarse algún sirviente?

—No —respondió el rey con calma—. El palacio se encuentra ocupado con los preparativos de tu celebración. No hay personal disponible.

Hubo una breve pausa.

—Serás tú.

Leonel sostuvo la mirada de su padre unos segundos… y finalmente asintió.

—Entiendo.

—Bien —concluyó el rey—. Te espero en el carruaje en cinco minutos.

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El trayecto fue breve.

Quince minutos después, la torre de los caballeros se alzaba ante ellos, imponente y solemne.

El sonido de las trompetas anunció su llegada.

—¡Su Majestad, el rey Pablo Damar, y el príncipe Leonel Augustus! —proclamó el consejero.

El general avanzó de inmediato, inclinándose con respeto.

Mientras los adultos intercambiaban palabras, Leonel dejó que su atención vagara por el lugar… hasta que lo sintió.

Una mirada.

No supo en qué momento exacto ocurrió, solo que estaba ahí, fija sobre él.

Se volvió con aparente naturalidad.

Y entonces lo encontró.

No reconocía ese rostro.

No sabía a quién pertenecía.

Pero aquellos ojos… tenían algo difícil de ignorar. No eran particularmente llamativos, y aun así retenían la atención con una intensidad silenciosa, como si ocultaran más de lo que mostraban.

Leonel sostuvo la mirada un instante más de lo prudente.

Algo en su interior le indicó que debía apartarla.

No lo hizo de inmediato.

El desconocido esbozó una leve sonrisa.

Pequeña. Medida.

Leonel no respondió.

Desvió la vista, como si nada hubiera ocurrido.

Y, sin embargo, aquella sensación permaneció.

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—¿Podríais acoger a mi hijo en el palacio, Majestad? —preguntó el general poco después.

El rey lo observó con detenimiento.

—¿Ha ocurrido algo?

—Su madre no se encuentra bien —respondió el hombre con voz contenida—. Preferiría que no la viese en ese estado.

El rey guardó silencio unos segundos.

—Lo comprendo.

Su voz no cambió, pero algo en su expresión se endureció apenas.

—Mi esposa también enfermó… y no logró superarlo.

El general inclinó la cabeza.

—Entonces sabéis lo que significa.

—Sí —respondió el rey—. Me llevaré a vuestro hijo. Será bien recibido.

Luego dirigió una breve mirada hacia Leonel.

—Además, mi hijo necesita compañía.

Leonel tardó un instante en reaccionar.

—Si así lo consideráis…

No estaba del todo seguro de qué implicaba aquello, pero no cuestionó la decisión.

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Las pruebas comenzaron poco después.

Uno a uno, los aspirantes fueron puestos a prueba.

Fuerza, resistencia, precisión.

El tiempo avanzó entre combates, órdenes y expectación.

Cuando la primera parte de las pruebas terminó, solo unos pocos permanecían en pie.

Entre ellos…

el mismo desconocido.




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