La noche había caído sin que nadie pareciera notarlo.
El palacio, iluminado por antorchas y candelabros, adquiría un silencio distinto a esas horas. No vacío… pero más honesto.
Leonel salió al corredor sin rumbo claro.
No huía de la cena.
Pero tampoco tenía intención de quedarse.
El aire era más fresco allí.
Más fácil de respirar.
—No eres el único que busca silencio.
La voz llegó sin sobresalto.
Leonel no se giró de inmediato.
—No lo estaba buscando.
—Entonces lo encontraste sin querer.
Ahora sí miró.
Alexander estaba apoyado contra una de las columnas, parcialmente en sombra.
Como si siempre hubiera estado ahí.
—¿También es parte del recorrido? —preguntó Leonel, con un matiz leve de ironía.
—No esta vez.
Hubo una pausa breve.
No incómoda.
—Tu padre habla poco —dijo Alexander.
No era una crítica.
Era una observación.
Leonel dejó escapar una leve exhalación.
—Cuando lo hace, suele ser suficiente.
Alexander asintió.
Como si entendiera más de lo que decía.
—El mío habla demasiado.
Leonel alzó apenas una ceja.
—No lo parece.
—No aquí.
La respuesta fue tranquila.
—Aquí mide sus palabras.
Pausa.
—Allá no siempre lo hace.
El silencio se instaló entre ambos.
Más liviano que antes.
—Supongo que eso facilita las cosas —dijo Leonel.
Alexander negó apenas.
—Depende de lo que se diga.
Leonel desvió la mirada hacia el pasillo.
—Aquí no depende de lo que se diga.
—¿De qué depende, entonces?
Leonel tardó un segundo en responder.
—De quién lo dice.
Alexander lo observó con atención.
No con curiosidad.
Con… reconocimiento.
—Tiene sentido.
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El viento movió apenas las cortinas cercanas.
El sonido fue suave.
Suficiente para llenar el espacio.
—Hoy en la mesa —continuó Leonel—, parecía que todo te resultaba sencillo.
No era una acusación.
Pero tampoco un elogio.
Alexander apoyó la cabeza levemente contra la piedra.
—No lo es.
Pausa.
—Solo no tiene sentido mostrarlo.
Leonel lo miró.
—¿Mostrar qué?
Alexander tardó.
No mucho.
Lo suficiente.
—Cuando algo pesa.
La frase quedó ahí.
Simple.
Pero no liviana.
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Leonel bajó la mirada un instante.
—Aquí… pesa todo.
No lo dijo como queja.
Lo dijo como hecho.
Alexander lo entendió.
—Entonces ya sabes cómo manejarlo.
Leonel negó apenas.
—No.
Pausa.
—Solo sé cómo no mostrarlo.
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El silencio volvió.
Esta vez distinto.
Más cercano a algo compartido.
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—Tu padre espera mucho de ti —dijo Leonel después de unos segundos.
Alexander no respondió de inmediato.
—Lo suficiente.
—¿Y tú?
La pregunta salió antes de que Leonel la filtrara.
Alexander giró apenas el rostro.
—No espero demasiado.
Pausa.
—Facilita las cosas.
Leonel sostuvo su mirada.
—¿O las vacía?
Alexander no sonrió.
Pero algo en su expresión cambió.
—Depende de lo que uno esté dispuesto a perder.
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Leonel no respondió.
No tenía una respuesta.
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—Deberías descansar —añadió después—. Mañana comenzará el entrenamiento.
—Lo sé.
—No será sencillo.
Alexander se incorporó de la columna.
—No lo espero sencillo.
Leonel asintió.
Como si eso confirmara algo.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
Alexander lo miró.
—En no esperar demasiado.
Leonel sostuvo su mirada un instante más.
—En que no será suficiente.
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Alexander no respondió.
No hacía falta.
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Leonel se giró para marcharse.
Pero esta vez, antes de irse—
—Alexander.
Él se detuvo.
—Sí.
Leonel dudó.
Apenas.
—Aquí…
Pausa.
No terminó la frase.
No pudo.
Alexander lo observó unos segundos.
—Lo sé.
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Leonel no preguntó qué.
Simplemente se marchó.