Avanzaban por los pasillos cuando el murmullo de voces y el movimiento llamó la atención de Alexander.
Varias sirvientas preparaban una larga mesa en uno de los salones laterales. Vajilla dispuesta con precisión, telas perfectamente alineadas… todo en orden.
Demasiado orden.
Alexander redujo el paso.
Leonel lo notó.
—No es conveniente detenerse aquí.
No fue una orden.
Pero tampoco una sugerencia.
Alexander no respondió de inmediato.
Su mirada ya se había detenido en la mesa.
En las frutas.
Sin apuro, extendió la mano y tomó una manzana verde.
Leonel frunció ligeramente el ceño.
—Es para la cena de esta noche.
Alexander la observó un instante antes de limpiarla con la manga.
—Lo imaginé.
—Entonces no deberías…
No terminó la frase.
Alexander lo miró.
Directo.
Y, sin decir nada más, mordió la manzana.
El sonido fue limpio.
Simple.
Suficiente.
Leonel se quedó inmóvil un segundo.
No por la acción.
Por la naturalidad con la que había ocurrido.
—Te dije que no tocaras nada.
Esta vez sí.
Claro.
Alexander masticó con calma antes de responder.
—No fue lo que dijiste.
No había desafío en el tono.
Pero tampoco disculpa.
Leonel lo sostuvo la mirada.
—No era necesario que lo aclarara.
Alexander inclinó levemente la cabeza, como si considerara el punto.
—Puede ser.
Pausa.
—Pero sigue sin parecerme un problema.
El silencio entre ambos cambió.
Leonel no estaba acostumbrado a eso.
A alguien que no:
obedeciera
ni se justificara
ni buscara quedar bien
Solo… actuara.
Alexander dio otro mordisco.
Luego, como si fuera lo más natural del mundo, extendió la mano hacia él.
—Si te molesta…
Le ofreció la manzana ya mordida.
Leonel la miró.
Luego lo miró a él.
No la tomó.
La dejó sobre la mesa con un gesto contenido y tomó un paño cercano para limpiarse las manos, aunque no había tocado nada.
Alexander no insistió.
Simplemente continuó caminando.
Como si nada hubiera ocurrido.
Leonel tardó un segundo en seguirlo.
Cuando lo hizo, su expresión ya no era la misma.
No era enojo.
No del todo.
Era otra cosa.
Algo más cercano a…
desconcierto.