El secreto del príncipe Heredero

Discusión

A la mañana siguiente, el palacio despertó antes que el sol.

Leonel no.

Llevaba despierto desde mucho antes.

No por costumbre.

Por hábito.

El silencio de sus aposentos no le resultaba reparador… pero sí predecible.

Y eso bastaba.

Un golpe seco en la puerta rompió la quietud.

—Adelante.

El sirviente ingresó con una leve inclinación.

—Su Majestad solicita vuestra presencia en la sala del trono.

No hubo más explicación.

No hacía falta.

—Voy enseguida.

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El salón era amplio, frío… inmutable.

El rey ya se encontraba allí.

De pie.

Como si no necesitara sentarse nunca.

Leonel avanzó hasta detenerse a la distancia adecuada.

—Padre.

Inclinó la cabeza con respeto.

El rey no respondió de inmediato.

Lo observó.

Como si midiera algo que nunca terminaba de ser suficiente.

—El hijo del general permanecerá en el palacio.

No era información nueva.

Era una afirmación.

—Lo sé.

—Entonces sabrás también que es tu responsabilidad.

Leonel alzó apenas la mirada.

—Hay personal encargado de eso.

—No es personal lo que necesita.

La respuesta fue inmediata.

Cortante.

—Necesita entender dónde está.

Pausa.

—Y contigo… aprenderá más rápido.

Leonel guardó silencio un instante.

No por falta de respuesta.

Por elegir cuál dar.

—No creo ser la persona indicada para eso.

El rey no se movió.

Pero algo en el aire cambió.

—No te he pedido una opinión.

Leonel sostuvo la mirada esta vez.

Breve.

—No es mi función.

—Lo será.

Simple.

Inapelable.

El silencio que siguió fue más denso.

Leonel desvió la mirada apenas un segundo.

Lo justo.

—Hay otros que podrían cumplir mejor ese papel.

—Pero no lo harán.

El rey dio un paso.

No hacia él.

Pero lo suficiente.

—Porque tú eres el príncipe.

La frase cayó con peso.

—Y es momento de que empieces a comportarte como tal.

Leonel tensó levemente la mandíbula.

No respondió.

—Le mostrarás el palacio.

—Le indicarás lo necesario.

—Y te asegurarás de que comprenda dónde se encuentra.

Cada palabra, medida.

Cada orden, cerrada.

No había espacio para negociación.

Leonel exhaló lentamente.

—Sí, padre.

No había sumisión en el tono.

Pero sí aceptación.

El rey asintió, satisfecho.

—Puedes retirarte.

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Leonel se giró sin añadir nada más.

No aceleró el paso.

Pero tampoco se detuvo.

Cuando salió del salón, el aire pareció distinto.

Más liviano.

No por alivio.

Por costumbre.

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Minutos después, lo encontró.

Alexander se encontraba donde lo había visto el día anterior.

Como si no necesitara buscar su lugar.

Como si ya supiera dónde estar.

Leonel se detuvo a unos pasos.

—Parece que tendré que hacer de guía.

No sonaba entusiasmado.

Tampoco molesto.

Solo… resignado.

Alexander lo miró.

—¿Es una obligación?

—Sí.

Pausa.

—Para ambos.

Alexander asintió levemente.

—Entonces supongo que será interesante.

Leonel lo sostuvo la mirada un instante.

—No lo sería tanto si hicieras lo que se te indica.

Alexander no respondió de inmediato.

—Lo intentaré.

No sonó como una promesa.

Y Leonel lo notó.

---

Comenzaron a caminar.




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