El secreto del príncipe Heredero

Murmullos

El murmullo se fue apagando a medida que los últimos combates llegaban a su fin.

El polvo de la arena aún flotaba en el aire cuando los nombres de los seleccionados comenzaron a anunciarse. Pocos. Siempre pocos.

Leonel apenas prestó atención.

Su mirada se había quedado fija en el campo, como si aún buscara algo que ya no estaba allí.

O a alguien.

—Suficiente por hoy —indicó el rey, poniéndose en pie.

No hubo necesidad de alzar la voz. Bastó su presencia para que el entorno se ordenara a su alrededor.

Leonel se incorporó también.

No miró a su padre.

Sabía que, de hacerlo, encontraría esa misma expresión medida… esa que no decía nada y lo decía todo.

Caminaron de regreso sin intercambiar palabra.

---

Fue el consejero quien interrumpió el silencio.

—Majestad, el general solicita vuestra presencia antes de retirarse.

El rey asintió.

—Que se acerque.

El general no tardó en aparecer… y esta vez no estaba solo.

Leonel lo reconoció al instante.

No por su rostro.

Por la sensación.

Era él.

El mismo que había permanecido en la arena con una calma distinta al resto.

Ahora, de pie, parecía aún más contenido. Como si cada gesto estuviera medido de antemano.

—Majestad —saludó el general con una reverencia—. Permítame presentaros a mi hijo.

El joven inclinó la cabeza con respeto.

—Es un honor.

Su voz era firme. Sin vacilaciones.

El rey lo observó con detenimiento antes de asentir.

—Habéis tenido un buen desempeño.

—Hice lo que se esperaba de mí.

No hubo orgullo en sus palabras.

Tampoco falsa modestia.

Solo una afirmación.

El rey pareció considerarlo un instante… y luego desvió la mirada hacia Leonel.

—Mi hijo será quien os acompañe durante vuestra estancia.

Hubo una pausa breve.

—Confío en que sabrá cumplir con su deber.

Leonel sostuvo la mirada de su padre apenas un segundo antes de asentir.

—Por supuesto.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Pero tampoco natural.

El general, satisfecho, volvió a inclinarse.

—Agradezco vuestra generosidad, Majestad.

—Podéis retiraros.

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Cuando el hombre se alejó, quedaron solo ellos tres.

El rey no añadió nada más.

Simplemente se marchó.

Y entonces…

el silencio cayó de forma distinta.

Leonel fue el primero en hablar.

—Parece que compartiré mi tiempo con usted.

No había calidez en su tono.

Tampoco rechazo.

Solo distancia.

El otro sostuvo su mirada sin apartarla.

—Eso parece.

Una respuesta simple.

Demasiado simple.

Leonel entrecerró levemente los ojos.

—No suelo recibir invitados.

—No suelo serlo.

Por primera vez, hubo algo distinto en su voz.

No una emoción clara.

Pero sí un matiz.

Algo que no terminaba de encajar.

Leonel desvió la mirada por un instante, como si evaluara si valía la pena continuar.

—Entonces… supongo que ambos tendremos que adaptarnos.

El otro no respondió de inmediato.

—Supongo.

El silencio volvió.

Pero esta vez…

no era vacío.




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