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El encuentro no tardó en producirse.
Leonel no lo había planeado.
Pero tampoco hizo nada por evitarlo.
El jardín interior era uno de los pocos lugares del palacio donde el silencio resultaba soportable. No absoluto, pero sí lo bastante contenido como para permitir pensar.
Alexander se encontraba allí cuando Leonel llegó.
De pie, sin hacer nada en particular.
Observando.
No parecía perdido.
Tampoco impresionado.
Simplemente… presente.
—Veo que no te has extraviado —dijo Leonel al acercarse.
—He tenido cuidado —respondió con calma.
Hubo un breve silencio.
No incómodo.
Pero tampoco necesario.
—Este lugar suele estar vacío a esta hora —añadió Leonel—. Es… tranquilo.
Alexander asintió levemente.
—Se nota.
No añadió nada más.
No hacía falta.
Leonel estaba a punto de decir algo cuando una tercera voz interrumpió el momento.
—Vaya… qué coincidencia.
Ambos se giraron.
Laila.
Su presencia no era ruidosa.
Pero tampoco pasaba desapercibida.
—No esperaba encontraros aquí —continuó, acercándose con esa misma sonrisa impecable—. Aunque supongo que el palacio comienza a resultar pequeño cuando hay nuevas… distracciones.
Su mirada se detuvo apenas un instante en Alexander.
Lo suficiente.
—Debes de ser el hijo del general —dijo con suavidad—. He oído hablar de ti.
No era una pregunta.
Alexander inclinó levemente la cabeza.
—No sé si eso es bueno o malo.
La respuesta fue tranquila.
Casi ligera.
Laila sonrió.
—Depende de quién hable.
Se acercó un paso más.
—Soy Laila.
No ofreció título.
No hizo falta.
Alexander la observó un instante antes de responder.
—Un placer.
No añadió su nombre.
No todavía.
Leonel lo notó.
Laila también.
Pero no lo mencionó.
—Mi vidita —intervino ella, girándose hacia Leonel con naturalidad—, podrías al menos presentarnos correctamente.
El tono era dulce.
La intención, no tanto.
Leonel sostuvo su mirada apenas un segundo.
—Es Alexander.
Nada más.
Nada menos.
Laila asintió, como si aquello fuera suficiente.
—Alexander —repitió—. Un nombre… interesante.
Su atención volvió a él.
—Espero que el palacio esté siendo de tu agrado.
—No he tenido tiempo de formarme una opinión.
—Oh —sonrió—, entonces tendré que asegurarme de que tu experiencia sea… agradable.
La frase quedó suspendida un instante más de lo necesario.
Leonel desvió la mirada.
Sabía exactamente cómo sonaban esas palabras.
Y lo que solían ocultar.
Alexander, en cambio, no respondió de inmediato.
La observó.
No con desconfianza.
Pero tampoco con ingenuidad.
—Estoy seguro de que sabré arreglármelas.
La respuesta fue educada.
Pero cerrada.
Laila inclinó ligeramente la cabeza.
Como si evaluara algo.
—Qué seguridad —murmuró—. Es refrescante.
Se apartó con suavidad, como si la conversación ya no le perteneciera.
—No os entretengo más.
Su mirada volvió a Leonel.
—Nos veremos luego, mi vidita.
Y, sin esperar respuesta, se marchó.
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El silencio regresó.
Pero no era el mismo de antes.
Leonel exhaló lentamente.
—No le hagas demasiado caso.
Alexander no apartó la mirada del lugar por donde Laila se había ido.
—No suelo hacerlo.
Hubo una pausa.
—A nadie.
Leonel lo miró entonces.
Por primera vez con algo más cercano a interés que a simple observación.
—Eso podría meterte en problemas.
Alexander giró apenas el rostro.
—O evitarlos.
El silencio volvió una vez más.
Y esta vez…
ninguno de los dos intentó llenarlo.